La generalidad de los mexicanos, cuantimás los radicados en las entidades fronterizas, tenemos o hemos tenido un pariente o un conocido que se ha ido pa’l otro lado.
La mayoría hemos visto como se transforman al tiempo de vivir en la cotidianidad estadounidense; cuanto se alegran y con que cariño nos reciben cuando vamos de visita y como nos miran de soslayo y con mucha desconfianza cuando le preguntamos que si puede recibir a otro pariente que desea hacer lo mismo que ellos hicieron.
“asqueé, cuando yo venirme serra diferen, nau star mucho very strong», suelen responder con ese lenguaje pocho que manejan cuando así les conviene.
Cierto es que hay excepciones, pero son eso, garbanzos de a libra que en veces hasta le piden a un hermano, amigo o pariente que le puede ayudar; las más de las ocasiones arriman el hombro a extraños que a los propios seres consanguíneos.
Y uno los comprende porque además de ser de nuestra propia sangre, se les admira y respeta por lo logrado allende la frontera.
Con motivo de la ya inminente aplicación de ley contra aquellas personas, empresas u organizaciones que brinden ayuda o den empleo a los ilegales en el vecino estado de Arizona, muchos “pochos” están retornando a sus lugares de origen.
Algunos ya hasta compraron casa e inscribieron a sus hijos en las escuelas.
Pero la otra realidad, la que se vive de este lado de la maya fronteriza, es otra; los semáforos no están sincronizados, la velocidad permitida es más alta y las avenidas son mucho más angostas; la gasolina se consume más rápido y con feos olores, el pan de caja dura menos al intemperie, el jamón y las espinacas no saben igual, los policías muerden a cada rato y por cualquier cosa y lo peor de todo es que el dólar cada día es más caro y dura menos y para colmo aquí las monedas no se aceptan, sólo billetes y difícilmente los de a cien.
Culturalmente hablando se esta incubando un grave problema, del cual muy pronto se habrán de padecer enormes y hasta trágicas consecuencias: rencores, envidias, celos y agravios en el interior de la familia; dificultad en el lenguaje, manejo del ingles, las matemáticas, la historia, el español, las cuotas escolares, el regalo al profe, el hacer la barba al director en la escuela; los tragos con los antiguos amigos, la envidia del carro, la conquista del novio de la amiga, de la novia del amigo; el empleo, conseguir trabajo ¡dónde! Y de qué por cuánto…allá por jale me pagaban por lo menos 3 dólares la hora, y aquí el salario mínimo es de $50.40 al día…
¿Qué va a pasar…qué se esta haciendo para prevenir esta triste situación?..Entre tanto lee usted un poco de historia documentada sobre la migración.
Aunque la migración mexicana hacia Estados Unidos ha sido una constante de las relaciones entre ambas naciones desde hace más de un siglo y medio, este fenómeno se ha intensificado considerablemente en las últimas tres décadas.
Factores diversos como la vecindad geográfica, los estrechos lazos sociales y culturales, la creciente integración económica, y las intensas relaciones e intercambios entre ambos países hacen inevitable la generación de flujos migratorios.
Se ha caracterizado desde sus orígenes como un proceso de naturaleza primordialmente laboral, en el cual se observa una dualidad continuidad/cambio, cuyos elementos tienden a dar cuenta de patrones de estabilidad en el tiempo y los cuales evidencian ciertas transformaciones a partir de los ochenta.
Dichos patrones encuentran su correlato en ciertos cambios contextuales de prominencia, tales como las sucesivas crisis económicas registradas en México durante estas dos últimas décadas, la reestructuración de su modelo económico, las transformaciones en la estructura económica estadounidense, las contingencias deparadas por la unilateralidad de las diversas políticas migratorias norteamericanas, el impacto de los tratados comerciales y un contexto general de creciente globalización.
Periodos del patrón migratorio tradicional. No obstante la continuidad de los patrones migratorios, se pueden observar cuatro periodos que permiten dar cuenta de ciertas variaciones en su magnitud, intensidad y características:
Primer periodo. Localizable desde finales del siglo xix hasta la Gran Depresión, se sentaron las bases de lo que constituyó un factor determinante de larga data: los flujos migratorios México-Estados Unidos se vieron fundamentalmente condicionados por los factores de demanda laboral en el vecino país del norte.
Segundo periodo. Desde la Gran Depresión hasta 1941, se vivió en Estados Unidos una coyuntura de crisis que redujo substancialmente la demanda de trabajadores mexicanos y se inició, incluso, un proceso masivo de expulsión y repatriación de migrantes mexicanos.
Tercer periodo. Comprende la vigencia del «Programa Bracero», que abarca desde 1942 a 1964.; como resultado de la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, nuevamente se observaron condiciones de elevada demanda laboral en la economía estadounidense, en particular de trabajadores agrícolas.
Cuarto periodo. Contempla desde el término del «Programa Bracero» hasta inicios de los ochenta, podemos observar ciertas expresiones de continuidad e intensificación de la dinámica migratoria derivada del factor de demanda.
La nueva era en la migración mexicana a Estados Unidos. Los principales rasgos de los nuevos patrones de la migración México-Estados Unidos pueden resumirse de la siguiente manera:
• Una disminución de los mecanismos de circularidad de la migración y la tendencia al aumento del tiempo de permanencia en Estados Unidos.
• Un incremento en la magnitud e intensidad de los flujos y del stock de migrantes permanentes, tanto documentados como indocumentados.
• La ampliación de las regiones de origen y de destino, con una tendencia a la configuración de un patrón migratorio de carácter nacional y no meramente regional.
• Una mayor heterogeneidad del perfil de los migrantes (mayor proporción de migrantes de origen urbano, creciente presencia femenina, mayor escolaridad).
• Una considerable diversificación ocupacional y sectorial.
La pérdida de población mexicana ha sido sistemática. El flujo migratorio hacia Estados Unidos tiene efectos sobre la dinámica del crecimiento demográfico del país.
La pérdida de población ha sido sistemática desde los años sesenta y su efecto sobre la dinámica demográfica es cada vez más perceptible:
• De 260 mil a 290 mil personas entre 1960 y 1970
• De 1.20 a 1.55 millones entre 1970 y 1980
• De 2.10 a 2.60 millones entre 1980 y 1990
• Alrededor de 3.3 millones entre 1990 y 2000
• Alrededor de 1.6 millones entre 2000 y 2004
El flujo neto anual (diferencia entre inmigración y emigración) se ha multiplicado -en términos absolutos- en más de trece veces en las últimas tres décadas y media, al pasar de un promedio anual de 26 a 29 mil personas en los sesenta a más de 300 mil migrantes por año en la década de los noventa, y a cerca de 400 mil en los primeros cuatro años del presente siglo.
Lo anterior, ha dado lugar a la conformación de una comunidad de origen mexicano de magnitud considerable, que ascendía en 2003 a 26.7 millones, de los cuales 9.9 millones correspondían a la población nacida en México y cerca de 16.8 millones a la nacida en Estados Unidos de ascendencia mexicana.