Durante treinta años hemos trabajado con denuedo en desunirnos, en deshacer a España en el corazón, en crear 17 entramados de intereses y castas, para que ahora la derrota llegue sin apenas esfuerzo. La idea de España yace muerta a los pies de un Jefe del Gobierno que la pisotea sonriente, y los españoles, muñecos de sal aturdida, se aprestan a ser adoctrinados para las nuevas naciones de hormigas y patrañas.
Los nacionalistas han ido ganando siempre, porque siempre supieron dónde querían llegar, mientras nosotros ni siquiera nos lo preguntábamos. Este es el verdadero final de Westfalia, ya estamos todos derrotando a Olivares por internet, los segadores gobiernan Cataluña y el Justicia de Aragón regresa de su tumba para cortarle la cabeza a Felipe II y pasearla envuelta en la tricolor. En Andalucía, los zetapillos y sus mamporerros de IU acaban de aprobar no sólo la “realidad nacional”, sino una neolengua en que apoyarla: la “modalidad lingüística” andaluza. Los ‘llengüeros’ y ‘panotxos’ de Sevilla desconocen que no hay ninguna “modalidad lingüística” andaluza, ni tiene nada que ver el habla de Almería o Jaén con la de un sevillano. Y depende de dónde sea el sevillano, si de la capital o de pueblo, ceceante o seseante. Acabarán obligando a los niños de la Puebla de don Fadrique a desir Setapé, como obligan en el Delta del Ebro a hablar en barceloní.
Sapatero, el gran conductor, el gran líder ‘rojo’, Rodríguez Maozedong, nos ha llevado directamente de regreso al año 1977, cuando empezó el divertidísmo periodo de sandeces preautonómicas que desembocó en la Constitución. Pero entonces éramos jóvenes e indocumentados, salíamos como toros del franquismo, creíamos que la libertad era una bandera sacada de los cofres medievales, el costumbrismo inventado que Franco se había dedicado a fastidiar desde la ‘lucecita’ del Pardo, como si al dictador le hubiera ido la vida en no dejarnos comer migas con tajás. Salieron paños de las arcas, volvieron fiestas perdidas, hicimos himnos, lloramos sobre palabras castizas, inventamos nombres para las nuevas patrias que ya, por fin, podrían reconstruirse en plenitud según los probados límites conseguidos en el siglo VI.
Todo el mundo había pertenecido a una tribu íbera aplastada por el capitalismo extranjero. Es decir, por Madrid, la villa que mil años antes de su nacimiento ya representaba a Roma, al poder, a Bush, habitada por gentes entregadas a sojuzgar las naturales expresiones culturales que, por cierto, los demás ignorábamos sobre nosotros mismos. Como aquellos que dicen que no les dejaron aprender su “lengua materna”. La cultura del Argar, el mito tartésico, cualquier pedrusco encontrado en una cimbra valía para rehacer las naciones perdidas. Hasta los visigodos, auténticos invasores, regresaban aureolados de bondad aunque hubieran dedicado la mayor parte de sus esfuerzos a asesinarse unos a otros. Y no digamos nada de la morisma, resantificada, como si Al-Andalus, en efecto, hubiera sido desde siempre concebida como regalo de Dios para Mahoma y el pueblo elegido. En Canarias, los hijos de los repobladores castellanos sacaban los esqueletos de los guanches y se los arrojaban a los turistas al grito de ¡godos, fuera!, siendo ellos los únicos godos, dado que el bueno de Bethencourt, francés, no había dejado un guanche vivo en el mejor espíritu de la France, monsieur. El vibrante nacionalismo catalán establecía que ya los layetanos, cientos de años antes de Cristo, antes de Roma, se sentían una nación y gritaban ¡visca el Barça!, y hasta el latín vulgar había presentado en Cataluña rasgos inequívocos de que alguna vez vendría el Mesías Carod a traer la llengua con una tregua sólo para catalanes en la boca . En Mazarrón, el gran Yúfera proponía la Región Frutalense, y los cantonales regresaban a Cartago para ahogar en garum los pimientos murcianos. Y en Valencia se zumbaban por la franja azul de la bandera, mientras, por supuesto, Dios era vasco.
Sabe Setapé, seguramente, que en una España de mentira su reino será un Reich milenario donde los traidores harán nido junto a él, a la vera verdadera del líder supremo. Divididos y enfrentados, el Emperador de la Moncloa ejercerá su papel de árbitro patizambo entre las civilizaciones hispánicas. Su progreso es un viaje al pasado, una recuperación de las rencillas, una apoteosis de los odios que creímos superados por el pacto constitucional. Escindir España en dos no le basta, eso ya lo tiene, ahora necesita dispersarla, él es la banca. Y la Caixa.
En 1958, Mao Tse Tung, que es como lo escribíamos antes de que El País nos cambiara Pekín por Bei Jing, y a Franco por Polanco, inició un ambicioso plan de colectivización que se llamó El Gran Salto Adelante. Los especialistas afirman que, de la misma forma que haría luego con la Revolución Cultural, ideó el disparate colectivista sin tener ni idea de economía sólo para impedir el ascenso de sus rivales políticos y hacerse con el favor del pueblo. La ambición de quien es uno de los mayores asesinos de la Historia destruyó la agricultura china y llevó a una hambruna que costó la vida a más de cuarenta millones de personas.
El Gran Salto Adelante de Zapatero ya nos ha hecho retroceder treinta años, pero trabaja con denuedo para regresar al enfrentamiento por la República, antes de empeñarse en que la guerra civil castellana que hizo reina a Isabel, caiga del lado de la Beltraneja. Seguramente por eso han puesto a Vendrell a recaudar fondos contra Fernando el Católico y la unión de las coronas. Igual que El Gran Salto Adelante fue un genocidio y un inmenso retroceso, el Más Unidos que Nunca es la verdad última del engaño ZP mientras nos escupimos y la palabra español es el nuevo insulto que recorre España. Conseguirá que treinta años de horror y miles víctimas no hayan servido para nada bajo los arcos triunfales y las calles con el nombre de Arnaldo Otegui. Pero él perdurará.