Arranca septiembre y el foco vuelve a estar en el sistema ferroviario español. Las palabras de Óscar Puente, ministro de Transportes, asegurando que «el tren vive en España el mejor momento de su historia», han generado controversia justo cuando los titulares sobre retrasos, averías y caos en estaciones se acumulan. ¿Hay motivos para tanta autocomplacencia?
Récord de viajeros y liberalización: luces del modelo actual
Las cifras invitan al optimismo desde ciertos ángulos. El número de usuarios de alta velocidad ha pasado de 22 millones en 2019 a más de 39 millones en 2024, impulsado por la liberalización del sector y la entrada de nuevos operadores como Ouigo e Iryo. La competencia ha ampliado frecuencias y abaratado algunos billetes, permitiendo que viajar entre grandes ciudades sea más fácil y rápido para muchos ciudadanos.
El propio ministro destaca que “se viaja en alta velocidad a sitios donde antes se tardaba el doble (…), hay muchas más frecuencias, hay mucho mejor servicio… Y eso se traduce en viajeros”. El flujo creciente de pasajeros muestra una demanda robusta. Además, la inversión pública, apoyada en fondos europeos, ha acelerado obras y modernizaciones en estaciones clave, adaptándolas al volumen actual de viajeros.
Averías y caos: la otra cara del ferrocarril español
Sin embargo, este supuesto “mejor momento” convive con un goteo constante de incidencias. A día de hoy, 31 de agosto de 2025, decenas de miles de pasajeros han sufrido este verano las consecuencias del deterioro o falta de mantenimiento: incendios en trenes, cortes por robo de cable, fallos eléctricos y retrasos generalizados. El caso más reciente —el cierre total durante varias horas del corredor Madrid-Andalucía por un incendio— dejó cientos de viajeros atrapados, algunos sin aire acondicionado con temperaturas superiores a los 40 grados.
No es un hecho aislado. Solo la semana pasada, más de 2.000 personas quedaron bloqueadas durante diez horas por una avería en la catenaria entre Marabique y Santa Justa (Sevilla), obligando a intervenir a Policía Local y servicios sanitarios. Situaciones similares se han repetido en otras líneas clave.
El propio Puente ha reconocido que “tenemos todavía algunos meses que vamos a sufrir, que tendremos incidencias y algunas de ellas serán graves, pero esto irá amainando”. Sin embargo, para miles de usuarios diarios, la paciencia se agota.
El AVE bajo la lupa: impuntualidad y recortes
El símbolo del éxito ferroviario español —el AVE— tampoco atraviesa su etapa más brillante. La retirada forzosa de los trenes S106 (Avril) por problemas técnicos ha obligado a cancelar servicios low cost como Avlo entre Madrid y Barcelona; una línea emblemática donde ahora solo operan los servicios tradicionales ante la presión competitiva de Ouigo e Iryo. Esto ha supuesto menos alternativas para los viajeros y un retroceso en la oferta low cost.
Los datos sobre puntualidad no acompañan al discurso oficialista: cada día se acumulan retrasos considerables tanto en alta velocidad como en media distancia. Un robo reciente de cable —calificado como «sabotaje» por Puente— paralizó durante horas varios corredores estratégicos dejando a decenas de miles sin servicio o con demoras medias superiores a 40 minutos. La fragilidad del sistema queda patente ante cualquier incidencia imprevista.
Carreteras: otro punto negro en la movilidad nacional
El debate sobre el tren no puede desligarse del estado del resto de infraestructuras. Las carreteras españolas también viven un momento delicado: obras inacabadas, falta de inversión en mantenimiento y puntos negros sin resolver complican el día a día para millones de conductores. La saturación en accesos a grandes ciudades y el colapso ocasional en vías rápidas muestran que el modelo multimodal aún tiene mucho margen para mejorar.
La presión sobre el ferrocarril aumenta cuando las alternativas por carretera tampoco ofrecen fiabilidad ni seguridad plena.
Liberalización apresurada y efectos secundarios
La apertura del mercado ferroviario ha traído competencia e innovación pero también una “tormenta perfecta”, según reconocen varios expertos. Las prisas por cumplir con los plazos europeos han hecho coincidir obras críticas con la operación diaria sin cortar tráfico ferroviario —algo poco habitual en países vecinos— multiplicando así las posibilidades de fallo y afectando a más pasajeros simultáneamente.
Además, la segunda fase prevista para ampliar corredores liberalizados se ha retrasado hasta septiembre tras los problemas recientes. El objetivo es evitar un nuevo colapso mientras se adapta la infraestructura al volumen real del tráfico actual.
Preguntas abiertas sobre el modelo
La afirmación tajante sobre “el mejor momento histórico” choca con una realidad compleja:
- Los usuarios disfrutan hoy más opciones que nunca pero sufren más demoras e incertidumbre.
- Las inversiones son cuantiosas pero los resultados no siempre llegan al usuario final.
- El éxito comercial convive con incidentes diarios difíciles de justificar tras décadas de desarrollo.
En definitiva, mientras los responsables políticos insisten en vender una imagen triunfalista del ferrocarril español, los retos estructurales siguen ahí: puntualidad cuestionable, gestión deficiente ante crisis e infraestructuras sometidas al límite. El debate seguirá abierto mientras la experiencia real del viajero no refleje esa excelencia prometida desde los despachos oficiales.

