He pasado una semana saliendo a faenar en mi kayak. Todos los días me hacía a la mar para tratar de poner algo que comer encima de la mesa, que la crisis aprieta y la vida está muy dura. Por la mañana iba a la cacea, fluxa o curricán (arrastrando un señuelo) y por la tarde iba a calamares con una potera (otro señuelo con muchos anzuelos al que se le da pequeños tirones cerca del fondo).
Ya desde el primer día la cosa se empezó a torcer. Saqué un par de sepias y la segunda se me enganchó a la pantorrilla izquierda y me pegó un tremendo bocado. Menos mal que era pequeña, que si llega a ser un pulpo de cinco kilos me amputa la pierna. Aquí tengo que hacer un inciso y contarles que hace un par de años estando a chipirones saqué un pulpo, lo metí en el kayak y la verdad es que me dió la tarde. No les contaré, por pudor, por donde metía algunos de sus ocho tentáculos en su afán de escapar, pero sí les diré que menos mal que era pequeño y no apretaba demasiado, porque si llega a ser grande me hubiera cambiado la voz para siempre.
Pero, en fin, que las sepias recién pescadas a la plancha estaban extraordinarias, y con cierto regusto a venganza. Y además no perdí la pierna.
El caso es que hubo un par de días tranquilos en los que pesqué dos calamares que se portaron muy bien, quitando el detalle de que me pusieron mi chandal blanco de la Olimpiada de Barcelona hecho un Cristo. Moraleja: nunca vayas a pescar cefalópodos con un chandal blanco. Menos mal que el chandal está ya amortizado (19 años).
Eso sí, los chipis recién pescados estaban de quitar la boina.
Al día siguiente la cosa acabó en urgencias, por donde tengo la costumbre de pasar una o dos veces al año por los motivos más variados e insólitos. En efecto, estaba yo lanzando la caña con el señuelo para luego ponerla en el cañero y ponerme a remar y algo debí hacer mal, ya que uno de los anzuelos del señuelo -un pez precioso, de colorines y con tres tridentes de afilados anzuelos colgando- acabó clavado hasta el fondo en mi antebrazo derecho y no había manera de sacarlo sin hacerme un avería.
Así las cosas hice señas con el brazo izquierdo a una lancha que pasaba por allí. Los de la lancha, que resultaron ser dos alemanes, me saludaron amablemente, así que seguí agitando mi brazo y ellos me volvieron a saludar. La siguiente vez agité ambos brazos, con lo que debieron pensar que era un pelmazo y pasaron de mi. Pero, como vieron que seguía haciéndoles señas, finalmente decidieron acercarse. Les enseñé el brazo con el pez pegado y les pedí el favor de que me sacaran el anzuelo, a ser posible con mucho cuidado. Pero uno de ellos se puso muy blanco y el otro me dijo que lo mejor era ir al hospital, así que me lanzaron un cabo y me remolcaron hasta la playa cercana.
La llegada del kayak a la playa fue bastante espectacular -y nefasta para mi autoestima, todo hay que decirlo- con todos los bañistas mirando atónitos mi autocaptura. No tuve más remedio que poner la cara más digna que pude, mirar al infinito y hacer como si nada, pero ¡qué vergüenza pasé!
Así que me vestí como pude me puse una toalla encima del pez y mi mujer, que es una santa, me llevó a urgencias. En recepción fui recibido con cara de pocos amigos por la Sra. Schultz -aunque, dado su carácter,
tiendo a pensar que es aún señorita- la cual ni se inmutó cuando puse mi brazo con el pez encima del mostrador y a la que tuve que deletrear mi apellido al menos siete veces. Cuando me preguntó si mi segundo apellido, Azaola, se escribe con A, estuve e punto de llagar a las manos con ella, pero me contuve. Y menos mal, porque seguramente la Schultz me hubiera noqueado.
El caso es que al resto de las enfermeras y médicos les pareció la mar de divertido el pez y me lo sacaron, después de anestesiarme, sin gran dificultad. Luego me recetaron todo tipo de antiinflamatorios y antibióticos y reposo en tierra firme durante unos días.
Pero uno es pescador y además es una persona responsable, y sabe que lo primero es lo primero y que en tiempos de tribulación dar de comer a los míos es lo primero.
Así que pasé de ir a la farmacia y por la tarde me hice a la mar otra vez y pesqué una sepia que se portó bastante bien, aunque me puso otra vez el chandal hecho una mierda, menos mal que no lo había lavado. Nos comimos la sepia con un poco de ajo picado y estaba buenísima.
Al día siguiente por la mañana pesqué una barracuda de medio metro, pero con unos piños increíbles, y cometí el error de soltarla dentro de la piragua para descubrir de inmediato, y con gran preocupación, que la barracuda no sólo estaba muy molesta conmigo sino que se agitaba enérgicamente y que su boca estaba a pocos centímetros de algunas de las partes más queridas de mi anatomía.
Estuve a punto de tirarme del kayak y dejarla sola allí hasta que se calmara, pero no lo hice porque: A- Habría sido difícil volver a subirme, y: B- Todo el lance tuvo lugar a pocos metros de un pequeño acantilado donde una pandilla de quinceañeros y quinceañeras en celo observaban con gran atención y, si bien las quinceañeras prorrumpieron en aplausos, los quinceañeros, que como he dicho estaban en celo, decidieron espantar al macho intruso y triunfador a pedradas, sí, a pedradas. Así que como no llevaba casco y el desembarco para enfrentarme a ellos era imposible, además de suicida, decidí que lo mejor era salir de allí remando a tope y arriesgarme a tener que presentarme delante de la Srta. Schultz con una barracuda colgando del escroto antes que recibir una pedrada en la cabeza y seguramente fallecer ahogado. Afortunadamente la que falleció fue la barracuda y mis partes privadas salieron intactas del trance. No así mi honor después de la huída con el rabo, y con la barracuda, entre las piernas.
Poco después un tipo que andaba por allí en una zodiac se acercó a preguntar que qué tal la pesca. Le enseñé la barracuda y se quedó muy impresionado, tanto es así que arrancó a toda máquina (seguramente para ir a contárselo a su novia y a sus amigos) y enganchó con la hélice el hilo de mi caña que
llevaba arrastrando con el señuelo. Enseguida me di cuenta de que cuando el hilo llegara al final del carrete iba a tener serios problemas, pero como no tenía cuchillo para cortarlo me puse a seguir a la zodiak lo más rápido que pude, esperando que el tipo se diera la vuelta y me viera tratando de no volcar en mitad de la bahía y al menos a un kilómetro de la playa más cercana. Pero el hilo se acabó y el tío ni se enteró de que me llevaba a toda leche haciendo esquí acuático en un kayak y haciendo juegos malabares con los remos para no volcar. Menos mal que finalmente el hilo se rompió y no volqué, pero me había arrastrado medio kilómetro mar adentro que tuve que desandar para volver a casa. Además, adiós al señuelo, con la pasta que cuestan y con el cariño que le había cogido después del episodio de urgencias.
Una botella de vino, unos chipis en su tinta -que hace mi mujer y que son los mejores del mundo- y la barracuda frita en rodajas y que estaba buenísima, me hicieron olvidar el sofocón. Pero también comprendí, una vez más, lo dura y peligrosa que es la vida del pescador, tanto es así que cada vez que voy a una pescadería me parece que el pescado está regalado.
Por la noche me llegó un mail con el siguiente comentario de mi hija, después de haber visto las fotos del episodio del pez en el antebrazo y de mi paso por urgencias: «Enhorabuena, papá, por fin has pescado una pieza, y casi de 90 kilos».
