A Contracorriente

Enrique Arias Vega

El (estrambótico) ejemplo de Navarra

Si la analista Amparo Tórtola puede calificar de “repertorio de despropósitos” el espectáculo de la izquierda valenciana, ¿qué no decir de lo que está ocurriendo en Navarra? Sin gobierno ni visos de tenerlo dos meses después de las elecciones, su caso es todo un paradigma de cómo poner en peligro el bienestar colectivo que tanto ha costado conseguir.

Para ello sólo es precisa la existencia de gentes como el socialista Fernando Puras que, con tal de ser presidente, esté dispuesto a fragmentar una sociedad y malquistar entre sí a sus habitantes. Porque los navarros, hasta ahora, a pesar de sus diferencias internas, han demostrado una capacidad de convivencia y un sentido poco comunes, desdiciendo la malévola definición de ellos que se atribuye a Pío Baroja. Cuando hace medio siglo le entrevistó un periodista del famoso diario de la época Pensamiento Navarro, el escritor donostiarra le habría espetado: “¿Pensamiento y navarro, juntos? Imposible: esos términos son incompatibles”.

Pues no. Navarra hasta supo mantener sus fueros durante el régimen de Franco, con la consiguiente autonomía fiscal de su Diputación y un excedente económico que le permitía tener las mejores carreteras de España. Contrariamente a la falsa prédica vasquista, en 1967, en pleno franquismo, se autorizó incluso el aprendizaje del euskera en los centros escolares y la apertura de ikastolas.

Todo esto hay que decirlo para desmontar la tesis de que la derecha autóctona es antivasca y excluyente de esa cuarta parte de la población que, como máximo, puede sentirse identificada con una sensibilidad euskaldún. Más bien, al contrario. Y es que en Navarra coexisten dos comunidades separadas por el Ebro, difícilmente reconocibles entre ellas. Vamos, como en Bélgica, dividida entre flamencos y valones.

El caso belga, precisamente, es bastante significativo de lo que hay que hacer y no hacer con Navarra. Hace siete meses, la televisión pública belga parodió lo de Orson Welles con La Guerra de los Mundos y emitió un programa presuntamente informativo sobre la secesión de Flandes. Tan posible es esa hipótesis, que todo el país lo creyó.

Por eso, para evitar semejante trauma en mitad de Europa, en 1957 el Tratado de Roma estableció Bruselas como capital de lo que hoy es la UE. Esa institución, junto a la monarquía de Alberto II constituye la mejor garantía de la pervivencia del país y de la estabilidad de Europa. Eso hay que recordarlo también aquí, donde hemos asistido con alegre condescendencia a la exhibición por Marina Albiol de una camiseta con el eslogan “¡A por la Tercera República!” en la mesa presidencial de Les Corts. Y, aunque no se pretenda, preconizar hoy la república conlleva debilitar el Estado.

Pero volvamos a Pamplona. Fernando Puras ha ido diciendo sucesivamente las cosas más contradictorias con tal de que el partido más votado (UPN) no llegue al poder. Días antes de las elecciones, afirmó que no se postularía como presidente si salía en tercer lugar. Fue tercero y, sin embargo, propuso un Gobierno con los nacionalistas a cualquier precio hasta que Pepiño Blanco lo abortó ante el coste que supondría para el PSOE en el resto de España. Luego quiso ponerse al frente de un revoltijo de todos los partidos y, finalmente, tras abominar de unas nuevas elecciones, parece partidario de ellas.

Tal ejemplo de sectarismo lo ha aprovechado Mariano Rajoy para su estupefaciente propuesta de que gobierne en todas partes el partido más votado siempre que obtenga el 30 por ciento de los votos. Tiene razón Diego López Garrido al reprocharle que impedir pactos postelectorales sería renunciar a una práctica estrictamente democrática.

La reforma electoral, necesaria, debería ir por otros derroteros: evitar la sobre representación de los partidos regionales, como decía Rodríguez Ibarra; arbitrar una segunda vuelta que hiciese explícitos los acuerdos entre partidos previamente a la nueva votación, y reducir el ámbito de las circunscripciones para que los diputados fuesen más autónomos respecto a unos partidos que los llevan a golpe de cornetín. Pero, claro, esto último no gusta ni al PP ni a nadie, celosos todos ellos del poder omnímodo que ejercen sobre los cargos públicos de su partido.

Ya ven, pues, lo que da de sí lo sucedido en Navarra. Y eso que sólo nos hemos quedado en la superficie.

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Autor

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

Enrique Arias Vega

Periodista y economista bilbaíno, diplomado en la Universidad de Stanford (USA), lleva escribiendo casi cuarenta años. Sus artículos han aparecido en la mayor parte de los diarios españoles, en la revista italiana Terzo Mondo y en el periódico Noticias del Mundode Nueva York.

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