Amo el estío porque es el único momento en que los hombres descansan de su afán de poder. Y no digo el verano, que es demasiado amplio e impreciso, y que antaño sólo designaba la plenitud primaveral, el cambio hacia el calor, el inicio de ese cese vital que es el estío. Hablo de la calor, el bochorno, la chicharrina de las tardes interminables, la vida pendiente de una brisa piadosa que nos devuelva la conciencia de la naturaleza aplastándonos y salvándonos de sí misma. Hablo de cuando mi madre echaba la “manta rellena” –no un edredón, sino la tela de algodón repleta de auténtica lana cálida y fresquísima- en el suelo del comedor de mi casa en Caravaca, el único lugar en el que aceptaba tumbarme durante la siesta, y el Capitán Trueno me conducía hasta el sueño, hasta Sigrid y la novia de Gundar, que era morena y me gustaba más.
Los niños entonces crecíamos en un mundo de épica sin violencia, o de violencia limitada y justa, mientras que hoy lo hacen bajo la estupidez malvada de una violencia sin épica. Hasta quieren prohibirles leer a Tintín, que se ha convertido para la plaga de los políticamente correctos en un modelo de “inconveniencia para la ciudadanía”. Entre tontos y pedagogos conseguirán matar la infancia. Hablo también de los grandes sillones de mimbre en los que mi abuela pasaba las tardes recibiendo a las visitas en la umbría de su maravillosa casa de la Cuesta de don Álvaro, cuyo solo nombre ya me adentraba en un mundo de caballeros, duelos, damas requeridas, honor y nobleza. Hablo de ese tiempo en que los hombres sólo se ocupan de sobrevivir, esa época en que el mundo cruje bajo un aire espeso de brasas y horchata y volvemos a ser naturales, quizá inocentes, quizá limpios.
La misma palabra estío ya nos produce como un parón, como si algo se estirara más allá de donde su textura le permite, como si fuera algo sobrante. Y, además, es amarilla, una palabra dorada, con la luz difusa y a la vez brutal de un Turner de secano, de un Friedrich criado en la rambla de Puerto Lumbreras, de un Velázquez con salamanquesas. El estío es el final del amor, la despedida de esas aventuras casi siempre imaginarias que se le atribuyen a un periodo ya tan próximo a la muerte, al fin de la cosecha, a los campos segados y vacíos.
Los amores son de verano, en efecto, del principio de la estación, de cuando aún se mantiene la vitalidad de abril y “el sol de mayo”, que decía don Antonio Machado, que hacen los milagros y llevan a creer en que todos los deseos acumulados bajo el frío encontrarán su cénit. El estío es melancólico y por eso es tan difícil volver de él. En el estío se supone que hasta las ambiciones mueren. O se ‘estían’, aunque el diccionario no me lo permita.
Hoy hemos de volver a hablar de política, a ganarnos la vida y la hipoteca. Muchas veces lo peor no son tanto los políticos del cartelón, sino los politiquillos –una profesión que, desdichadamente para ellas, se ha llenado también de mujeres-, los correiveidiles dispuestos a seguir a la Corte a do quiera que vaya, a mantener el alterne y la conspiración hasta la náusea. Pero incluso ellos, en el estío, no pueden hacer otra cosa que afilar sus daguillas, sus venenosas fabulaciones, sus rumores que matan. No le dan tregua a su maldad pequeña, pero no alcanzan a impedir nuestro sosiego.
Ahora le llaman síndrome a casi todo. La psicología divulgativa con la que hemos sustituido a la tradición y al sentido común, llama síndrome postvacacional a la evidencia de que la vida es más dulce y decente con ZP de eremita en León. No quiero regresar. En el estío, España lo es más que nunca entre pescado y arroz, entre limonadas y abanicos, verbenas y heladerías. Ni sus mayores enemigos logran evitar que suenen pasodobles en todas las fiestas de la vieja Sefarad. Los restaurantes se llenan de guiris que consumen gazpachos aguados de bote y paellas congeladas de grano fósil, y las calles se atestan al oscurecer con gentes que pasean, reconocen a sus hijos después de un año de casi no verlos y saludan a los vecinos como si aún viviéramos en el país cordial en el que las tertulias duraban hasta las tres de la mañana, cuando nadie gritaba en cafés de música para sordos ni pasaban los coches atronantes de niñatos con pendiente y sin sesera.
No quiero abandonar los días dulces del vino con melocotón. Quisiera vivir en un eterno estío, cuando nada nos obliga a fingir, cuando la única convención es aguardar el fresco de las noches. Amo esta época espesa y amarilla en que estamos desnudos, esperando, criaturas otra vez, por si hay Dios y nos mira.