A los asesinados por el terrorismo nazionalista ya se les prepara el segundo entierro. Y habrá de ser silencioso, aplastado por el clamor de las nuevas naciones, por las fiestas de acogida en honor de los asesinos. Los pueblos vascos, las aldeas de frontón y boina, sometidos a la tiranía patriótica del rh, hijos de las pesadillas de Sabino Arana y sus herederos, preparan ya los monumentos a los héroes, las placas conmemorativas y los grupos escultóricos erigidos para celebrar a quienes hicieron del coche-bomba y el tiro en la nuca sus argumentos de seducción política.
Al fin han encontrado al hombre, ambicioso, visionario, profético, que habrá de hacer posible a Euskalherría, la patria unida, la tierra de la Raza, el pueblo soberano al que hasta ahora no habían consentido existir, pero en el que a partir de Zapatero, el grande, guiputxis y vizcaínos, labortanos y suletinos, cheyennes y arapahoes, altonavarros, bajonavarros, alaveses euskaldumberris, todos batúas, podrán levantarse cada mañana sabiendo que en la calle no sólo les esperan sus iguales, sino sus idénticos: pelo, sangre, piel, lengua, origen, genoma, caserío… El paraíso expoliado por los españoles, otra vez en marcha.
Y la paz. La paz de una victoria tanto tiempo esperada: el reconocimiento nacional, la autodeterminación sancionada por el referéndum constituyente que, tras la tregua de ETA que permitirá a ZP ganar las elecciones de 2007, tendrá lugar durante el segundo mandato de este hombre enviado por la Providencia (ya se sabe que Dios es vasco) y por las bombas de Alá. Y seguramente de Acá.
Pero la paz exige sacrificios. Tras cuarenta años de ‘lucha armada’ y de enviar a sus mejores jóvenes a la condena de vivir sin trabajar, extorsionando, robando, matando por la causa, para acabar en una cárcel de lujo de los Estados opresores, Euskadi no podría aceptar que tanto ‘sufrimiento’ no diera sus frutos. Han trabajado todos los nacionalistas juntos: partidos, empresarios, financieros, obispos y matarifes con el único objetivo de la construcción de Euskalherría. Y no puede ser que ahora que se la van a dar, unos vayan al chuletón y otros permanezcan en las prisiones de los vencidos. España ha de ponerlos en la calle, aunque sea en las playas del Caribe, y a su costa, como potencia colonial que ha de purgar sus culpas de tantos siglos de sojuzgar vascos.
Sólo Zapatero ha entendido la situación. Hasta ahora los presidentes españoles se habían empeñado en el imposible de vencer, de acabar con el terror pero sin querer aceptar que sólo la alternativa kas conduciría al final del ‘conflicto’: autodeterminación (soberanía), territorialidad (Navarra), plurinacionalidad en un Estado confederal (el fin de España como nación).
Lo intentó primero Suárez –en muy delicada coyuntura histórica- con una amnistía generosísima y la concesión de un Estatuto de privilegios, de una fiscalidad vasca que les iba a permitir la creación de un Estado de hecho que pusiera a la sociedad al servicio del nacionalismo. Luego lo intentó González por todas las vías: la negociación y las puertas traseras. Y por fin Aznar estaba a punto de derrotarlos, con la ley y la justicia, cuando se apareció Zapazelig, que hasta su encumbramiento parecía defender esas mismas armas, para imprimir un extraordinario cambio de ritmo, inspirado seguramente por Ronaldinho, que nos lleva sin remedio a la pacificación definitiva.
Zapazoide se sabe llamado para resolver todos los problemas históricos de España, que tanto dolor nos han traído: la retirada múltiple. De Ceuta y de Melilla. De Cataluña. De Vasconia. De Galicia no, que no sabría dónde meter a Paco Vázquez. De Canarias, en su día. Si se lo pidiera su amigo Schroeder, de las Baleares. Incluso se les podría ceder la provincia de Alicante a los ingleses, para recuperar la amistad y el perdón de Blair. Y además se le quitaban territorios al PP. A cambio, Gibraltar cosoberano. Otro problema resuelto.
Se devolvería igualmente Olivenza a Portugal. Treviño a Álava. El Bierzo se declararía independiente de León. León, de Castilla. La Franja pasaría a Cataluña. Y, como compensación, se le concedería una parte de Murcia a Marcelino Iglesias, para que hiciera un campo de tiro, un parque temático con lagartijas y tierras cuarteadas. Alrededor de Madrid se alzaría una gran muralla (¡qué obra!), para que los madrileños no pudieran salir a contaminar de centralismo a la nueva España. Y sobre todos imperaría Zapatero, presidente al fin de la República soñada, anhelada, revanchada. El Rey sería enviado en misión diplomática a un palacio de su primo Mohamed, mientras en Asturias Felipe y Letizia darían origen a una nueva dinastía cuyos vástagos casarían con las hijas de Sonsoles. Zapatero como el Cid, que no en vano se llamaba Rodrigo, el padre de Rodríguez.
Ya sólo le sobran los muertos. Esa comitiva fúnebre que se pasea como memoria proscrita por los pueblos de España que aún no miran hacia otro lado. Y son muchos miles. Los asesinados y sus familias, los perseguidos y expulsados, los que viven con escolta, lo que se levantan cada mañana sin saber si ese será el día, los que miran las paredes para ver si ya les han puesto una diana, los que se despiertan sobresaltados, los que no pueden olvidar, los que pagan las extorsiones, los que callan, los amenazados, los humillados y ofendidos, los nuestros, los que –ellos sí- habrán sufrido y caído sólo para asistir a la derrota final. A la vergüenza. A la infinita vergüenza que sentiremos, que ya sentimos.