¿Homicidio o enfermedad?

(PD).-Desgraciadamente, el caso de Nayima, que ha conmocionado al país entero no es el único. Los padres matan tanto como las madres, pero hay una diferenciación marcada con respecto a la edad de la víctima: las madres matan a hijos de entre 0 y 6 años; en cambio, los padres matan a hijos adolescentes o adultos. En cuanto a la edad del homicida: la mayoría de las madres tiene menos de 40 años, mientras que los padres homicidas suelen sobrepasar esa edad.

En noviembre del 2000 la revista Pediatrics publicó los resultados de un experimento cuyos resultados fueron sorprendentes. Ante la falta de explicación para las dolencias de bebés internados en condiciones de extrema gravedad, los médicos de varios hospitales de Gran Bretaña habían decidido grabar mediante cámaras ocultas a los progenitores -en su mayoría, madres- de los que el personal médico había empezado a sospechar que ponían a sus hijos al borde de la muerte deliberadamente. Y en 30 de los 39 casos estudiados se confirmó la tendencia.

Lo extraño, es que en su mayoría esas personas eran mujeres que fingían ser buenas madres y llevaban rápidamente a sus hijos a la sala de urgencias cuando tenían trastornos respiratorios, y se quedaban a su lado con fortaleza y abnegación mientras que los médicos trataban de averiguar dónde estaba el problema. Muchas de ellas eran consumadas farsantes. Podían pasar de la más temible actitud amenazante contra sus hijos a convertirse en madres solícitas en el minuto exacto en que el doctor o la enfermera entraban en la habitación, advertidos por las cámaras de lo que estaba ocurriendo.

Las madres actuaban movidas por el prestigio social de una enfermedad misteriosa; les gustaba la proximidad de poderosos profesionales médicos; les gustaba la atención que suscitaban y el dramatismo de las situaciones. Y sobre todo experimentaban una ácida satisfacción aterrorizando a sus hijos.

Todas estas mujeres, quizá como Nayima, eran víctimas del síndrome de Munchausen. Las madres con síndrome de Munchausen causan daño deliberadamente a sus hijos y luego mienten sobre el origen de las extrañas dolencias para satisfacer su enfermiza necesidad de llamar la atención, a veces para salvar su matrimonio o ganarse la simpatía de los demás apareciendo como víctimas.

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