Para las mujeres hay un antes y un después de la Ley de Igualdad. “Lo malo de las nombradas para un cargo a partir de la dichosa ley —me dice una amiga que lleva años triunfando por sí misma— es que están bajo sospecha de valer seguramente menos de lo que merecen”.
El mérito de la presidenta de la Diputación de Salamanca, Isabel Jiménez, es que, como Soledad Becerril, María Luisa Rudi o Esperanza Aguirre, ya triunfaba cuando ser mujer no conllevaba ningún plus. Estas cosas hay que recordarlas tal día como hoy, en que renueva su cargo al frente de la institución provincial, porque hay gentes que las ignoran.
Estoy convencido de que dentro de un tiempo seremos los varones, acobardados y venidos a menos, quienes suplicaremos por una cuota que permita mantenernos en el machito. A mí, particularmente, no me sorprendió que en el pueblo canario de Garachico se presentase una lista electoral sólo con féminas. Sucesos como ése serán cada vez más frecuentes si los hombres no espabilamos y nos ponemos al día.
Me preguntaron hace unos días para una encuesta si la condición femenina supone una ventaja o un perjuicio en unas elecciones. Me quedé desconcertado porque no lo había pensado hasta entonces. Caí en la cuenta de que en los últimos comicios tuve que elegir en Valencia entre dos mujeres como principales cabeza de lista: Rita Barberá y Carmen Alborch, sin que me condicionase su sexo. El tercero en disputa —un varón, por cierto— ni siquiera consiguió entrar en el consistorio.
Así están las cosas. Hace año y medio, podía presumir de que una mujer dirigía uno de los periódicos en que yo colaboro. Ahora ya no tengo una sola directora, sino tres. Al tanto, pues, los preclaros periodistas de mi generación.
Estas reflexiones, digo, me sobrevienen al repetir en su cargo Isabel Jiménez. Es a su capacidad y a la de otras mujeres como ella —desde la difunta premier israelí Golda Meir o Margareth Thatcher, a la alcaldesa de Córdoba, Rosa Aguilar—, y no a la Ley de Igualdad, a la que deben su oportunidad muchas mujeres de hoy.
