Las raíces de Europa

Por José María Arévalo

(Carlomagno, rodeado de sus cortesanos, recibe a Alcuino de York, que le muestra sus manuscritos. Detalle de un cuadro de Jules Laure, 1837)

El Papa Juan Pablo II  recordó frecuentemente los fundamentos cristianos del ser de Europa, de tal manera que «la identidad europea es incomprensible sin el cristianismo», «y precisamente en él se hallan aquellas raíces comunes de las que ha madurado la civilización del continente, su cultura, su dinamismo, su actividad, su capacidad de expansión constructiva también en los demás continentes; en una palabra, todo lo que constituye su gloria». El mismo nombre de Europa aparece tardíamente y tiene unas connotaciones puramente geográficas, mientras que para designar la unidad cultural que tiene unos mismos fundamentos se empleaba el apelativo de Cristiandad u otro similar.

El Cristianismo le dio su ser a Europa y configuró su unidad, en la que se integró una muchedumbre de pueblos y de razas, de cultura y de procedencias bien diversas, que se asentaron a lo largo del tiempo y forjaron una convivencia bajo unos mismos principios cristianos. La conversión de Europa no fue empresa breve, sino que se prolongó durante más de un milenio. «Fue una empresa con avances y retrocesos, con triunfos y aparentes fracasos, a la que cada pueblo contribuyó con lo mejor de su genio y figura; una empresa en la que la Providencia de Dios quiso contar, como siempre, con la cooperación del hombre. Ante todo, la conversión de Europa fue un acontecimiento religioso y, a la vez, el factor esencial en la formación de la civilización occidental».

Aún hoy el alma de Europa permanece unida en puntos muy esenciales, pues, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, al menos en el substrato de muchas de sus leyes y costumbres. Mantiene valores que debe al Cristianismo, como la dignidad de la persona humana, el sentimiento de justicia y de libertad, la laboriosidad, el espíritu de iniciativa, el amor a la familia, el respeto a la vida, la tolerancia y el deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan.

Muchas veces han resonado en nuestros oídos las palabras de Juan Palo II en Santiago de Compostela, en su primera visita a España: «Yo, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes».

Cuándo nació Europa

¿Cuándo nació lo que entendemos hoy por Europa? ¿Se trata simplemente de una definición geográfica o resulta incomprensible sin atender a su base civilizatoria? El profesor Franco Cardini, uno de los medievalistas más prestigiosos del mundo, autor de una vastísima bibliografía, lo tiene claro: la civilización que para nosotros es “la propiamente europea, con su unidad de fondo y su irrenunciable diversidad”, nace con el reinado de Carlomagno. Así lo estipula en su reciente y oportuno libro “Las rutas del conocimiento. Un recorrido intelectual por la Europa medieval” (Alianza).

Este soberano de los francos, coronado emperador del christianum imperium el día de Navidad del año 800 en Roma, consiguió enlazar las estructuras políticas del antiguo imperio romano de Occidente con el simbolismo encarnado por el papa León III, quien le invistió como intercambio de favores por haberle protegido. Y al crear su nueva capital en Aquisgrán, Carlomagno estableció su centro político en el mundo germánico.

Sumado todo ello a un gran impulso a la arquitectura y las artes, así como al estudio de los antiguos textos latinos, tenemos el núcleo de un renacimiento cultural que se extendió por un vasto territorio y se dio la mano con la multiplicación de bibliotecas monásticas y escuelas para funcionarios y jóvenes nobles.

Este renacer civilizatorio, combinando la citada herencia clásica, el impulso cristiano y el auge franco-germánico, marcó, según concluye Cardini , “el inicio de un proceso que desde entonces, a pesar de mil dificultades, ya no se detendría”.

La esencia de Europa

Hay unas cuantas teorías en pugna, con distintos grados de plausibilidad, sobre aquello que constituye la esencia de Europa. La discusión es antigua y admite muchos matices. El libro de Franco Cardini marca este momento crucial del resurgimiento carolingio y, aunque más atento a las ideas que a las creaciones culturales, y no muy sensible al legado griego, tiene la virtud de llevarnos en un sintético recorrido europeo desde la hegemonía eclesiástica del siglo V al al esplendor del arte gótico, la consolidación de las universidades, la España de las tres culturas y el definitivo Renacimiento humanista, mil años después, en el contexto urbano de  Italia.

En realidad el fundamento lo pone san Pablo. Cuando Pablo y sus colaboradores inmediatos atravesaban Frigia y la región de Galacia, el Espíritu Santo les hacía caminar hacia adelante sin permitir que se detuvieran en las ciudades del camino. Por fin, en Tróade, Pablo tuvo una visión: un macedonio estaba de pie y le suplicaba diciendo: Ven a Macedonia y ayúdanos10. Era una llamada apremiante, gracias a la cual se inició la evangelización de Europa.

Los patronos de Europa

También hay que tener en cuenta a los patronos de Europa, Cirilo y Metodio -celebramos su fiesta el pasado 14 de febrero-  que dedicaron su vida a la conversión del pueblo eslavo, y desarrollaron al misionero «en unión tanto con la Iglesia de Constantinopla, por la que habían sido enviados, como con la sede de Roma, por la cual fueron confirmados. De este modo, manifestaban la unidad de la Iglesia».

Cirilo (o Constantino,[1]​ 827-869) y Metodio (815-885), también conocidos como los apóstoles de los eslavos, fueron dos hermanos provenientes de Tesalónica, en el Imperio bizantino, que se convirtieron en misioneros del cristianismo primero en Quersoneso que formaba parte de la Crimea romana y después en el Imperio de la Gran Moravia. Son hijos de padre bizantino y madre búlgara. Se los considera inventores y expansores del alfabeto glagolítico, usado en manuscritos eslavos antes del desarrollo del alfabeto cirílico, derivado del alfabeto griego con elementos de los alfabetos copto y hebreo, que a su vez sigue utilizándose en varias lenguas eslavas (ruso, ucranio, serbio, búlgaro, macedonio, bielorruso) y no eslavas (kazajo, uzbeko, kirguís, tayiko, azerí, gagaúzo, turcomano, mongol). En 1980, el primer papa eslavo, Juan Pablo II, los declaró copatronos de Europa, junto con Benito de Nursia.

Biografía de Cirilo y Metodio

Tras la muerte de su padre, Cirilo se marchó a Constantinopla, la capital del Imperio bizantino, en cuya universidad imperial estudió y donde se relacionó con ilustres educadores. Ocupó el cargo de bibliotecario de la basílica de Santa Sofía, el edificio eclesiástico de mayor importancia en Oriente, y posteriormente fue profesor de Filosofía. De hecho, sus logros académicos lo hicieron ganarse el apelativo de Filósofo. Mientras tanto, Metodio emprendió la misma carrera que su padre: la administración política. Alcanzó el cargo de arconte (es decir, gobernador) de una provincia bizantina fronteriza en la que vivían muchos eslavos. Pero se retiró a un monasterio de Bitinia (en Asia Menor), donde se le unió Cirilo en 855. En 860, el patriarca de Constantinopla envió a los dos hermanos a cumplir una misión en el extranjero entre los jázaros, pueblo que moraba al nordeste del mar Negro y que aún dudaba entre el islam, el judaísmo y el cristianismo. Antes de llegar a su destino, Cirilo se quedó durante algún tiempo en Quersoneso (Crimea), donde, en opinión de algunos especialistas, aprendió hebreo y samaritano, y tradujo una gramática hebrea al idioma de los jázaros.

“Nuestra nación -escribió Ratislav I, príncipe de Moravia, en el 862 d. C.- está bautizada, pero todavía carece de maestros. No entendemos ni el griego ni el latín. […] No entendemos los caracteres escritos ni su significado; enviadnos maestros que nos enseñen las palabras de las Escrituras y su sentido.

En el año 862, fueron invitados por el príncipe Ratislav I para difundir el cristianismo en lengua eslava en la Gran Moravia, cosa que hicieron hasta sus muertes, en 869 (Cirilo en Roma) y 885 (Metodio en Gran Moravia), respectivamente.

Para llevar a cabo su misión, y gracias a los conocimientos de la lengua eslava que tenían (su madre era búlgara), desarrollaron la escritura glagolítica, mediante la cual tradujeron las Sagradas Escrituras al antiguo eslavo eclesiástico. El papa Adriano II otorgó en 867 una bula por la que se reconocía el uso del antiguo eslavo eclesiástico en la liturgia. Este idioma, tras evolucionar en eslavo eclesiástico, se sigue usando en la liturgia de varias iglesias ortodoxas eslavas.

Posteriormente, según el polaco Rocznik Krasińskich, los dos religiosos continuaron su viaje, convirtiéndose en los primeros maestros de la doctrina cristiana para el Gran Príncipe Géza de Hungría, quien era aún pagano. Si bien el primer acercamiento fue con doctos ortodoxos, posteriormente los húngaros se cristianizarían bajo la fe católica, tras la iniciativa de Otón III del Sacro Imperio Romano Germánico y la actividad evangelizadora de san Adalberto de Praga.

Ambos hermanos están canonizados en la Iglesia ortodoxa como isoapóstoles; los católicos de Bohemia, Moravia y Croacia celebraban a Cirilo y Metodio el 9 de marzo; en 1863 el papa Pío IX, les concedió que celebrasen su fiesta el 5 de julio, y honrar su memoria con un oficio propio. León XIII, con la encíclica Grande munus, en 1880, extendió esta celebración a toda la Iglesia católica. El papa Juan Pablo II, en 1980 con su encíclica Slavorum apostoli, los elevó a la categoría de patronos de Europa. Se los conmemora el 14 de febrero en las Iglesias católica, evangélica y anglicana. La Iglesia ortodoxa dedica el 14 de febrero a Cirilo y el 11 de mayo a ambos hermanos. También figuran en el Calendario de Santos Luterano.

En la República Checa, Macedonia del Norte y Eslovaquia es fiesta nacional el Día de San Cirilo y San Metodio, el 5 de julio, fecha en la que se cree que llegaron a la Gran Moravia. En Bulgaria, el 24 de mayo se celebra la fiesta nacional del Día de la cultura y educación búlgaras y del alfabeto eslavo, En 2013, Eslovaquia emitió una moneda conmemorativa en honor de ambos santos.

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Tres foramontanos en Valladolid

Con el título Tres foramontanos en Valladolid, nos reunimos tres articulistas que anteriormente habíamos colaborado en prensa, y más recientemente juntos en la vallisoletana, bajo el seudónimo de “Javier Rincón”. Tras las primeras experiencias en este blog, durante más de un año quedamos dos de los tres Foramontanos, por renuncia del tercero, y a finales de 2008 hemos conseguido un sustituto de gran nivel, tanto personal como literario.

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