El Presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, declaró poco antes de iniciar su visita a Chile que le gustaría copiar el “exitoso” modelo político y económico local.
Si no fue una frase protocolar, de buena educación, suena lastimeramente. El modelo neoliberal chileno fue impuesto hace 30 años por una de las dictaduras más crueles de América Latina y consagrado en una Constitución Política redactada por grupos afines a Pinochet, sin información a la ciudadanía, aprobada en un plebiscito sin partidos políticos ni debate público y reformada posteriormente sólo en aquellos aspectos consentidos por sus autores.
Después de tres décadas de negociaciones políticas cupulares, mercantilización de los bienes y servicios más sensibles de una nación –educación, salud y energía, entre otros-, enriquecimiento desproporcionado de grupos transnacionales y creciente desigualdad social, el sistema ha terminado por hacer crisis. Tras las masivas y reiteradas protestas estudiantiles y ciudadanas, el gobierno con el que coincide el Presidente Santos no ha atinado en su respuesta y se ha atrincherado detrás de la normativa autoritaria, mientras el Parlamento sigue arrastrando su débil representatividad.
Aunque Chile no sufre la histórica violencia de Colombia, sí tiene algo muy importante que copiar a ese país: el proceso constituyente de 1990, que dio a luz a una de las Constituciones más democráticas del mundo.
La autodeterminación de los pueblos, el derecho primordial de la democracia, es algo que los chilenos todavía no pueden ejercer. Y no es digno de imitación.
Julio Frank Salgado
