El Papa inicia su viaje a Milán "primereando" un suburbio en la periferia y visitando las casas de tres familias

Francisco: «La Iglesia no se queda en el centro a esperar, sino que va al encuentro de todos, a las periferias»

"La Iglesia siempre tiene que ser restaurada, pero necesitamos confesores que sean misericordiosos"

Francisco: "La Iglesia no se queda en el centro a esperar, sino que va al encuentro de todos, a las periferias"
El Papa, con una de las familias

Esta estola ha sido creada aquí, la habéis hecho vosotros, y esto la hace muy preciosa. Me recuerda que el sacerdote cristiano sale del pueblo, y está al servicio del pueblo

(Jesús Bastante).- Una fina niebla acogió al Papa Francisco en su llegada a Milán. Tal vez era Paloma, que ya estará regando las plantas desde el cielo. Bergoglio aterrizó con algo de retraso, y se dirigió directamente al barrio Case Bianche (Casas Blancas), donde se hacinan 477 familias en la periferia de la ciudad de la moda, los coches de lujo y la bolsa. En el rico Milán, el Papa quiso estar cerca de los más apartados. «A medida que vamos saliendo del centro, vemos más cosas», explicaba hace pocos días.

Las «casas blancas», el suburbio de Milán, olvidado por las autoridades, es un barrio vivo, multiétnico y multirreligioso, donde la Iglesia católica lleva a cabo una importante labor social y educativa. Tras los saludos a la multitud, y acompañado a cierta distancia por el cardenal Scola, el Papa se reunió con tres familias: una pareja de ancianos, una familia que atiende a una persona con una enfermedad grave y una tercera formada por musulmanes con varios hijos. Un encuentro sin cámaras, pero que, según nos cuentan, tuvo una gran emotividad. Y justo después salió un sol radiante, que junto a los gritos del barrio fue paliando el frío de la mañana.

La primera de ellas, Dorotea Falcone y Stefano Pasqual, Dori y Lino en el barrio, que viven en el cuarto piso, sin ascensor, y casados por lo civil hace 38 años. Lino tuvo problemas con el alcohol, lo que le provocó un grave accidente que acabó en epilepsia y una progresiva pérdida de conocimiento a sus 59 años. Dori, de 57, lo asiste día y noche desde 2013.

La segunda familia está formada por Mlhoual Karim y su mujer Tardane Hanane, que viven en el segundo piso del portal vecino, con sus hijos Nada (17 años), Jinane (10 años) y Mahmoud (y años). Provenientes de Marruecos, Karim trabaja en una farmacéutica. Junto a otra familia musulmana han organizado la escuela de lengua árabe, que se aloja en la parroquia católica. Y es que en este barrio musulmanes y católicos dejan de lado sus etiquetas diferenciadoras y son, como no podían ser de otra manera, vecinos.

La tercera familia que visitó Francisco fue la formada por Oneta Nunccio, de 82 años, y Agogini Adele, de 81, que viven en un tercero sin ascensor. Casados por la Iglesia hace 61 años, tienen una hija, Giovanna, de 51 años. Dos «bravos ancianos creyentes», como los anuncia la Oficina de Prensa de la Santa Sede, cuya falta de movilidad les obliga a seguir la misa por televisión y recibir después la Eucaristía. Adele está casi ciego, y Nuccio sufre desde hace 11 años un cáncer, que los médicos temen sufrir metástasis.

 

 

Después de conversar con las familias, el papa se dirigió a un pequeño santuario dedicado a la Virgen de Lourdes. Antes, recorrió una pequeña avenida repleta de ancianos, enfermos y vecinos del barrio, saltándose en varias ocasiones, la férrea barrera de seguridad para abrazar, consolar, besar, sonreir y arrugar la frente al escuchar, siquiera fugazmente, los lamentos y las expectativas de las periferias, que también existen en el centro de Europa.

Ancianos con problemas de accesibilidad, cartas de niños con sus sueños, inmigrantes que buscan la felicidad, y la supervivencia, en las orillas de la gran ciudad… todos fueron desfilando delante de Francisco, quien quiso dejar claro, desde el principio, que su prioridad son los pobres, los más apartados.

Los vecinos le regalaron una estola, confeccionada por el barrio, y una imagen de la Virgen, antes de ser restaurada. A ellos dedicó el Papa su saludo inicial, en el que subrayó cómo «es un gran don para mí entrar en la ciudad encontrando a familias, vecinos… a una comunidad».

«Gracias por los dos regalos. El primero, esta estola, un signo plenamente sacerdotal, que me toca de modo especial, porque me recuerda yo estoy aquí, entre vosotros, como sacerdote. Entro en Milán como sacerdote«, proclamó, ante el aplauso general.

«Esta estola ha sido creada aquí, la habéis hecho vosotros, y esto la hace muy preciosa. Me recuerda que el sacerdote cristiano sale del pueblo, y está al servicio del pueblo«, añadió, apuntando que «mi sacerdocio, como el de vuestro párroco, es don de Cristo, pero es posible por vosotros, por vuestra fe, vuestras oraciones, vuestras lágrimas».

 

 

«Después me habéis regalado una imagen de vuestra «madonnina». Gracias, Yo sé que en Milán me aocge la «madonnina», desde aquí, al ingreso, no cuando llegue al Duomo», y volvieron los aplausos. El Papa hizo referencia a la «premura de María, que corre a visitar a Isabel», y resaltó que «la Iglesia no se queda en el centro a esperar, sino que va al encuentro de todos, a las periferias, incluso a los no cristianos, a los no creyentes, y muestra a Jesús, que da sentido a nuestra vida y la salva del mal».

«Y la Virgen va al encuentro no para hacer proselitismo, no, sino para acompañarnos en el camino de la vida», recordó. «Si ha venido a esperarme a la puerta de Milán, me ha hecho recordar cuando los niños, los jóvenes, íbamos al colegio y nuestra madre estaba a la puerta de la escuela. La Virgen es Madre, y siempre va hacia adelante a esperarnos. Gracias por esto».

Sobre la imagen restaurada de la Virgen, el Papa señaló que es un bello signo de que «la Iglesia siempre tiene que ser restaurada. Todos somos pecadores, necesitamos ser restaurados por la misericordia de Dios, especialmente en este tiempo de Cuaresma. La Virgen, sin pecado, no necesita ser restaurada, pero su estatua sí, y como madre, nos ensñea a dejarnos restaurar por la misericordia de Dios».

«Hablando fraternalmente, una buena confesión nos hará tanto bien a todos, ¿o no? Aunque necesitamos confesores que sean misericordiosos. Gracias de corazón por estos dos dones, y sobre todo por estar aquí, por vuestra acogida y oración, que me acompaña en el ingreso a Milán», concluyó, recogiendo de nuevo la avenida entre miles de pequeñas manos, de muchos niños, a los que el Papa abrazó y tocó, entre la algarabía general y el visible agobio de Domenico Gianni, el guardián de la seguridad de Francisco. Pero este Papa necesita tocar y ser tocado, sentir, oler, palpar a la gente, especialmente a los pobres, los elegidos de Dios.

 

 

 

Autor

Jesús Bastante

Escritor, periodista y maratoniano. Es subdirector de Religión Digital.

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