Pues sí, como advertirían vuesarcedes, en mi chirigota de anteayer había poco de mi cosecha, porque, salvo los ripios de la introducción y las tres últimas líneas del post, todo lo demás, como allí dije, todo era mera transcripción de un WhatsApp que me había enviado un buen amigo y que a mí, dada la inminente llegada del día 23 de este mes, el Día Internacional del Libro, me pareció oportuno difundirlo en este blog. Así es que desde donde decía, con cursiva y en negrita “En el mes de las letras de Cervantes” -así- hasta donde ponía -como pueden comprobar ´pinchando´ aquí-, en negritas también, “¡Demasiado bueno para no compartirlo!”, ambos sintagmas incluidos, venía en el citado WhatsApp. (Por cierto, ¿este término por qué lo escribimos -lo escriben- así, con esas dos letras mayúsculas? Habrá que preguntárselo a Google, que es el que lo sabe todo).
Y como, en efecto, la autoría del citado testimonio escrito no era de mi señoría y uno considera como fiesta de guardar ese 23 de abril, héteme aquí dispuesto a enfundarme en mi ´traje de los domingos´ y endilgarles a vuesarcedes unas reflexiones de toma pan y moja para celebrar juntos el fiestón de referencia. Así es que mañana vamos a festejar el Día Internacional del Libro que, como hasta el más bestia de vuesarcedes sabe, es el día en que fallecieron don Miguel de Cervantes y el amigo Shakespeare, don Willian, aunque don Miguel no murió ese día sino uno antes, es decir, el 22, hoy, pero como fue enterrado el 23 quiere decir que…, que ¡qué más da! Y estos óbitos debieron acontecer allá por el año de gracia de 1.616, o sea, de mil y seiscientos y dieciséis, por lo que podemos decir que ya ha llovido desde entonces.
Para celebrar el evento en cuestión, a mi señoría lo único que se le ocurre es lamentar que ya no puede uno ni ir a la feria de marras, porque los años, es decir, la edad le ha mermado la movilidad a este conocidísimo autor, en su casa, o sea, a mi, hasta el punto de que no tengo autonomía ni para dar un simple paseo por las casetas y comprar algún libro que se me antojase como novedad. Podría recorrer ese itinerario en silla de ruedas, pero sinceramente no me apetece. Y menos, si las condiciones meteorológicas siguen siendo tan adversas como las que estamos sufriendo últimamente. Mi señoría no sabe por qué ocurren ahora estas cosas, por qué, a la sazón, las primaveras son como está siendo ésta: que aquí, en Madrid, va y nieva y hace todo el frío del mundo estando en la segunda quincena del mes de abril. Por qué. Es que o mi señoría está más viejo de lo que él -yo mismo- cree y tiene más mermada la razón de lo que supone (lo que equivaldría a decir que está más p´allá que p´acá), o si no, las cuatro estaciones meteorológicas del año se han vuelto más tramposas que nuestros políticos. Y entonces, en adelante…, ¡menudo lío! Sí, porque eso sería hablar ya de que uno empieza a ser víctima de una demencia senil. Y lo de senil he de admitirlo porque no hay duda de que uno es un anciano que peina las canas inherentes al consumo del nonagésimo quinto año de su -o sea, de mi- existencia. Pero lo que me resisto aceptar es el diagnóstico de la demencia. A juicio de la RAE eso significaría que uno padece “locura, trastorno de la razón”. Y no: eso todavía no. Bien es cierto que la segunda acepción del mismo Diccionario de la RAE para la palabra demencia es, para los médicos, “deterioro progresivo de las facultades mentales que causa graves trastornos de conducta”. Y eso ya es otra cosa, pero aun así mi señoría cree -dicho sea sin ofender a nadie- que mientras no haya pruebas como tal vez podría ser un examen encefalográfico u otras tonterías de esa índole, yo no debo admitir tampoco que ya esté más p´allá que p´acá.
Y no prosigo porque ya me debo haber pasado de escribir más de las setecientas palabras en esta chirigota y vuesarcedes, el que más y el que menos, se empiezan a dormir de aburrimiento. ¿O no?
22-04-2022.
