La reescritura de la Historia de Javier Ortiz

Javier Ortiz es un abertzale vasco que escribe columnas en el diario «El Mundo», del que llegó a ser jefe de opinión. Dos veces por semana, según leo en su Bitákora (con K, porque la ha incluido en una plataforma euskaldunizada), nos ofrece sus conocidas interpretaciones de la realidad española, plurinacional, por supuesto, y según las cuales en España -o «el territorio del Estado a nivel de», como les gusta decir- hay dos nobles naciones, incluso tres, y una chusma fascista formada por todos los demás.

El pasado lunes, 3 de abril, en la pág. 2, nos ofrecía una joya de título «La libertad otorgada» que, quizás porque se refería a una entrevista que no vi entre Piqueras y Zapatero, me dejé leer. Unos minutos después tuve que levantarme a contestarle -y era la primera vez en mi vida que escribía una «Carta al director» en un periódico que no fuera el mío-, porque he leído muchas cosas miserables, pero ésta no la podía consentir. Aquí va la columna de Ortiz, y que cada cual deduzca qué me pudo parecer tan detestable antes de mi contestación:

2006/04/03
La libertad otorgada.
Javier Ortiz.
Entrevista de Pedro Piqueras a José Luis Rodríguez Zapatero. No tuve ocasión de verla, pero me cuenta un amigo que, en un momento dado –que es cuando ocurre todo en esta vida–, el periodista pidió al presidente del Gobierno que transmitiese un mensaje a los españoles ante el largo proceso que se espera antes del definitivo cese de la lucha armada de ETA, y que el ilustre entrevistado respondió: «Hay que tener confianza. Esta democracia ha ganado todos los retos desde que nos han dejado ser libres».

No comentaré lo de los «retos» porque me consta que es farfulla: una de esas muletillas campanudas a las que recurren los políticos para aparentar que afirman algo muy solemne cuando no tienen nada particular que decir.

Lo que me fascina es la frase siguiente: «…desde que nos han dejado ser libres».

Resulta difícil sintetizar de manera más certera el peor de los vicios de origen que arrastra el actual régimen político español.

Vengo diciendo –y teorizando– desde hace 30 años que, en contra de lo que pretenden los tópicos más al uso, la transformación del Estado franquista en Estado homologadamente democrático no se produjo, en lo fundamental, ni porque el pueblo español se sublevara contra la dictadura –sólo una minoría osó levantarse contra ella– ni, todavía menos, porque el monarca designado conforme a las previsiones sucesorias venerara la práctica de las elecciones libres, a la que su propio cargo distaba de inclinarle de manera irresistible. Se verificó porque aquella España, sencillamente, no era asimilable en la Europa comunitaria que ya había emprendido su andadura con el aval de los EEUU. España hacía falta en ese tinglado. Hacía falta en todos los planos: en el de la economía, en el de la política, en el militar… Pero la tosca España de Franco, brutal y chirriante, no reunía los requisitos mínimos para ser admitida en un club tan selecto. De modo que se preparó a conciencia el cambio, se puso en marcha con muchísimo cuidado y bajo estricto control internacional –Washington, Bonn, Estocolmo, París, Roma, Londres–, y se llevó a cabo, poniendo buen cuidado en que no se desmadrara.

El resultado fue que nuestra conciudadanía, salvo la de un par de áreas geográficas –que no especificaré para no suscitar agravios comparativos–, nunca tuvo conciencia de que la libertad fuera algo que había conquistado con su propio esfuerzo y sacrificio. Porque no era así. La aceptó agradecida como un don, como una amable concesión del Poder que («Dios me lo dio, Dios me lo quitó») podía ser ampliada, reducida o incluso suprimida de nuevo en función de los intereses y las conveniencias del amable benefactor que había tenido a bien otorgarla.

«Nos han dejado ser libres»: la expresión es perfecta. Le felicito por ella a Rodríguez Zapatero.

Es patética y es cruel, pero es perfecta.

Y ahora mi réplica, pues ya sólo nos faltaba aceptar no sólo el expolio a que nos llevan sometiendo desde hace doscientos años, sino encima que quieran convencernos de que hasta la libertad se la debemos a ellos:

«Muchas veces he pensado que Javier Ortiz no podía ser cierto, que detrás de él sólo se escondía el própósito de Pedro J. de animar a los lectores de El Mundo, como efecto rebote, a cultivar la templanza, el autocontrol o la ducha fría, tan necesarios en tiempos de estrés. Pero hoy no me había puesto todavía el cilicio cuando me he enfrentado distraídamente a lo de Ortiz, hasta estaba algo sorprendido, pues me encontraba de acuerdo con él (sólo un país sin sentido de la libertad puede consentir lo que está haciendo ZP, en general, y en el País Vasco y Cataluña en particular), hasta que he llegado, casi al final, a la vileza nuestra de cada día. Resulta que en España no hubo conciencia de haber merecido la libertad, es decir, que no hubo lucha antifranquista más que en “un par de áreas geográficas –que no especificaré para no suscitar agravios comparativos…”.

No sé si Ortiz existe, pero desde luego su desfachatez en la reescritura de Historia, al modo estalinista, conecta en plenitud con las invenciones nacionalistas –a las que Ortiz sirve desde siempre- según las cuales el franquismo consistió en que las dos regiones más desarrolladas –no diré cuáles, etc.- fueron invadidas y sojuzgadas por ejércitos de pobres enviados por Franco para que les limpiaran las calles y les trabajaran las fábricas a esos señoritos a los que así, haciéndolos más ricos, sometía y fastidiaba muchísimo. En fin, que es mentira que hubo una guerra civil, que no se trató sino de una guerra de conquista de esas dos zonas por los malvados españoles, todos fachas y enemigos de la patria del proletariado que era, sin duda, la secreta aspiración de las burguesías industriales de esas naciones innombradas. Por eso, claro, sólo esos dos pueblos sometidos lucharon contra el dictador y tuvieron conciencia de haber merecido su libertad

No hubo, pues, resistencia ni en Cádiz, ni en Vigo, ni en Cartagena ni en Asturias, por poner sólo algunos ejemplos. Y, sobre todo, no hubo antifranquismo en Madrid. La malvada. La centralista. La capital de esa patria de invasores con el meñique extendido, como en la serie de televisión. He debido inventar que estuve algún día en las Salesas corriendo.

Lo que no sabe Ortiz es que lo que descubrimos con el paso de los años fue, precisamente, que si en algún sitio no había habido lucha antifranquista había sido allí donde dice él que la hubo. Porque lo que odiaban no era a Franco sino a España, a la igualdad. Nos engañaron con Franco hasta que se les murió. Pero eran nacional-catolicismos enfrentados, que buscaban sustituirse unos a otros. Nunca la libertad. Eso es lo que están a punto de culminar gracias a ZP.

Y cuando hubo resistencia verdadera, no vino precisamente de esas burguesías cuyos apellidos (oriundísimos, vaticanistas, franquistas, bancarios, eléctricos) les libraban, más allá de una regañina, de verdaderas represalias. Hay que ver, para ser tan comunista el terminal Ortiz, cómo se olvida de considerar la lucha de clases para limitarse a interpretar la Historia desde la “guerra de civilizaciones”, entre el porrón y el botijo.

Fueron los obreros, casi todos españoles, emigrantes, los que hicieron las huelgas articulados por el PC. Pero no se preocupe, Ortiz, la estructura económica franquista, neocolonial, con dos zonas –“que no especificaré para no suscitar agravios comparativos”- en las que se concentraba la riqueza de todos, y que el desarrollo autonómico empezaba a poner en peligro, va a ser consolidada por Rodríguez Zapatero, no fuera a ser que pudiéramos llegar a creernos lo de la libertad. Ni otorgada.

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