Agustín Ibarrola

Agustín Ibarrola, mal que les pese a algunos, es vasco por los cuatro costados aunque no nacionalista, así que lo tiene difícil en su tierra.

No importa nada que sea uno de nuestros mejores artistas, ni su prestigio internacional, ni su lucha política contra la dictadura, ni su calidad humana, ni sus apellidos vascos. No pertenece a la secta y los fascistas que Arzalluz bautizó como«chicos de la gasolina» se lo hacen saber sin rodeos: han apedreado su caserío, le han destrozado varias veces el Bosque de Oma, manchando con pintura o cortando los pinos pintados por Agustín y dejándole mensajes como estos: «Ibarrola español, ETA mátalo» o «Ibarrola fascista, Gora ETA». El haber pertenecido al PCE en pleno Franquismo y haber pasado seis años en la cárcel no es un eximente y Agustín y Mª Luz tienen que ir escoltados a comprar el pan.

Por su parte, el llamado nacionalismo democrático se limita a ignorarle: ni agua, no existe, no es nadie y es que una cosa es plantar cara a Franco y otra plantársela a quienes creen que Euskadi es suyo. La pertenencia de Agustín al Foro Ermua y a Basta ya les parece una provocación por la que debe ser expulsado del paraíso vasco por las buenas o por las malas. Les encantaría tener artistas de su talla afines a su cruzada pero no los tienen, así que a los disidentes hay que hacerles la vida imposible y están en ello. A nadie le extrañó aquí que una decena de estelas de Agustín que adornaban la bocana de los puertos pesqueros vascos aparecieron en su día en el vertedero de Bermeo.

Pero la última, con la iglesia vasca hemos topado, la han protagonizado los jesuitas en Bilbao. Los jesuitas saben mucho de persecuciones y expulsiones pues las han sufrido en sus propias carnes, pero ahora la construcción nacional exige expulsar a otros. ¿Qué hacer con la obra de un disidente?, pues llamar a un albañil para que tire de pico con nocturnidad y alevosía y donde estaba su obra construir oficinas y despachos, que es mucho más práctico. Así, el mural que pintó Agustín en el salón de actos de una residencia jesuita en Bilbao -encargado por un grupo dedicado a la propaganda católica entre la juventud obrera e inspirado en el «Canto general» de Neruda– ha acabado convertido en cascotes en el contenedor de la basura. Pintado en 1952, el mural fue una de las primeras obras de Agustín y le sirvió para pagarse un viaje a pié por Castilla junto a Blas de Otero y también el traje de boda.

Ahora resulta que nadie es culpable y Dionisio Aranzadi, el jesuita nacionalista responsable del estropicio, la Diputación y el Ayuntamiento de Bilbao se pasan la pelota unos a otros: yo no he sido. Pero el mural de Agustín ya no existe. ¿Alguien se imagina que a un artista nacionalista le hicieran lo mismo? Los jesuitas hubieran tenido que salir corriendo del País Vasco. Pero descuiden, que eso no pasará, recientemente hemos visto al obispo Setién decir que desconocía y que le extraña que sacerdotes como Fernando García de Cortazar, Jaime Larrinaga o Antonio Beristain vivan escoltados. ¡Lo que hay que oír!

Agustín no se merece este trato pero a la tierna edad de setenta y seis años ya está curado de espanto: «es otra más que hay que anotar en mi contra, pues no han tenido ni la delicadeza de consultarme; y no quiero decir más».

El franquismo le encarceló y destruyó su caserío con las obras que contenía. Cuando llegó la democracia y salio de la cárcel, donde estuvo seis años, se atrevió a decir que no quería revanchismos ni rencores. Treinta años más tarde nos despertamos cada día con esquelas de la guerra civil en la prensa y ahora es el fascismo nacionalista el que le hace la vida imposible, Agustín, que lleva años en la lista negra de ETA, no piensa marcharse.

En su pueblo de Kortezubi el alcalde nacionalista Marko, es famoso por promocionar la cultura -y no me refiero al bosque de Oma, ya de por sí de difícil acceso, no sea que vaya más gente a verlo- sino a los mundialmente famosos concursos de cabezones, de txapelas, de lanzamientos de cerdo, o las carreras de cojos. Está en proyecto el concurso de tetas.

Es lo que hay en esta Euskadi feliz que están creando, Agustín, así que mucho animo y que sepas que no estás solo.

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Autor

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

Enrique Zubiaga

Soy un aviador vasco que he visto mucho mundo y por eso puedo decir alto y claro, y sin temor a equivocarme, que tenemos un país increíble y que como España en ningún sitio.

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