Hasta hace dos días resulta que éramos ricos y no mirábamos la pela, como quien dice. Por eso, los políticos podían planificar piscinas en el Senado y los concejales, consellers y demás cargos públicos hacían viajes absolutamente prescindibles por todo el mundo.
En ese contexto, el tuneo del coche de Ernest Benach o la decoración del despacho de Pérez Touriño habrían sido peccata minuta. Ahora, en cambio, hasta el presidente del Congreso, José Bono, limita los desplazamientos pagados de diputados, con lo cual les será más difícil hacer novillos.
Ya ven lo relativas que son las cosas. Por fin descubrimos que no era preciso que todo el mundo visitase a Fidel Castro, que las reuniones políticas se hiciesen en restaurantes de lujo a golpe de mariscada, que se editasen costosísimos libros de auto bombo de quien los patrocinaba y otras bagatelas por el estilo.
En todo eso, al menos, habrá que convenir que los sufridos contribuyentes hemos salido ganando gracias a la crisis.
