Hace un par de días este cronista narró la historia de una profesora universitaria atractiva, elegante, de elevado nivel social, asesinada por su amante, un delincuente común y macarra con la mitad de su edad y con el que había vuelto a convivir tras haber conseguido una orden de alejamiento por maltratarla.
El presunto asesino es un chulo que no necesitaba explotar a prostitutas, como los proxenetas profesionales, sino que lo mantenían a cambio de sus favores mujeres autosuficientes, como esta víctima, a pesar de ser frecuentemente apaleadas.
Este cronista ha recorrido el mundo narrando hechos terribles, pero nunca encontró una reacción censora tan feroz como la de jauría de las feministas radicales, feminazis y sus corifeos cuando leyeron esa crónica que las asustó al verse en el espejo, igual que a los adalides de la corrección política.
Rechazan aceptar que, aunque la víctima no buscó la muerte, se expuso a ella como quien juega a la ruleta rusa o va voluntariamente a primera línea de fuego en una guerra…
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