Por Carlos de Bustamante

(Granaderos españoles y el batallón de La Habana entran en Fort George. Óleo de H. Charles McBarron Jr.)
A la llamada´ por el corso inglés -jocosamente y en son de burla-` armada invencible, la dispersó o hundió la mar embravecida. El casual aliado, libró a los del Reino Unido de la humillación de ser conquistado y dominado por España. No fue exactamente igual con el héroe Gálvez, pues no tenía más armada que una pequeña flota. Ni por asomo, pues, tuvo la intención de invadir Inglaterra. Cumplió órdenes de Carlos III para reconquistar plazas y enclaves en poder de los ingleses. Contaba, sí, con un valor más que acreditado y una visión de la estrategia a seguir en cada combate reservada sólo a uso pocos privilegiados.
Varias veces tuvo en la mar huracanada-como con frecuencia se desata por estos lugares- un enemigo que hubiera hecho desistir del plan de ataque concebido por más avezado de los marinos de guerra. Pero Bernardo de Gálvez Madrid, que así se llamaba el muy joven e insigne marino, estaba hecho de la pasta reservada a los héroes. Con medios inferiores a los de su adversario inglés, incluso sólo con el buque insignia y el valor de mandos y soldados, suficientemente acreditados, logró sus objetivos pese a la superioridad inglesa y la mar embravecida. El conocimiento histórico y la buena pluma de Fernando Martínez Laínez dará fe de la certeza de cuanto he dicho a mis amigos y probables únicos lectores.
ASALTO A PENSACOLA
La toma de Mobila aseguraba el curso bajo del Misisipi para España, pero el rescate de La Florida exigía conquistar Pensacola, una plaza muy bien fortificada y artillada, emplazada en el fondo de una bahía de difícil acceso, lo que le proporcionaba una defensa ideal. Gálvez pidió refuerzos a Cuba para acometer la empresa, pero las autoridades de La Habana se mostraron cicateras. Mientras tanto, llegaban a Pensacola más navíos ingleses. En vista de la situación, el mariscal español dejó en Mobila una reducida guarnición y viajó a Cuba el 2 de agosto de 1780. Allí se entrevistó con el gobernador Navarro y el comandante general, Victorio de Navía, quienes manifestaron su desconfianza y oposición a los planes de Gálvez. Pero este no cedió y, por fin, consiguió reunir una expedición que salió de La Habana el 16 de octubre. La fuerza contaba con siete navíos de línea, cinco fragatas, un paquebote, un bergantín, un lugger armado y 47 transportes, con 164 oficiales y unos 3.900 soldados.
Todo parecía ir bien cuando un furioso huracán azotó a la escuadra durante cinco días y abortó la empresa. Uno de los buques se hundió y el resto se dispersó por el golfo de México.
Gálvez, que iba a bordo de la fragata Nuestra Señora de la O, al mando de Gabriel de Aristizábal, tuvo que regresar a La Habana, aunque antes consiguió capturar dos fragatas corsarias británicas procedentes de Jamaica y cargadas de mercancía.
A finales de febrero de 1781, Gálvez reorganizó sus tropas y emprendió de nuevo la conquista de Pensacola. Durante este periodo, los ingleses habían reforzado las defensas y comprado la ayuda de muchos indios, dispuestos a luchar contra los españoles a cambio de armas, pólvora y ron.
Desde La Habana zarpó una expedición con el navío de línea San Ramón, de 64 cañones, que mandaba José Calvo de Irazábal, tres fragatas, un paquebote y varios transportes con 1.400 soldados.
El objetivo declarado de esta fuerza era recoger a la guarnición de Mobila, que acababa de rechazar un asalto británico, antes de caer sobre Pensacola. Pero Gálvez alteró los planes sobre la marcha. Ordenó navegar directamente a Pensacola, y envió un mensaje al jefe de la fuerza de Mobila para que desde esta plaza marchara por tierra a reforzar el asalto a Pensacola.
La pequeña escuadra llegó nueve días después a la isla de Santa Rosa —en la entrada de la bahía de Pensacola—, que servía de punto de concentración de la infantería, a la espera que se unieran otras tropas procedentes de Mobila y Nueva Orleans. La idea del mando español era desembarcar en Santa Rosa, frente al fuerte de Barrancas Coloradas, para tomar Punta Sigüenza —donde estaba emplazada una batería de cañones— y evitar el fuego cruzado sobre la bahía. El plan se cumplió estrictamente.
Gálvez tomó Punta Sigüenza y desde allí bombardeó a dos bergantines británicos, el Mentor y el Port Royal, que custodiaban la boca de la bahía y que se retiraron a las proximidades del puerto. Por desgracia, las operaciones se detuvieron a causa de las dificultades puestas por el comandante de la escuadra, José Calvo, quien rehusó arriesgar sus barcos para penetrar en la bahía, a la vista de lo problemático que resultaba pasar la barra de entrada bajo el fuego artillero de las fortificaciones, en especial las del castillo de Barrancas Coloradas. Como señala René Quatrefages:
Ciertamente, tal maniobra era peligrosa en razón del desconocimiento de los fondos marinos, y de las baterías inglesas que defendían la bahía. Pero, una vez más, la enemistad del antiguo marino hacia el joven jefe tuvo en gran parte la culpa….