Doblan sus ramas…

En las vegas del Segura de la Región de Murcia la desesperanza está llevando a los agricultores a cortar los árboles. Acaba de aprobarse un proyecto de estatuto manchego que postula el fin del Trasvase del Tajo. Será la muerte de la parte más rica y poblada de la comunidad (que no es la mía, en mi tierra jamás recibimos agua del Tajo, y por ello no hay implicación personal en lo que digo), destinada, entonces ya sin remedio, al turismo y el ladrillo que tanto critican quienes no dejaron otra salida al derogar la solución del Ebro.

Este artículo apareció el domingo en La Opinión de Murcia.

A Juan Manuel Chumilla, que lucha por salvar algo de lo que aquí se habla; y al pueblo de Albudeite, cuna del limón mesero.

Los limones eran para mí una fruta que aparecía en Mula. A la salida, exactamente, cuando se pasaba la casa mora que hay sobre un cerro, allí donde al paisaje ya sólo le faltaba John Wayne con el caballo, al bajar hacia el estrecho puente sobre el río antes de la Puebla surgían los limoneros. Al menos, así es en mi memoria. En el huerto de mi abuela se plantó una vez uno, bien guardado junto a una tapia, soleado, regado. Pero no hubo manera. En Caravaca siempre hacía demasiado frío. Aquel era un árbol murciano. Cuando se llegaba a la carretera de Alcantarilla, y los adoquines nos ponían a saltar en los asientos, los limoneros se hacían selva, casi un seto de hojas espesísimas, un horizonte vedado por el exceso. Era un espectáculo la humedad hecha bruma, la niebla ocre y macilenta sobre la ciudad, los limones saltando hasta imponer al fin su amarillo rotundo en el mediodía murciano. Hay pocos colores más penetrantes, más alegres, más expresivos de un mundo hecho para la lujuria de la luz y el placer de la mirada, de la quietud bien hecha. Mucho después, tras deambular por media ESpaña, pasé varios años en La Alberca con un huerto de limoneros que me entraba en el salón, en el baño. Quizás fuera el sitio más hermoso en que he vivido.

Pero si Dios, la ministra Espinosa (que no parece muy espinosa, aunque en verdad es que no parece nada) o San Antoniocerdá no lo evitan, aquella famosa copla de de la película “Mi canción es para ti”, de Manolo Escobar, que tanto orgullo produjo en el valle feliz, no representará para los murcianos del futuro más que una música vacía, una letra incomprensible sobre alguna Murcia que debió existir antes de los green con spa y de los valleys resort, de los complejos comerciales y los hipermercados vascos.

Quedarán, sí, las canciones (“Cuando el sol va dorando/ los limoneros, los limoneros/ ya viene mi huertana/ por el sendero, por el sendero…”) y una memoria de aromas, una leyenda de azahares y poetas, algunos cuadros de los grandes paisajistas locales, pero los limoneros habrán desaparecido, los sarpullidos verdiamarillos en medio del desierto, los bosques cuajados de sol serán ¡oh Fabio! collado mustio junto al hoyo dieciocho. Murcia ha dado muchos artistas pintores (feliz expresión de Pepe Marcos), y buenos, y escasas muestras de otras artes, lo que revela esa relación armoniosa y honda con el paisaje, el enamoramiento que un cursi llamaría telúrico. Lo cierto es que no sé qué va a quedar de esos paisajes, arruinados los agricultores por la competencia de argentinos y turcos, desesperados ante un gobierno miserable que decía estar contra los trasvases, pero que autoriza un trasvase del Segre después de haberles dejado sin el Ebro, tentados por las ofertas muchimillonarias de los especuladores y los buscadores de suelo donde levantar torres de guiris pálidos.

Me lo contaba una mujer en una calle de Villanueva del Segura, mientras veía la espléndida rehabilitación que un anglosajón –vergüenza para nuestra desidia- había hecho de un noble caserón dieciochesco del pequeño y precioso pueblo ricotí: nos pagan nosecuántos millones por tahúlla. Como no entiendo de tahúllas, supongo que sería mucho, porque la mujer me venía a decir que fuera yo a cultivar los limones con los cuernos ante mis lamentos por la fugaz belleza de los frutos colgados de los árboles. Todo aquel maravilloso mundo era un escándalo de luz sin recoger, de luz caída a los pies de unos troncos exhaustos.

Una tragedia me pareció aquello, y ahora leo que los están arrancando, despoblando de verdor la hermosura de un paisaje que se nos muere. Y no tragedia, sino astracán, esperpento o sainete de la más baja estofa resulta, desde luego, ese disparate al que llaman La Morra, un spa valley resort de la punta del capullo, una monstruosa urbanización a la salida del angosto deambular del río Segura, aún un río, cuando se asoma hacia Archena. Hay cosas que no se pueden hacer, que no consiguen sino dar la razón a los fundamentalistas del tormo, a los creyentes de las estampas. Aquel valle no debería tocarse, y si tenemos que pagar 20 kilos de limones cada uno para que la gente pueda seguir viviendo sin vender hasta las acequias, que me digan dónde tengo que pagar, que me domicilien los limones.

Hace bien Antonio Cerdá , el consejero de Agricultura del Gobierno murciano, en oponerse a subvencionar el limonicidio. Habrá que confiar en que el ecologismo en armas le preste su apoyo y vaya a contarles a los agricultores que nos vamos a quedar no sin limones, sino sin cuadros, sin poemas, sin esperanza, sin chorrico para el arroz. Sin excusa. Lo curioso es que la ministra socialista, no sé si por imitación del modelo Atila con que trata a esta región su compañera la Narbona, ha decidido apoyar y pagar la arrancada de los memoriosos árboles. Seguramente quieren dejar a Murcia hasta sin recuerdos.

Y no escucho a la oposición, a las coordinadoras del “no se vende” sublevándose por los caminos, denunciando a las socialistas antilimoneras, defendiendo las tahúllas que mañana sólo seran green, dúplex, country. Ahí es donde pierden toda la razón, donde se les ve la secta. Diez mil hectáreas de la mejor huerta quieren dejar sin limoneros: “Doblan sus ramas/ los limoneros, los limoneros/ repitiendo conmigo/ por ti me muero, por ti me muero…” Nunca imaginé que era una profecía, que no estaba ante una canción frutalmente propagada, sino ante una oración, ante un lamento.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído