Cajón de Sastre

Rufino Soriano Tena

Para que no me olviden

Acabo de ver que, en estos días de asueto o vacacionales, que dirán ahora, resulta que el número de visitas a mi blog ha disminuido de una forma alarmante. Y esto debe ser por llevar uno, pues eso, como un mes y algo sin haberle dado al teclado, es decir, sin escribir ninguna chirigota de estas. O sea, que si mi señoría no escribe, vuesarcedes se olvidan de uno, ¿no? Muy bien, pues para que no se olviden y me sigan odiando o recordando con simpatía, aquí reaparezco para reflexionar acerca de algo que acontecido haya en la actualidad, y reflexionar, repito, más no con vuesarcedes sino solo mi señoría, porque, pese a mis reiterados ruegos de que la colaboración de ustedes acrecentaría el interés de estos rollos macabeos, que no pretenden otra cosa  si no es pasar un rato hablando con vuesarcedes de la mar y de los peces en tono desopilante; pese a eso, como vuesarcedes no me hacen ni p… caso, pues les hablo yo solo, aunque la cosa resulte no sé si más aburrida, menos divertida o qué.

¿Y en estos momentos, qué es un ´algo´ que haya acontecido últimamente? Indudablemente ha sucedido un hecho de resonancia universal, el óbito de su majestad la reina Isabel II de Inglaterra, pero quién es mi señoría para hablar de su majestad… A historiadores y a especialistas en el tema corresponde hablar de ella y ponderar la labor que ha desarrollado como monarca en setenta años de los noventa y seis que vivió. ¡Descanse en paz la reina!

Pero lo cierto es que a una persona que tiene un año menos que ella, como es mi caso, la muerte de un ser así, sea reina o esclava, le induce a uno a pensar en cosas tan tristes como lo que contaba Jorge Manrique en aquellos versos que todos recordamos haber aprendido en nuestra niñez y que decían que “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en el mar, / que es el morir; / allí van los señoríos / derechos a se acabar / y consumir; / allí los ríos caudales, / allí los otros medianos / y más chicos, / y llegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos”.

Otra de mis costumbres, no por lo de la reina de ahora sino desde que superé los noventa tacos, es que cuando veo la prensa diariamente, hay una cosa que casi nunca dejo de hacer y es mirar las esquelas mortuorias y los obituarios que ofrecen los diversos periódicos, fijándome en la edad en la que han muerto cada uno de los que allí aparecen. Y me contraría enormemente que algunos (bastantes) no pongan la edad a la que se fueron de este mundo. Y dirán vuesarcedes que qué truculento soy. Tal vez, pero es una de mis costumbres. Y cuando a mi vista aparece que, entre los que sí dan la fecha en que han muerto, hay un predominio de los más longevos siento una especial satisfacción. ¿Por qué? Pues no lo sé.  Y me apena comprobar que no faltan esquelas que notifican muertes de personas que han dejado la vida con veinte o treinta años y pienso que podían haber vivido setenta o sesenta años más. No les cuento a vuesarcedes la alegría que me produjo este verano un periódico asturiano en el que tropecé con tres esquelas, una de una señora y otras de dos caballeros que habían superado los cien años. ¿Cuántos habrán de pasar para que la vida media en España supere esos ochenta y tantos en que debemos andar ahora? Sí, hay una importante diferencia de unos años (dos o tres) entre la edad media a la que morimos los varones y a la que mueren las damas. Ellas duran más que nosotros. Aunque en las circunstancias actuales, teniendo –no sabemos hasta cuándo– un Gobierno que encajado nos ha un ministerio de Igualdad, los caballeros podemos tener cierta esperanza. ¿O no?

 

10-09-2022.

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Autor

Rufino Soriano Tena

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Granada y Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Comillas (ICADE) de Madrid

Rufino Soriano Tena

Licenciado en Ciencias Químicas por la Universidad de Granada y Licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Comillas (ICADE) de Madrid

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