BEBE ASESINADO A BALAZOS CON UNA AK 45
Un bebé de 26 días de nacido murió acribillado a balazos, luego de que su familia fuera atacada por un grupo de pistoleros en Chihuahua
Indígenas esclavos de la droga, su única opción de sobrevivencia es sembrar amapola y producir goma de opio
Pistoleros atacan a familia y muere un bebé de 26 días acribillado de 2 balazos surgidos de una AK 45 luego de que su familia fuera atacada por un grupo de pistoleros en la ciudad de Chihuahua, la noche del sábado.
El pequeño recibió dos impactos de bala, informó la Procuraduría de Justicia, y perdió la vida en brazos de su madre, quien resultó herida.
Según testigos, la familia circulaba por la transitada avenida Tecnológico cuando dos vehículos comenzaron a seguirlos; al intentar huir, abrieron fuego en su contra.
Vinicio Guadalupe Gurrola Garibaldi, conductor de la camioneta Tahoe en la que viajaban, intentó perder al comando internándose en la colonia Revolución; sin embargo, al llegar al cruce de Marielena Hernández y Pascual Orozco los alcanzaron.
El chofer y padre del pequeño recibió varios disparos que le provocaron la muerte, mientras que la madre y un hermano del menor resultaron lesionados.
Paramédicos y agentes policiacos prácticamente tuvieron que arrancar al bebé de los brazos de su madre, quien se negaba a soltarlo, en medio de una profunda crisis nerviosa.
Hasta el momento no hay detenidos por el ataque, confirmó la fiscalía.
Guerra entre narcos. El sábado, alrededor de las 23:30 horas, se enfrentaron a balazos dos grupos armados sobre el kilómetro 298 de la autopista Morelia-Lázaro Cárdenas, con un saldo de un presunto delincuente herido y una camioneta Ford incendiada. En el vehículo se hallaron rifles AK-45 y AR-15; pistolas 9mm; cargadores, y cartuchos de diferentes calibres.
La balacera ocurrió a siete kilómetros de un retén de la Armada de México, ubicado en el puente Dr. Ignacio Chávez, en los límites entre los estados de Michoacán y Guerrero, sobre la desembocadura del río Balsas. Al lugar arribaron decenas de policías federales y militares, quienes acordonaron el área y realizaron la búsqueda de más presuntos delincuentes, sin resultados positivos. http://www.eluniversal.com.mx/nacion/168397.html
Esclavos de los cárteles. Un par de platos desechables cuelgan de los delgados mecates a manera de platillos de una balanza que usa corcholatas como pesas. El rústico instrumento permite a Luz, indígena tlapaneca de 42 años, pesar lo obtenido tras el raspado de cada cápsula de las amapolas que cultivó durante tres meses. Al producto de esta actividad clandestina le llaman “maíz bola” en los pueblos recónditos de la Montaña Alta de Guerrero. En realidad, se trata de la goma de opio que acabará en las calles en forma de heroína.
“Cada corcholata pesa dos gramos”, detalla Luz. Mientras charla, cinco corcholatas logran el equilibrio en la rústica balanza, pues obtuvo 10 gramos de goma. Esta indígena, madre de cuatro mujeres y habitante de una de las comunidades más pobres del país, recibe del intermediario entre 15 y 18 pesos por gramo, nunca más. Ignora que en el mercado menudista de la droga en el Distrito Federal medio gramo de heroína cuesta entre 350 y 700 pesos, dependiendo su pureza.
Familias indígenas que habitan la Montaña de Guerrero sobreviven, en parte, de la siembra de amapola y la venta del “maíz bola”. Aquí no relucen esos camionetones ni los hombres con botas o pesadas esclavas de oro, parte de la parafernalia que la cultura popular considera símbolos de la opulencia del narcotráfico.
—¿Por qué siembra amapola?
—No hay trabajo… Cuando no hay dinero, las niñas se van a ofrecer guajolotes, gallinas. A veces vendo maíz, frijol. De esto (la amapola) saco poquito, para el pasaje, para ir a Tlapa, para comer.
Las paradojas de la Montaña. El antropólogo Abel Barrera, quien conoce como pocos la zona y desde hace 14 años dirige el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, dice que “aquí, para sobrevivir, la gente tiene que migrar o sembrar amapola, no hay más”…
Sobre cómo llegó la amapola, el antropólogo cree que “los jornaleros que migraron a estados como Sinaloa, donde son utilizados como mano de obra barata, tuvieron contacto con la siembra de enervantes”.
Sin embargo, “al final, ellos no han tenido ningún beneficio”, son “los nuevos esclavos del narcotráfico”. Sembrar droga no les ha significado mejorar su nivel de vida, “al contrario, están en mayor riesgo, con más conflictos y criminalizados…
Aquí la migración no ha resuelto la pobreza, tampoco lo ha hecho la siembra de enervantes… Sucede lo que siempre con los campesinos: ponen todo su trabajo y lo único que sacan es para comer tortilla con sal”.
Luz comenzó a sembrar amapola hace tres años. “Siembro poquito… quiero hacer una casita de material, pero no alcanza el dinero. Por aquí casi todos siembran… la gente pobre eso hace. ¿Qué va a hacer uno si no hay dinero?”. Su primera semilla la consiguió en un trueque, algo común en la Montaña. “Unos señores me compraron cerveza; me pagaron con semilla”.
Para aprender a sembrarla se contrató como peón. “Me fijaba cómo sembrar, cómo tirar la semilla, cómo deshojar. Tienes que ir con cuidado, porque ahí te resbalas, es la barranca. Ahí iban mujeres, hombres, muchachos de 12 años. Cuando vas de peón, pagan 50 pesos por día”.
De Tlapa de Comonfort (Guerrero), la ciudad más cercana, se sigue una de las carreteras maltrechas que conduce hacia los rincones de la Montaña Alta. Hay temporadas, sobre todo entre febrero y marzo, en las que el panorama aparece salpicado de manchones rojizos. Son los cultivos de amapola.
Las manos negras. Luz extiende un paliacate sobre el piso de tierra de su vivienda de adobe con techos de lámina, y deposita la semilla de amapola que ya limpió. “Cuando necesito dinero vendo la semilla a la gente de aquí, a los que siembran”. Una jarra de un litro, llena de semilla, se vende en 200 pesos.
Pide a su hija María, de 13 años, que saque el “chapulín”. La niña le entrega un trozo de madera con una punta filosa: es el “rayador” con el que cortan la cápsula de la amapola y extraer la savia.
“A veces le ayudamos a rayar”, platica la adolescente, quien cursa el primer año de secundaria. En la Montaña Alta es común que mujeres, hombres y niños participen en la cosecha del “maíz bola”. El aspecto de sus manos los delatan: la goma ennegrece los dedos.
—¿Quiénes le compran la goma? –se le pregunta a Luz.
—Unos señores que vienen de otros pueblos. Ellos vienen buscando si hay goma. Cada tres meses vienen y preguntan, ‘¿Tiene guaji’a?
—¿Guaji’a?
—Así le decimos aquí —entre los tlapanecos— a la goma. Así no se enteran los guachos… Cuando vienen a comprarla, los hombres preguntan casa por casa, pero sin hacer mucho ruido. Con información de Rafael Rivera y Juan Cervantes http://www.eluniversal.com.mx/primera/33032.html