Coincido en la cafetería de IKEA en la Gran Vía barcelonesa con un apreciado profesor de ESADE: Francesc-Xavier Mena.
Siempre le saludo recordándole que fui aquel alumno que en clase le puntualizó que los iraníes pueden ser musulmanes pero no son árabes. Indefectiblemente él asiente con fair-play, sonríe y conversamos. Tal día sobre la potencia económica de Suecia, ya que en IKEA estábamos…
El doctor Mena, de edad pareja a la mía, fue uno de los más didácticos profesores que tuve durante mi MBA en ESADE. Sus explicaciones sobre el estado de la economía del mundo eran amenas y sazonadas de viñetas humorísticas de la prensa internacional, entre ellas el semanario The Economist.
Unos años más tarde los análisis anuales de Mena sobre el estado de la economía se hicieron célebres. Abarrotaba el auditorio de ESADE y garantizaba lúcidas digresiones sobre la evolución de los precios del petróleo y el mercado español de la vivienda.
Muchas veces he pensado que el prestigio de ESADE, de una determinada época de ESADE, se fundamentaba en aquella cohorte de recios profesores que aunaban grandes conocimientos con excelente capacidad de comunicación.
Lo que vino después, ya siglo XXI, es otra cosa. Ciertamente hay profesores de peso pero el nivel promedio es incomparablemente inferior. En paralelo, la vulgarización del alumnado, la pérdida de rigor en algunos programas y, desgraciadamente, el advenimiento de directivos mediocres cuando no sencillamente advenedizos, catapultados por un apellido, un papá donante de fondos. No por una trayectoria profesional.
Fue un privilegio llegar a conocer algunos monstruos de la docencia esadiana. Sin embargo, en una época como la actual tan necesitada de ejemplaridad y directrices humanistas es penoso ver cuánto se perdió en el camino.
(Que nadie se engañe: los grandes profesores hacen grandes las escuelas y es de ellas de las que pueden salir grandes alumnos).