Sólo un movimiento laico es capaz de dar nueva vida a la Iglesia católica

La Cortina eclesiástica, una ‘historia de larga duración’

"Sólo un movimiento laico es capaz de dar nueva vida a la Iglesia católica"

La Cortina eclesiástica, una 'historia de larga duración'
Constantino

Cuando una misma narrativa se repite por siglos por medio de los mismos gestos, de las mismas palabras y de las mismas imágenes, la mente humana olvida que esos gestos, esas palabras y esas imágenes son creaciones históricas pasajeras

(Eduardo Hoornaert).- Escribo este texto para dar una modesta colaboración, como siempre de cuño histórico, al ‘Año del Laicado’, actualmente en curso en el seno de la Iglesia Católica.

Lo hago con placer, pues creció en mí, a lo largo de los años, la convicción que sólo un movimiento laico es capaz de dar nueva vida a la Iglesia católica. Parafraseando al conocido dictado ‘fuera de la iglesia no hay salvación’, yo diría que ‘fuera del lego no hay salvación’. Ha llegado la hora de la autonomía de los movimientos laicos. El sociólogo italiano Gramsci escribe que movimientos nuevos, cuando aparecen en una sociedad establecida, suelen pasar por tres fases: la de la afirmación, del enfrentamiento con lo que existe y finalmente de la autonomía. El movimiento laico, dentro de la Iglesia católica, ya tiene algunos siglos y pasó por dos fases: la de la autoafirmación de una conciencia eclesial laica y la del enfrentamiento con el sistema clerical vigente (la fase del anticlericalismo). Ahora, con las Comunidades Eclesiales de Base (en el sentido amplio de ese término), entramos en una tercera fase, la de la autonomía.

Autonomía ante el sistema clerical. No se trata más de disputar espacio con el clero, sino de caminar adelante y dejar el clero hacia atrás, ‘corriendo detrás del beneficio’. No se trata tampoco de menospreciar, por un enraizado anticlericalismo, los trabajos, a veces excelentes e incluso imprescindibles, de determinados sacerdotes, obispos y del propio Papa. Se trata de conquistar la autonomía, lo que sólo será posible si los movimientos laicos tienen claridad en sus objetivos y seguridad en afirmar, sin rodeos: ‘nosotros somos iglesia’. Para ello, la toma de conciencia de la debilidad congénita del sistema clerical es fundamental. Y precisamente en el sentido de una toma de conciencia de esa seguridad que ofrezco aquí un subsidio que espero ser de alguna utilidad.

1. La debilidad congénita del sistema clerical, o mejor, su defecto congénito, es un tema raramente verbalizado Se trata de expresar en palabras lo que mucha gente siente intuitivamente, pero que poco se habla. Además, la comprensión de ese defecto presupone una toma de conciencia acerca de una ‘historia de larga duración’, según la expresión del historiador francés Fernand Braudel. Con eso, él quiso designar movimientos históricos que se vuelven prácticamente incontestables y pueden incluso dar la impresión de ser eternos, exactamente porque se vigorizan durante largos siglos.

Sus innovaciones están tan ampliamente integradas en la cultura que ya no se sienten como innovaciones. Cuando una misma narrativa se repite por siglos por medio de los mismos gestos, de las mismas palabras y de las mismas imágenes, la mente humana olvida que esos gestos, esas palabras y esas imágenes son creaciones históricas pasajeras (como todo lo que es histórico). Ellas fueron construidas en un determinado momento de la historia y, por lo tanto, pueden ser deconstruidas. La gente pasa entonces a considerar estas creaciones como evidentes y normales. Así no extrañamos más cuando vemos a un papa hablando del evangelio entre uno de los espacios más portentosos del mundo, sólo comparable al Kremlin en Moscú o la Plaza de la Paz Celestial en Pekín. No nos extrañamos cuando leemos las inmensas letras sobre esta piedra edificaré mi iglesia «(un anacronismo flagrante). En la cumbre de la Basílica de San Pedro en Roma. Estamos acostumbrados a esas y otras narrativas desde la infancia y pasamos a considerarlas normales. Sin embargo, en el íntimo sentimos que algo está mal. Es de lo íntimo del corazón que brota la conciencia laica.

2. Consideremos por unos minutos una historia de 17 siglos atrás. Usted ha oído hablar de la «revuelta constantiniana». Imagine: en el año 325, el emperador Constantino invita a los obispos cristianos a reunirse en su residencia de verano, situada en un suburbio de Bizancio llamado Niceia. Una sorpresa total, pues su predecesor Diocleciano había deflagrado la más cruel persecución contra las comunidades cristianas.

El nuevo Emperador, por el contrario, se dispone a ayudar a los obispos a resolver ciertos problemas de desunión existentes entre iglesias (en aquel tiempo, ese término indicaba comunidades locales). Los obispos apenas perciben que, detrás de sus palabras y de su gentileza, Constantino pretende valerse de las energías vigentes en el movimiento cristiano para enfrentar problemas de desunión a ser resueltos en la administración del Imperio. Estos obispos vienen del interior, del mundo rural analfabeto, y ahora son recibidos con ‘honores senatoriales’. Se quedan muy impresionados y uno de los presentes, al ver al emperador conversando con sus colegas, exclama: ‘es el Cristo, el Cristo mismo está entre nosotros’. Constantino se hace de super-obispo y manda luego construir, en la ciudad capital Bizancio, en adelante llamada Constantinopla, una basílica tan inmensa que hasta hoy permanece una de las mayores construcciones del mundo cristiano, la ‘Hagia Sofía’ (Santa Sabiduría).

A finales del siglo IV ya funciona allí una corporación de clérigos cristianos, en los moldes de las corporaciones sacerdotales de la religión romana de la época, que se esmera en moldear una nueva liturgia cristiana, que convenga a una Basílica tan portentosa: introducciones y procesiones, mitras y estolas , capas y casullas, invocaciones solemnes, preces codificadas, cortesías y la indefectible hipocresía. Estas novedades impresionan a líderes cristianos del campo rural, que pasan a seguir la moda bizantina. Así se forman paulatinamente corporaciones clericales en grandes centros poblacionales del Imperio como Antioquía y Alejandría, hasta alcanzar la lejana Roma. Se inicia, al mismo tiempo, un proceso administrativo eclesiástico en los moldes del sistema administrativo romano, se forma una jerarquía y una división del universo cristiano en torno a centros urbanos (las diócesis). Todo copiado o al menos inspirado por la administración del Imperio Romano. Se forma un nuevo tipo de obispo, que sabe hablar en público según las reglas de la retórica y pasa a cultivar modos corteses. Pero el cambio más importante consiste en la divulgación del principio corporativo. Se forma un cuerpo sacerdotal unificado, que pasa a controlar la multiplicidad de iglesias, o sea, de comunidades locales.

Al acoger estas novedades del organigrama clerical, los obispos practican lo que los alemanes llaman ‘Realpolitik’, o, como se dice entre nosotros, asumen una postura ‘políticamente correcta. Ellos reconocen y confirman un hecho consumado: en adelante, el clero controla la Iglesia.

3. Con estos procedimientos se interpone una pesada cortina entre la Iglesia ‘católica’ (en el sentido original de ‘esparcida por toda la tierra’) y la tradición cristiana anterior. No un simple biombo de fácil remoción, ni un cortinado ligero que vuele al viento, sino una cortina que va del techo hasta el suelo, como aquel que en palacios y auditorios sirve para separar grandes espacios. O como aquella cortina que, en un teatro, separa el escenario de la platea. No es un muro, pues puede ser removido. En fin, se trata de una institución que, si no cierra totalmente el horizonte evangélico, al menos dificulta la visión.

Esta cortina consiste en una remodelación y resignificación de la estructura eclesial anterior. Aquí llegamos al fondo de la cuestión. Para que el nuevo orden eclesiástico surta efectos, es necesario releer los textos evangélicos de modo que confirmen o al menos abran espacio para el nuevo modelo. Es decir, es difícil escapar a una lectura fundamentalista de los evangelios. La mejor definición de lectura fundamentalista que conozco fue dada por un profesor mío, en los años 1950, que, al terminar su explicación en una determinada disciplina de nuestro curso teológico, dio un suspiro y dijo: ‘una vez más hemos probado que la Biblia está de acuerdo con nosotros’. La intención de la lectura fundamentalista, confiesa o no, consciente o no, es hacer que el texto sagrado esté de acuerdo con lo que efectivamente está en curso o se planea. Es una lectura a posteriori. En rigor, no es lectura ni escucha, es la confirmación de lo que ya se sabe. Una perversión del pensamiento.

4. Pienso que el discurso de la teología de liberación, en la medida en que se dispone de animar al movimiento laico, no puede dejar de abordar ese fundamentalismo católico. Se suele, entre teólogos de la liberación, recurrir directamente al evangelio.

Falta una profundización histórica, una presentación más explícita de la ruptura entre el sistema eclesial anterior al siglo IV (el sistema de comunidades laicas) y el sistema basado en la corporación clerical y en el sacerdocio. Trabajé ese tema en mi libro ‘Orígenes del Cristianismo’ (Paulus, São Paulo, 2016). Para volver a la imagen de la cortina: falta demostrar que esa cortina es un dato histórico, es historia vivida, no es ideología. Si no incluye ese dato histórico, el discurso de la teología de la liberación corre el peligro de sonar algo irreal y no resolver la inseguridad existente en el mundo laico. En un día, la persona oye el discurso de un teólogo de la liberación y en otro día el discurso del vicario de su parroquia. Ella percibe la disonancia, se queda insegura y piensa que se trata de pensamientos ideológicos diferentes, lo que no es verdad. Se trata aquí de historia vivida, no de ideología.

5. Falta acreditar las afirmaciones anteriores por medio de la lectura concreta de un texto bíblico. Como aquí he abordado el tema de la corporación sacerdotal, me propongo, dentro de los límites de este texto, presentar una lectura muy resumida de la Carta a los Hebreos. La razón de la elección de esta Carta está en el hecho de que, en los cursos de formación clerical, suele servir de fundamentación bíblica del sacerdocio cristiano. Se enseña, en la base de una lectura de la Carta a los Hebreos, que hay un solo sacerdote verdadero y eterno, Cristo, y que los que recibieron la ordenación sacerdotal son sus ministros. El ministerio sacerdotal es una participación al sacerdocio eterno de Cristo. Para ello, se imprime en el alma del sacerdote cristiano un ‘carácter indeleble’, un signo de pertenencia definitiva al sacerdocio de Cristo. Él es ‘sacerdote para siempre’.

Seré breve. Sólo digo, para empezar, que la Carta a los Hebreos debe haber sido redactada hacia el año 65, por lo tanto, en una época en que todavía funcionaban en el Templo de Jerusalén los servicios sacerdotales. Probablemente fue escrita en función de sacerdotes judíos (‘hebreos’, como reza el título de la Carta) que se acercaban al movimiento de Jesús y se sentían inseguros en cuanto al posicionamiento del movimiento hacia el sacerdocio.

Al abordar la lectura del texto, quedamos extrañando la frecuencia de citas bíblicas. Son más de cien. Esto se debe al hecho de que Hebreos argumenta por medio de la citación de textos bíblicos y de la presentación de figuras bíblicas conocidas. En esto sigue un método de argumentación corriente en las sinagogas, que se verifica incluso en los evangelios, el método ‘midrash’ (‘búsqueda’, en hebreo). Se supone que los oyentes o los lectores tienen suficiente intimidad con textos bíblicos para «buscar», guiados por el escritor anónimo, citas bíblicas y figuras emblemáticas que expresen lo que quiere decir. Así, en Hebreos, Abel es el injustificado, Abraham el hombre de fe, Moisés el legislador, Josué el conquistador de Canaán, Ra’ab la prostituta que colabora con el ejército de Josué y Esaú el hermano de Jacob, que desperdicia la bendición paterna por preferir una sopa de lentejas. Es dentro de ese contexto que aparece la figura de Melquisedec.

6. Melquisedec es la contraseña de acceso a la comprensión de la Carta a los Hebreos.

Captar el significado de Melquisedec lleva a comprender la Carta a los Hebreos. Vamos, pues, en busca de Melquisedec. En el Salmo 110 (un salmo de la serie ‘tseva’ot’, destinada a exaltar a los que luchan por Israel), Ihwh se siente tan alegre por encontrar a alguien dispuesto a luchar con él a favor de Israel, que se expande en palabras elogiosas:

En el esplendor santo
En la luz de la aurora
En el rocío de la mañana,
Usted será sacerdote para siempre
Como Melquisedec (Sal 110, 2-4, citado en Hb 7, 17 y 21).
Ihwh queda ‘eternamente agradecido’ al colaborador y dice que es, como Melquisedec, ‘sacerdote para siempre’. ¿Qué significa eso? El Salmo 40 (que Hebreos cita en el capítulo 10) tiene la respuesta. Melquisedec (que aquí ya funciona como símbolo de Jesús) se coloca frente a Ihwh y dice:
Usted, Ihwh, no le gustan los sacrificios.
Nada de ofrendas, nada de fuego ni humo.
Entonces dije:
Estoy aquí
(Sal 40, 7-10, citado en Hb 10, 5-7).

¿Qué sacerdote es éste, que rechaza sacrificios, fuego, humo, sangre de chivos y novillos, en fin, las celebraciones sacerdotales? Queda claro que, en Hebreos, el término ‘sacerdote’ es una metáfora. Hebreos habla en el sacerdote para decir otra cosa. ¿Qué otra cosa? El capítulo 7 tiene la explicación. En el versículo 14, para que nadie entienda mal el razonamiento del escritor, afirma categóricamente que Jesús nunca fue sacerdote: nadie ignora que nuestro Señor proviene de Judá, tribu sobre la cual Moisés se calló cuando hablaba de sacerdotes (Heb 7, 14). ¿En qué sentido se puede hablar entonces de Jesús sacerdote? Hebreos 7, 15-17 tiene la respuesta:

Al igual que Melquisedec se levanta un nuevo sacerdote,
que no se convirtió en sacerdote en virtud de una fugaz ordenación legal,
sino por el poder de una vida indestructible
(akatalutos).

El sacerdote nuevo se convirtió en sacerdote por el poder de una vida indestructible. No hay que decir de modo más claro que el sacerdocio de Jesús es símbolo de vida, es decir, que el escritor usa la expresión ‘sacerdote’ para negar la vigencia de un sacerdocio ‘ordenado’ en el movimiento de Jesús y afirmar categóricamente que Jesús se hizo sacerdote por su modo de vivir. Y, en los versículos 23 a 24, la Carta concluye: ese sacerdocio, por ser expresión de vida, es intransmisible:

En el caso de los sacerdotes levíticos, los primeros (los sacerdotes levíticos) fueron numerosos a convertirse en sacerdotes, porque la muerte los impedía a seguir cumpliendo su oficio, mientras él, ya que se queda para siempre, posee un sacerdocio intransmisible (‘aparabaton’ en griego): Hb 7 23-24.

Aquí nos enfrentamos, en las traducciones corrientes del texto griego, con un error grosero. El adjetivo griego ‘aparabatos’ significa ‘intransmisible’, no ‘verdadero’ (Tomás de Aquino), ni ‘eterno’ (Concilio de Trento), ni ‘lo que no pasa’ (traducción de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil). Hebreos afirma que la actividad de Jesús es pasajera: Todo esto él realiza una sola vez (‘efapaks, hapaks’) (Heb 7, 27).

Las realizaciones de Jesús son pasajeras, sometidas a las leyes de tiempo y espacio, provisoriedad e incompleta, como todo lo que pasa en la historia. No se transmiten por medio de algún rito. Son intransferibles. Rito se transmite, se repite. El acto no se repite, no se transmite (a no ser en forma de ejemplo).

7. Podemos concluir. No se puede alegar que la Carta a los Hebreos, por ser de lectura difícil, no sea un texto claro. Es de una claridad cristalina: Jesús es sacerdote ‘a ejemplo de Melquisedec’, no ‘a ejemplo de Aarón o Levi’. Sacerdote por su modo de vivir, no por alguna ordenación que habría recibido. El «sacerdocio» de Cristo, en la Carta a los Hebreos, funciona como metáfora de la vida de Jesús, de su modo de vivir.

Indestructible, intransferible. Decir que el sacerdocio de Jesús está en el origen del sacerdocio cristiano es cometer un error flagrante de lectura bíblica. Falta de atención a las palabras, de lectura apropiada.

Es una consideración de cuño histórico que, imagino, puede servir en la formación de laicos y laicas deseosos de seguir el evangelio, conscientes de su autonomía y deseosos de librarse de la tutela clerical. Libres para leer e interpretar textos bíblicos con criterio y honestidad intelectual, sin ceder a tendencias fundamentalistas.

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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