Estaba tirado en la calle, al borde de la muerte y ya sin ganas de luchar

Fausto, o un milagro en Jueves Santo

Sor Consuelo: "Padre, ése es el verdadero Cristo, ante el que hay que arrodillarse"

Fausto, o un milagro en Jueves Santo
Fausto y el Padre Ángel

Voy a pedir permiso en el convento para que me dejen ir a visitarle

(Lucía López Alonso).- Ayer por la tarde la madrileña iglesia de San Antón, la iglesia del Padre Ángel, presidente de Mensajeros de la Paz, se llenó para celebrar la misa de Jueves Santo y el ritual del lavatorio de pies. «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo», le dijo Jesús a su discípulo. Por eso los sacerdotes de la parroquia de San Antón quisieron compartir el altar, como el pan, con diversos representantes de «todos los colectivos humanos que sufren entre nosotros». Con todas esas personas que quieren que tengan algo que ver con la misión de la iglesia de S. Antón.

Así, «niños que necesitan padres supletorios», personas en situación de calle o excluidas por el color de su piel ofrecieron sus pies para que el Padre Ángel y sus sacerdotes los lavaran. También, por supuesto, hubo mujeres. Pero en San Antón ellas no sólo dejaron que se las lavara los pies, sino que también los lavaron (Sor Consuelo Peciña, la monja enfermera que se encarga de la ‘Camilla de la Misericordia’ montada en S. Antón) y ejercieron de monaguillas (las mujeres que viven en la calle y acuden a la iglesia de Mensajeros de la Paz para ser escuchadas y ayudadas, y también para ayudar).

«Todos podemos ser lavados y podemos lavar», recordó el Padre Carlos, «igual que Jesús nos dijo ‘Amaos los unos a los otros'». Es curioso que en la vida, lo más valioso sea siempre bidireccional, se reciba si se da, y que en la iglesia de San Antón, en el centro de Madrid, se palpe ese boomerang de la bondad y todo el que ha sido ayudado vuelva a ella dispuesto a ayudar.

Recordando que el Jueves Santo no sólo se conmemora la Última Cena sino el Amor Fraterno (en especial, el de un sacerdote hacia las personas a las que sirve), el Padre Ángel contó que ha empezado la Semana Santa en Atenas «lavándoles los pies como gesto de disculpa a los refugiados que nos están suplicando ayuda». «Yo quiero llevarles conmigo a un lugar seguro» -dijo- «Quiero sacarles de las estadísticas que sólo hablan de cayucos y darles el derecho a seguir adelante. No lo olvidemos: no hay vida digna si en ella no hay posibilidad de expectativas».

Entonces, el sacerdote contó la experiencia más bonita que le había pasado ese día de Jueves Santo, «la mayor sorpresa»: el milagro de encontrar a Fausto.

A media tarde, uno de los hombres sin hogar a los que el Padre Ángel ya conoce tanto, le pidió ayuda y le dijo que un amigo suyo estaba tirado en el suelo, «como al borde de la muerte y repitiendo que no quiere luchar». El Padre Ángel le pidió que le llevara a donde estuviera, y efectivamente «le encontré postrado entre basura. Le reconocí porque a veces venía a cenar a la iglesia». Le llamó por su nombre. Fausto, levántate. «Era cabezón el tío», contó a los feligreses de San Antón, «estaba malnutrido pero no quería que le lleváramos al hospital».

Así que el Padre Ángel recurrió al socorro de Sor Consuelo, la monja enfermera voluntaria de la ‘Camilla de Misericordia’. Iglesia en salida, todos juntos le convencieron para buscar un albergue donde pudiera recuperarse y descansar. «Pero mañana te vienes conmigo, te acompaño al ambulatorio», le dijo la religiosa.

«Después sentí una gran decepción» -confesó el P. Ángel- «Porque en ningún hostal nos dejaban quedarnos al verle sucio, cagado, meado y malvestido. Al final, en uno tuvieron compasión, nos dieron una habitación y pudimos ducharlo y acostarlo».

Claramente conmovido, el Padre Ángel transmitió desde el altar las palabras que la hermana Consuelo le había regalado esa tarde: «Padre, ése es el verdadero Cristo. Voy a pedir permiso en el convento para que me dejen ir esta noche a la pensión. En vez de visitar tantas imágenes religiosas, nos hemos arrodillado para levantar del suelo a Fausto, que quería morirse y hacerlo solo».

Igual que el Padre Ángel quiso unirse al Papa Francisco en su gesto de lavar los pies a refugiados sirios, iraquíes y afganos, la historia de Fausto hace pensar en que Francisco acaba de colocar en el Vaticano una estatua de Jesús sin techo. «Tenía la boca seca y le diste de beber», le dijo el Padre Ángel a Consuelo. «Precisamente eso fue la misericordia de la samaritana».

Acabada la celebración, el fundador de Mensajeros de la Paz fue a llevarle la cena a Fausto, el Cristo yacente encontrado en el Jueves Santo. Después de la charla, el descanso. «Y mañana, ya sabes, al Centro de Salud».

Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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