A Contracorriente

Enrique Arias Vega

Ahogados en la playa

Nadie quiere ahogarse en la playa, por supuesto. Pero tampoco quiere morir en la carretera y ya vemos el número de accidentes de tráfico que hay cada fin de semana.

Es que las imprudencias se pagan caras y las estadísticas demuestran que detrás de miles de accidentes domésticos, laborales, lúdicos,… está el factor humano. Es decir, que la culpa es nuestra y no del azar, de las autoridades, de la mecánica o del destino cruel e inexorable. Si el conductor de un tren lo lleva a 120 kilómetros por hora cuando está señalizado a 30, lo raro, y hasta lo milagroso, sería que no se accidentara.

Algo de eso sucede en nuestras playas, donde sólo en las valencianas llevamos ya 17 personas ahogadas en lo que va de verano. Las razones de esta terrible desgracia son múltiples y variadas: desde un incidente coronario al gesto altruista de quien ha querido salvar a un semejante en peligro. En algunos casos, los menos, habrá alguna responsabilidad de las autoridades y socorristas que no han estado a la altura de las circunstancias en la prevención, la señalización del peligro o la capacidad de reacción ante el suceso.

Pero en la mayoría de los casos vuelve a aparecer la imprudencia, cuando no la temeridad. Si un conductor adelanta en una línea continua ya sabe a lo que se expone: no tanto a una multa, que es lo de menos, sino a una colisión frontal, casi siempre irreparable. Cuando un bañista se adentra en el mar mientras ondea en la playa una bandera roja, no sólo arriesga su vida: al igual que el conductor de antes ponía en peligro a quien viniese de frente, él lo hace con los socorristas y otras gentes solidarias.

En ésas estamos. Entiendo, pues, que en algunos municipios se multe a quien se bañe con bandera roja. Y no comprendo que la medida aún no se haya generalizado. Lo mismo que se penaliza a quien hace fuego en el monte o a quien conduce imprudentemente, también había que hacerlo a quienes exponen su vida y la de los demás y generan unos gastos extra de atención que estarían mejor destinados a otros fines asistenciales.

Ya sucede en prácticas deportivas de alto riesgo, como la escalada, que exigen una capacitación específica, el apoyo federativo, el pertinente permiso y suscribir un seguro que cubra los riesgos que, aun así, se asumen.

Es que, en el fondo, estamos mal acostumbrados. Solemos hacer de nuestra capa un sayo y nos encanta contravenir normas y prohibiciones. Luego, muchas veces, ante resultados fatales, lo fácil, lo cómodo y lo usual es echar la culpa a otro.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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