Lleva el ciclismo profesional camino de convertirse en actividad infamante, como las de matón, proxeneta, camello y otras aun más antiguas.
No sé, sin embargo, por qué nos asombra el aluvión de casos de dopaje. “Tú no puedes ganar el Tour sólo con agua mineral”. Lo afirmó Jacques Anquetil poco antes de su prematura muerte en 1987. El primer vencedor de cinco ediciones dejó transcurrir, prudentemente, más de veinte años antes de decirlo.
Ahora, en cambio, controles más rigurosos eliminan retrospectivamente a pasados ganadores, como Frank Landis y Bjarne Rijs. No son los únicos drogadictos del pelotón, claro. Acaban de irse a casa nombres tan sonoros como Rasmussen y Vinokurov. Pero es toda una generación de aparentes campeones la pillada con las manos en la aguja, por así decirlo: Ullrich, Basso, Hamilton,… Y en España: Santi Pérez, Aitor González, Roberto Heras… Los demás, obviamente, también están bajo sospecha, aunque quizá la culpa nos sea de ellos sino de directores deportivos, entrenadores, médicos o cualesquiera del viscoso entramado de intereses que los sustenta.
¡Y el pobre Samaranch que luchó para que los ciclistas profesionales participaran en los Juegos Olímpicos!
De seguir así, el ciclismo no sólo saldrá de los Juegos, sino que perderá patrocinadores, contratos televisivos y millones de fans apasionados. ¿Alguien continuará creyendo en el resultado de cualquier carrera? Y eso que, probablemente, si se dopan todos, quienes ganen sigan siendo los mejores.
Por si acaso, mientras no se establezca un handicap, como en otros deportes, o una tipificación de distintas categorías —dopaje, medio dopaje, sin dopar—, los niños acabarán jurando a sus madres que antes se harán sicarios que ciclistas.
