Églogas. 17. Rebaños trashumantes (1)

Por Carlos de Bustamante

(Casa de  mis abuelos maternos  en su finca  Dueñas  de Abajo,  término  municipal  de Villaverde  de Medina,  Medina  del  Campo, Valladolid)

Me voy a permitir, mis amigos, un cambio radical de escenario para esta nueva égloga.  Haciendo un esfuerzo de memoria como se exprime un limón, permitirá que sea diferente a las anteriores.  Espero que, si no resulta de vuestro agrado, no os produzca al menos un mortal aburrimiento.

Reza mi partida de nacimiento que fue en Medina del Campo donde vine al mundo. Sin que conste en este documento, oí de labios de la madre que me trajo al mundo, que poco faltó para que los primeros vagidos no los emitiera en ciudad alguna, ni pueblo ni caserío.

Destinado el padre de la criatura en el Regimiento de Artillería de la ciudad (medina en árabe), vivía en la importante labranza de mis abuelos maternos denominada Dueñas.  A pocos, kilómetros Dueñas de su destino, permitía vivir al matrimonio en la casa confortable que presidía el caserío.

Por aquellas calendas un coche de caballos era el único medio de transporte del campo a la ciudad.  Parece que a la criatura se le antojó venir al mundo, y con prisas, a horas intempestivas. Impaciente desde el seno materno, “subí” al coche de caballos con prisas de ver  mundo.  Parece que llegué justo, justito a la calle Simón Ruiz de Medina del Campo. Hubiera sido curioso que al inscribir al nuevo miembro de la familia hubieran hecho constar en el lugar de nacimiento: ¡coche de caballos…!

Parece que, a los pocos días, regresé a mi lugar de origen:  caserío Dueñas. Se ve, que desde vine al mundo tanto me he identificado con el campo, la naturaleza y cuanto vio Dios que era bueno cuando lo creó, que los recuerdos se me agolpan en las mientes a edades en las que normalmente la belleza y lo que llena al común de los mortales, escenas y aconteceres en el campo, me unieron para siempre a él.

Si veis, mis amigos, la casa de mis abuelos maternos que acompaña al primero de los artículos que sigan a éste, si Dios es servido, es ahí donde aspiré por vez primera las fragancias del campo que ya me acompañarían de por vida. Cuando fui consciente, tendría…, porque mis recuerdos no son precisos, entre cuatro y cinco años.  Desde tan temprana edad    ya supe   del olor a mieses en las eras a no mucha distancia de la vivienda.  Escuché las voces de los muleros arreando al ganado transportando carros de cereal cargados de haces o gavillas hasta los topes. A los que animaban a los bueyes para acarrear más `agudos´ de lo que es su perezoso caminar. A los rebaños camino de los prados, cuajados de pastos jalonados por el río Zapardiel.   Conservo vivo el recuerdo de cuando iba   con mis hermanos mayores a coger renacuajos en el aprendiz de arroyo. El llamado Menines. Sin poder aún participar, vi pasar a los galguistas que se dirigían a cazar liebres por las llanuras inmensas. E intrigado por el adorno en el cuello, acariciar, ignorante, al imponente mastín siempre holgazán tumbado a la puerta de casa en incompresible guardia. Perrazo que, como veremos, si Dios es servido, llevaba siempre puesto, y como parte de su cuerpazo, una temible defensa (¿) de púas aceradas…  Recuerdo, en fin, entre lista interminable de sensaciones nuevas, ver pasar   a vaqueros y pastores, que conducían a la vacada y rebaños al prado con pastos abundantes para gran número de ganado   ovino y bovino.

Si, recuerdo también el salón enorme donde en los atardeceres fríos del verano en los últimos coletazos, hacíamos familia; y sobre todo en lo más crudo del invierno cuando crepitaban los troncos de pino en la chimenea por la que vacía paseaba por dentro como Pedro por su casa. Al amor de la lumbre, escuché, soñador, los numerosos porqués que la abuela ´Teotiste´ (¡!) nos iba desvelando:  el collar de púas del Corbos. La trashumancia a la sierra cuando se agostaba el prado. Historias y leyendas   de reyes por terrenos de Carrioncillo (parte de la finca con vegetación exuberante). Peligros de los lobos con los rebaños serranos en pastos de tierras extrañas. Peligros de bandidos.  Festejos de pastores. Atisbé, sin comprender, el alborozo de las mujeres del caserío por el regreso tras largas ausencias de maridos o hijos.

Cuando cumplidos, creo, los cinco años y por cambio de destino de mi padre, nos trasladamos a Valladolid. Añoré Dueñas de Villaverde de Medina. Tristezas y añoranzas que se disiparon pronto, bien, o sea mal, en las aulas del colegio de las Teresianas, en la capital por donde no por casualidad pasa el Pisuerga, o bien con mayor felicidad por, más consciente, la vivida luego por terrenos del valle del Duero:  Dehesa de Peñalba `la Verde´.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

Lo más leído