La humillación

España es hoy un zombi conducido por un ciego. Y por un ciego mentiroso, además, rodeado del coro de los grillos que apuntan hacia la obviedad de que ha sido ETA para encubrir la culpable responsabilidad política de su líder imperial ZP. Con su humillación, la de un presidente del Gobierno al que al día siguiente de hablar de las rosas y las flores le ponen ochocientos kilos de explosivos contra una obra emblemática del progreso español, asesinando a dos personas inocentes, se nos humilla a todos. Sangre limpia y buena del Ecuador para humillar a España.

No hablemos ya de su conducta irresponsable y cobarde, de su ambigüedad calculada, de su falta absoluta de determinación y coraje, atrapado por quienes, los terroristas vascos y sus señuelos nacionalistas, son desde hace años -desde que usó políticamente el terrorismo para alzarse al poder en los días posteriores al 11-M-, sus amos y señores, pues de ellos depende su continuidad. Si le quedara un ápice de vergüenza, ya habría presentado su dimisión, habría dejado el Gobierno de España en manos de Fernández de la Vega con la única misión de convocar unas elecciones para elegir a alguien dispuesto a derrotar a ETA. Del partido que sea. Un hombre o una mujer decentes.

En su sueño reaccionario y megalómano, tan cínicamente electoralista como es propio de un hombre sin principios, el nieto del Comandante Lozano, un héroe de ficción según prueba alguna literatura reciente, lo que quiso desde su llegada a la Moncloa fue reinaugurar una República inventada con todos los tópicos de que se alimenta la retroprogresía, que es la versión ‘vivalagente’ de lo que fuera el socialismo. Bajo el engaño del talante y la concordia, todo ha estado dirigido a esa utopía sectaria: eliminar del mapa político a los católicos, a los que se sienten españoles antes que de cualquier otra tribu menor, a los que creen que hay cosas que no se pueden negociar: la dignidad, la libertad. Aunque fueran socialistas, y mejores que él, como Redondo, Díez o Mora. Él venía para demostrar, ignorando treinta años de democracia y entendimientos esenciales, curiosamente hasta su llegada a la Secretaría General del PSOE de la mano de Maragall, que todos los males de España podían resolverse retomando aquel desastre que nos llevó a una infame guerra civil, y que sus maneras dulzonas y su exhibición del diálogo como arma política iban a marcar diferencias esenciales con un PP al que necesitaba pintar con una porra –han llegado a llamarlos golpistas-, para así apartarlo de la nueva Historia que él representaba: la Alianza, la “solución dialogada de los conflictos”, como en la LOGSE.

Por eso era tan importante la ETA. Por eso hizo de su reconversión, no de su derrota, el eje central de todo su proyecto de humo dialogal. La integración de ETA en el pacto antiPP (recordemos el Pacto del Tinell, continuidad del plan Carod), a través de una Batasuna ‘democratizada’, supondría la prueba irrefutable de que el talante de la nueva izquierda, y su asunción del Estado plurinacional, según el modelo Esquerra-Maragall, eran el camino hacia la PaZP, mientras que el PP sólo conduce a la guerra.

Lo más siniestro de estos progres es que, en el fondo, la idea que alientan es la de que ETA, pobrecitos, no es más que una consecuencia del franquismo, su último residuo. Y que, como del nacionalismo en general, hay que entender con simpatía sus motivos, pues sin duda la causa de todos los males del mundo mundial está en la derecha centralista. Desconocen no sólo la Historia, el carlismo trabucaire, el racismo sabiniano, las traiciones del PNV a ellos mismos durante la Guerra Civil, las declaraciones de independencia golpista de Companys en Cataluña, la dictadura de hecho que se vive en el País Vasco, sino hasta la estadística: la evidencia de que cuando con más saña y odio ha matado la ETA ha sido durante la democracia y contra los demócratas.

Pero ZP y un partido socialista al que ha envilecido, prefirieron aliarse con todo el arco neonazi separatista antes que con la derecha democrática, incluso sobre los muertos compartidos, sobre las libertades cercenadas. La jugada era de diseño para arrinconar al PP en una situación de marginalidad que le garantizara a él su Reich milenario. Para tan miserable causa neutralizaron a los cuerpos policiales y a los servicios de inteligencia, sometieron a la Justicia socavando su independencia, rompieron la unidad de acción con una Francia cuyo ministro del Interior, Sarkozy, ni siquiera quiso venir a reunirse con ZP, deshicieron el Pacto Antiterrorista, llevaron al Parlamento regional a las Tierras Vascas de Batasuna, mientras los batasunos, directamente, se pasean por los medios, convocan actos y manifestaciones, radian el “proceso”, extorsionan y ‘borroquean’.

En fin, que ahora al humo de ZP la ETA ha terminado por ponerle el fuego, terminando con la mayor oportunidad, la mejor situación en la que nunca estuvo la democracia española para acabar con una banda que estaba perdida, aislada, abocada a su desaparición hasta que a ZP se le ocurrió que era mucho mejor usarla para su beneficio que rematarla. El mundo entero cree ahora que estamos ante un conflicto internacional, presentado así en el Parlamento Europeo, y que por eso, por tratarse de una ‘guerra’ entre dos naciones, se discute y se mata en nombre del “proceso de paz”. Eso que hemos ganado con Zapatero.

Hoy se niega a aceptar la evidencia de que el derrotado es él. Es su fin lo que tiene delante, lo que yace enterrado bajo los escombros de la T-4. Quizás por eso haya tardado tanto en visitarla, arrebujado en Doñana. Todo se le podría haber perdonado si hubiera aparecido el primer día y nos hubiera dicho “voy a llamar a Rajoy y vamos a aniquilar a ETA”. Pero no. Su iluminismo es ya patético. Su miserable electoralismo, su ambición descubierta, su absoluta carencia de patriotismo, su incapacidad original para ser el presidente de todos, han quedado tan patentes que sólo le queda una salida. Si fuera un hombre digno, y no un fantoche.

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