El Riyadh Air Metropolitano amaneció rojo y blanco, pero anoche los «cholitos» jugaron cual si fueran la otrora «Naranja Mecánica» comandada por el legendario Johan Cruyff.
Durante 45 minutos, el Atlético de Madrid se disfrazó de la selección de Holanda 74: presión adelantada, once jugadores atacando y defendiendo, intercambio constante de posiciones y una sensación de superioridad absoluta ante un Barcelona que apenas pudo respirar y aguantar el vendaval de goles que se les vino encima. Fue fútbol total en versión colchonera.
Fútbol total en rojo y blanco
El plan fue tan sencillo de explicar como devastador de sufrir: morder arriba, correr todos, jugar todos, cambiar todos. Griezmann se retrasaba para armar el juego, Llorente aparecía como llegador, Lookman y Julián Álvarez atacaban los espacios como extremos intercambiables, y los laterales se sumaban a la presión hasta convertir cada salida azulgrana en un examen imposible. Como aquella Naranja Mecánica del 74, el Atlético entendió el partido como un escenario donde ningún jugador tiene una sola función: todos presionan, todos tocan, todos aceleran.
El 4-0 no fue solo marcador, sino manifiesto. La presión alta desactivó la defensa adelantada del Barça, los ataques rápidos se tejieron con tres y cuatro toques, y las transiciones parecían coreografías ensayadas hasta el milímetro, como las viejas triangulaciones de los oranje. El Metropolitano, convertido en manicomio, empujaba cada robo y cada carrera como si en cada jugada se jugara una final de Mundial.
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— Atlético de Madrid (@Atleti) February 12, 2026
Del autogol a la lluvia de goles
El primer golpe fue casi un homenaje torcido al “miedo escénico”: un pase hacia atrás de Eric García, un control fallido de Joan García y un balón que acaba dentro de la portería antes de que el meta pueda reaccionar. Autogol, 1-0 y el Atlético oliendo sangre como la Holanda que se adelantaba en los primeros minutos para dictar el guion del juego.
El 2-0 llevó la firma de Griezmann, pero fue obra coral: balón que viaja de área a área, Musso bloca, salida rápida, Lookman rompe por banda, Julián y Nahuel mejoran la jugada y el francés define con sutileza, cruzando con la zurda. Es una jugada que podría enseñarse en vídeo junto a las transiciones de Cruyff, Neeskens y Rep: presión, robo, salida limpia y segunda oleada para golpear.
El tercero de Lookman y el cuarto de Julián Álvarez terminaron de dibujar el póster de la noche: la espalda de la defensa azulgrana como autopista, el Atlético corriendo sincronizado, combinando con precisión de seleccion oranje, culminando ataques que parecían diseñados en pizarras holandesas pero ejecutados con acento argentino, nigeriano y francés. Al descanso, el 4-0 invitaba a frotarse los ojos y a mirar el marcador una segunda vez para creerlo.
Y ardió el Metropolitano
Si el fútbol total nace de la idea de ocupar mejor los espacios que el rival, el Atlético convirtió el Metropolitano en un tablero perfecto. Cada azulgrana sentía en la nuca el aliento de un rojiblanco; cada control culé llevaba pegado un duelo físico, una pierna al límite, un choque que recordaba a esos partidos en los que Holanda desarbolaba a sus rivales a golpe de presión y valentía.
El equipo de Simeone se movió como una unidad compacta, líneas juntas, defensas que saltaban sin miedo, delanteros que retrocedían para cerrar pasillos interiores, mediocentros convertidos en “todocampistas” al estilo Neeskens. Las posiciones eran un punto de partida, nunca una jaula: Griezmann bajaba a recibir como un 10 clásico, Lookman aparecía por dentro, Julián caía a banda, Llorente llegaba al área desde la segunda línea, y Koke marcaba el compás como si dirigiera una orquesta naranja.
En la grada, el partido se vivió como una exorcización colectiva. Cada robo era un rugido, cada transición, una descarga de adrenalina, cada gol, un recuerdo de que este Atlético, cuando juega sin red, puede parecerse más a la Holanda ofensiva que a la vieja versión conservadora que tantos rivales temieron.
Barcelona, víctima de un infierno ‘total’
El Barcelona llegó con etiqueta de gigante copero y se marchó con el rabo entre las piernas, atenazado por un escenario que lo devoró en 45 minutos. Fermín y Lamine dejaron destellos, Cubarsí creyó marcar en una jugada anulada por fuera de juego tras un eterno VAR, pero la sensación general fue la de un equipo superado física, táctica y emocionalmente.
Ni la entrada de Lewandowski ni los retoques de Flick desde el banquillo rompieron el embrujo. Eric García terminó expulsado, la reacción se diluyó entre revisiones tecnológicas y ataques sin filo, y el 4-0 se quedó corto para el castigo futbolístico que sufrió el Barça. Fue, más que una derrota, una lección: cuando el Atlético se acerca al fútbol total, cuando se libera del miedo y juega “partido a partido” como si no hubiera mañana, la Ciudad Condal aprende que el infierno puede estar a 600 kilómetros, vestido de rojiblanco y con alma de Naranja Mecánica.

