"Durante todo este tiempo os he llevado en mi cabeza, en mi corazón y en mis labios", dijo en una misa emotiva y multitudinaria

Monseñor Berzosa se despide de Ciudad Rodrigo sin dar explicaciones de su renuncia

"No quiero ningún protagonismo. Fuera morbo. Fuera victimismo. Fuera comentarios. El foco es Cristo"

Monseñor Berzosa se despide de Ciudad Rodrigo sin dar explicaciones de su renuncia
Berzosa se despide de sus files

En nombre de los sacerdotes, religiosas y laicos agradecemos su paso por nuestra diócesis y por nuestras vidas

(José M. Vidal, enviado a Ciudad Rodrigo).- Lágrimas en los rostros, pena en el corazón y hasta el cielo derramó su llanto en forma de lluvia, para sumarse, ayer por la tarde, a la despedida de Raúl Berzosa como obispo de Ciudad Rodrigo. Y eso que el despedido quiso poner un poco de ungüento al dolor y salió a celebrar su última misa en la diócesis mirobrigense con el rostro sonriente y la cabeza alta. Como quien no tiene nada que temer ni nada de qué avergonzarse.

Y eso que en la iglesia abarrotada de gente flotaba unas cuantas pregunta: ¿por qué se va el obispo al que tanto quisimos durante estos últimos ocho años? ¿Por qué ha presentado su renuncia? ¿Por qué se la ha aceptado el Papa? ¿Qué ha pasado?

Muchas preguntas que esperan respuestas, pero, de entrada, la simple presencia del obispo entre ellos parece calmar a los fieles. Allí está él tan elegante, amable y sonriente como siempre. Mientras hace la procesión de entrada saluda a unos y otros. A su lado, 50 curas, casi todos los de la diócesis. Entre ellos el padre Ángel, que hizo el viaje expresamente desde Madrid, para acompañarlo en las duras.

Cosa que no hicieron sus compañeros obispos. Al lado de monseñor Berzosa, en su despedida, sólo la mitra de monseñor Gil Hellin, presencia obligada, por haber sido el administrador apostólico. Ni un obispo más. Ni siquiera el ya designado nuevo administrador, monseñor Garcia Burillo. Ni los de la región del Duero, a la que dedicó sus esfuerzos pastorales. Ni los de la provincia eclesiástica. Ni siquiera el de la vecina Salamanca, en cuya Universidad daba clases.

Aún así, sin mitras al lado, monseñor Berzosa desprende aroma de líder y da muestras de tener mando en plaza. Y más en ésta, en la que templó durante 8 años. No parece sentirse víctima ni pretende ser verdugo. Pero su mirada despide dolor, tras siete meses apartado de su diócesis y en boca de todo el mundo.

Se esperaban explicaciones, pero el obispo en la homilía sólo se dedicó a dar consejos. Los últimos consejos de un padre a sus hijos antes de emprender un largo viaje. Quizás por eso dejó hablar a la Palabra de Dios en unas lecturas que ni elegidas a posta y en las que dijo todo sin decir nada.

Desde el epílogo del libro del Eclesiástico clama:

«Quiero darte gracias, Señor y Rey, y alabarte, Dios, mi salvador. Yo doy gracias a tu Nombre, porque tú has sido mi protector y mi ayuda, y has librado mi cuerpo de la perdición, del lazo de la lengua calumniadora y de los labios que traman mentiras. Frente a mis adversarios, tú has sido mi ayuda y mes has librado, según la grandeza de tu misericordia y de tu Nombre, de las mordeduras de los que iban a devorarme, de la mano de los que querían quitarme la vida, de las muchas aflicciones que padecí, del fuego sofocante que me cercaba, de las llamas que yo no había encendido, de las entrañas profundas del Abismo, de la lengua impura, de la palabra mentirosa, y de las flechas de una lengua maligna. Mi alma estaba al borde de la muerte, mi vida había descendido cerca del Abismo. Me cercaban por todas partes y nadie me socorría, busqué el apoyo de los hombres y no lo encontré. Entonces, me acordé de tu misericordia, Señor, y de tus acciones desde los tiempos remotos, porque tú libras a los que esperan en ti y los salvas de las manos de sus enemigos».

Toda una denuncia de las lenguas calumniadoras, impuras y malignas y de las palabras mentirosas, y del abismo en el que estuvo sumido…y sin ayuda de nadie más que del Señor.

Y la antífona cantada por todo el pueblo remachaba la idea: «Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador».

A continuación, fue una monja Clarisa la que, con la segunda lectura, lanzaba reproches por boca de Pedro:

«¿Quién podrá haceros daño, si os dais con empeño a la bueno? Pero aún suponiendo que tuvierais que sufrir por ser honrados, dichosos vosotros. No les tengáis miedo ni os asustéis: en lugar de eso, en vuestro corazón reconoced al Mesías como a Señor, dispuestos siempre a dar razón de vuestra esperanza a todo el que pida una explicación, pero con buenos modos y respeto y teniendo la conciencia limpia. Así, ya que os difaman, los que denigran vuestra buena conducta cristiana quedarán en mal lugar. Más valdría padecer porque uno hace el bien, si tal fuera el designio de Dios, que por hacer el mal».


Ya estaba dicho todo: No tiene que temer el que sufre por ser honrado. Y a los que piden explicaciones, ofrecer esperanza con buenos modos, respeto y conciencia limpia. Ésa es la receta de la Palabra para luchar contra los difamadores. Y, al final y en resumen, es preferible sufrir por hacer el bien que por hacer el mal.

Aún así, la gente esperaba la homilía de Don Raul como agua de mayo. Querían escuchar a su obispo y si fuese necesario compartir su pena y su dolor con el. Pero el obispo, ya desde el comienzo, quiso dejar claro que no venía a hacerse la victima. «No quiero ningún protagonismo. Fuera morbo. Fuera victimismo. Fuera comentarios. El foco es Cristo y esta iglesia que es también la iglesia de Francisco».

Salía por vez primera una cita al Papa reinante, del que depende su suerte, y al que iba a citar en muchas más ocasiones. Aunque al siguiente Papa que parafraseó fue a Juan XXIII: «El pasado déjalo en manos del Señor; el futuro en manos de la providencia y sólo vive el presente».

¿Y las explicaciones? Para evitarlas, Berzosa hacía malabares y apelaba al lenguaje del amor: «Durante todo este tiempo os he llevado en mi cabeza, en mi corazón y en mis labios», porque de vosotros he recibido mucho más de lo que merecía y, por eso, nunca me he sentido solitario, si en soledad».

Pero mirando siempre adelante, con una mochila cargada de amor. «Dime como está tu corazón y te diré quien eres y cómo eres». El suyo, el que lleva siempre en bandolera, como decía el cantante francés Adamo, lo definió así: «limpio, entregado y abandonado».

Ese corazón fue el que puso a latir por su pequeña diócesis, a la que colocó en la senda de Francisco de una iglesia en salida, misionera, sinodal y volcada en los mas pobres. Y, desde ese mismo corazón, aconseja a sus diocesanos del alma, antes de irse: que vivan las bienaventuranzas, que dejen a Dios ser Dios en sus vidas y que eviten tres tentaciones.

La primera, «el materialismo, la avidez o el querer tenerlo todo». La segunda, «la espectacularidad, la brillantez». Y la tercera, «el poder y el querer dominar que hoy se plasma en los medios y en las redes y en nuestras conversaciones, que reflejan a menudo el ansia de poder y la crítica a las personas. Para hacerles frente a la tríada de tentaciones, el prelado propone «humildad, sencillez y transparencia».

Y concluye su homilía recitando un Credo personal, recitado con emoción, en nombre del pueblo civitatense, en el que vuelve a citar, en varias ocasiones, al Papa Francisco, cuando pide a la Iglesia conversión o salir a las periferias de los descartados.

Con el amén del Credo del obispo, la gente se arranca en un aplauso sentido, casi de consuelo al obispo querido y caído en desgracia y que se marcha sin decirles, una vez más, el porqué. Con su estilo habitual, monseñor Berzosa replica al gesto de la gente: «Entiendo que el aplauso no es para Raúl, es para el Señor Jesús, que obra a través de este pobre obispo». Y en el templo volvió a resonar otra ovación aún más fuerte. Mientras la mirada del obispo como ausente y perdida a lo largo de la celebración, se nubla y se empaña de emoción contenida.

Antes de la bendición final, tomó la palabra el vicario de pastoral, José Manuel Vidriales. También visiblemente emocionado, comenzó diciendo que «la mejor palabra para Don Raúl en estos momentos es esta asamblea, porque hay palabras que se quedan en el corazón».

El vicario de pastoral resumió lo que, en nombre de la diócesis quería decir al obispo dimisionario en dos palabras: Respeto y afecto. «En nombre de los sacerdotes, religiosas y laicos agradecemos su paso por nuestra diócesis y por nuestras vidas».

También recordó que monseñor Berzosa le había para el cargo en septiembre de 2012, junto a Tomás Muñoz como vicario general, «para servir, no para presumir y nos pusimos los mandiles de sirvientes, para hacer un trabajo duro, precioso, con entrega y con resultados positivos, un trabajo que ha valido la pena y, por eso, puede irse con eso en el corazón».

José Manuel Vidriales reconoció ante el Pueblo que Don Raúl quiso colocar, desde el principio, a la diócesis en la ruta que marcó el Papa Francisco y, en esa dirección remó siempre, «abriendo camino, para que lo siguiéramos».

Y el vicario de pastoral concluyó: «Don Raúl, trabajar a su lado ha sido gratificante y enriquecedor. Que el Señor le bendiga por donde vaya».

Monseñor Berzosa agradeció las sentidas palabras de su vicario de pastoral y quiso resumir su paso por la diócesis con un poema:

«Señor, me amaste,
me creaste,
me enamoraste,
me sedujiste,
me consagraste,
me perdonaste
y me redimiste»


Antes de impartir la bendición final, llamó a su lado a monseñor Gil Hellín y le obligó a decir unas palabras. Y el arzobispo emérito de Burgos no lanzó ni una sola flor a su compañero y se limitó a decir: «¡Ojalá no hubiera hecho falta estar aquí, pero me alegro a posteriori de haber estado, por haber renovado el espíritu de pastor directo!».

Dada su última bendición, monseñor Berzosa pidió un último favor al cabildo: que le permitiese abrazar a todos los fieles que quisiesen despedirse de él. Y la dependida duró más de 35 minutos, porque todo el pueblo se puso a la ronda. Y allí, a la puerta de la catedral, entre las lágrimas de los fieles, Don Raúl se dejó llevar por la afectividad y sus mejillas enrojecieron de tantas lágrimas compartidas.

A unos sonreía, a otros bendecía y, para todos, tenía una palabra de cariño y de aliento. Y todo personalizado, porque el pastor conoce a sus ovejas por sus nombres y, entre lágrimas, era él el que las consolaba. Sólo le quedan por consolar dos ovejas que, durante diez años, fueron su familia. ¡Y seguro que lo hace, por amor y por conciencia!

Al ver al Padre Ángel, se echó en sus brazos y le dijo: «Gracias Ángel. ¡Qué detalle! ¡No te esperaba! Siempre estás donde hay que estar. Sigue rezando por mí».

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Autor

José Manuel Vidal

Periodista y teólogo, es conocido por su labor de información sobre la Iglesia Católica. Dirige Religión Digital.

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