Aquellos polvos trajeron estos lodos. Lo mismo que ocurrió el año pasado frente a la catedral de Málaga. Y los hechos quedaron impunes. Por eso se han vuelto a repetir, naturalmente.
Vísperas de Semana Santa en Sevilla, el pasado jueves, delante de la catedral. Una turba de feminazis abortistas y blasfemas, autodenominada ‘anarcofradía del santísimo coño insumiso y el santo entierro de los derechos sociolaborales’, acompañada por la CGT y el lobby de gays y lesbianas de Sevilla, procesionan una gran vagina de plástico frente a la catedral con los gritos y cánticos imaginables. Y el silencio -entre cómplice y asombrado- del respetable público.
Cuando lo más soez, lo más repulsivo, la ofensa más zafia y gratuita, la descalificación más brutal y más absurda se instala en la sociedad, y carece de respuesta y queda impune, pasan estas cosas. El odio feroz a la Iglesia, la falta de respeto a las creencias ajenas, su mofa y persecución por el mero hecho de tenerlas, define a esta gentuza vocinglera y matonista que interesadamente mezcla en un ‘totum revolutum’ el crimen del aborto con reivindicaciones laborales; la bandera tricolor con la del arco iris; la blasfemia más infecta con la denigración de lo heterosexual en favor de gays y lesbianas; las justas reivindicaciones del feminismo tradicional -felizmente superadas hace décadas en el mundo occidental- por las repugnantes y totalitarias ideologías de ‘genero’, herederas de la derrotada ‘lucha de clases’ tras la caída del Muro. Etcétera.
O sea, que por inacción del Estado y por la nuestra como sociedad civil tenemos lo que nos merecemos. «Para que el mal triunfe basta con que los hombres de bien se queden cruzados de brazos.» (Edmund Burke)

