Tenía como 77 años y era Senador de la República por su natal Oaxaca; enorme fue la impresión que me causo conocerlo en persona; lo admiraba por sus opiniones editoriales en los periódicos que escribía; zapoteco, literato y político, dije entre mí, este si es un gran personaje que me toco conocer en la Ciudad de México.
Mi amigo Carlos Ferreyra, actual Director de la Revista MILENIO semanal, tal vez la mejor revista semanal del país, entonces Director General de Comunicación Social del Senado de la República, tuvo a bien en presentarme con el Maestro Henestrosa.
Por pura casualidad me toco estar presente durante una conferencia suya en la Academia Mexicana; que abrir de horizontes brindaba con sus charlas, con su sabiduría.
Nos saludamos de nuevo en la Casa Museo de Venustiano Carranza, ahí por la colonia Cuauhtémoc; por ahí andaba también el Maestro Raúl Anguiano; cada uno por su lado atrayendo la atención de las personas jóvenes…”todas las mujeres son linda, no hay una que no tenga algo de bello” lo dijo en voz abierta el poeta oaxaqueño.
La última vez que lo vi fue en el Museo de Arte Moderno, cuando el también extraordinario maestro historiador del arte Luis-Martin Lozano, organizaba una de esas magnificas exposiciones en homenaje al pintor Rodríguez Lozano.
Regrese a mi tierra y ya no tuve otra oportunidad de volverle a saludar y saber nada de él hasta el jueves por la tarde cuando me entere, como muchos, de la noticia de su fallecimiento, que en paz descanse don Andrés Henestrosa.
Ahora, les invito a leer esta muy buena crónica que sobre don Andrés Henestrosa, escribiera para el periódico Milenio, el reportero Jesús Alejo:
Fue mozo de cuerda, empleado de mostrador, escribiente de juzgado, secretario de enamorados, de enamoradas, quizá fue mejor decirlo. Y a sus horas correveidile, tercerón, por no decir alcahuete; o corre chepe, como en el precario español que habló cuando niño se le dice. A los doce años administró una casa de asignación. Cantor y tocador de guitarra en los fandangos; bravo improvisador cuando se agotaban las coplas que aprendió con sólo oírlas una vez…” Andrés Henestrosa en palabras de Andrés Henestrosa, un hombre de muchas facetas, que (el juevesa las 18:15 horas).
Se dice que cuando llegó a la Ciudad de México lo hizo acompañado de su hablar zapoteco y de unas cuantas palabras en castellano. Murió como miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. “No soy sino un humilde estudioso de la lengua española, la que quisiera saber con la perfección con la que, supongo, hablo el idioma zapoteco”, dijo, humilde, en infinidad de ocasiones don Andrés Henestrosa.
Se cuenta que salió de la vieja estación de trenes de Buenavista y empezó a querer esa atmósfera que se presentaba ante su mirada. Nacido en Ixhuatán, Oaxaca, el 30 de noviembre de 1906, don Andrés Henestrosa murió superando los 101 años de vida no tan satisfecho con lo realizado, siempre con la idea de que los homenajes o las muestras de agradecimiento que recibía no eran merecidas, porque aún le faltaba escribir una página, una sílaba que sirviera para que los demás lo recordaran dentro de 100 años.
“Un libro de historia”. Andrés Henestrosa nació en Ixhuatán, pero muy pronto se fue a vivir a Juchitán, donde hizo sus primeros estudios, aunque él más bien se recordaba como un “vago”.
“Un día tomé el tren para venir a México y anduve de vago, hasta que me encontré con el pintor (Manuel) Rodríguez Lozano y también me preguntó qué hacía yo, le dije ‘nada’. Entonces me llevó con José Vasconcelos.”
Político, periodista, historiador, filólogo, amante del buen comer y de los buenos vinos y, por supuesto, de las mujeres hermosas. Los pasajes de su vida se entrelazan con los del país, desde la época de Porfirio Díaz, hasta anécdotas sobre el México de antes: su llegada a la Ciudad de México, con su español atropellado, su paso por la Escuela Nacional Preparatoria, en San Ildefonso, su encuentro con varios presidentes. “Era como un libro de historia vivo”,
decía la cronista Ángeles González Gamio.
“Se trata de un hombre que tuvo una memoria prodigiosa, uno de los grandes cronistas de la ciudad, porque aunque su obra literaria no es tan extensa —sólo dos libros fundamentales: Los hombres que dispersó la danza y El retrato de mi madre—, a lo largo de 80 años, casi todos los días de su vida escribió, por lo menos, un artículo en un periódico.”
Andrés Henestrosa estaba convencido de que moriría el día en que la vida se olvidara de él, aunque con la esperanza de sobrevivir en la memoria de los otros. En sus planes no estaba el morirse, pero no siempre se puede contra el destino. Alguna vez escribió Vicente Quirarte: “Cuando se vaya nos dejará un gran legado como ser humano y como hombre de letras”. Ese día llegó y la leyenda empieza a hacerse realidad.
Hombre que vino de lejos. Al llegar a la Ciudad de México, Andrés Henestrosa cursó la Normal Superior para Maestros y Leyes y Filosofía y Letras en la Universidad Nacional. Participó en la aventura vasconcelista, dirigió revistas como El libro y el pueblo o Las letras patrias; escribió en columnas legendarias como “Pretextos”, “Alacena de minucias” y “La flor en el erial”.
También fue catedrático, servidor público en el ámbito cultural y, en el político, fue diputado federal (1958 y 1964-67) y senador (1982-1988), pero sobre todo fue un amante de las letras, del español por el que tanto estudió, y del zapoteco, que le sirvió para mantener su arraigo.
“Yo vengo”, dijo alguna vez Henestrosa, “como todos los hombres, de muy lejos, de muy abajo; pertenezco a la despeinada, descalza y hambrienta multitud mexicana, y he peleado, desde que me acuerdo, por ser mañana distinto al de hoy y pasado al de antier; ser distinto cada día ha sido mi lucha, pero siempre con un horizonte y sin dejar de ser aquel que descalzo anduvo en su niñez”. México. Crónica de Jesús Alejo para el periódico Milenio; www.milenio.com