Aquella noche del 82

Fuimos allí aquella noche porque queríamos prolongar los sueños. Los de una España que se anhelaba libre, feliz, democrática, neutral, esperanzada en un futuro de igualdad ante la Ley, donde la cultura se extendiera y el Estado fuera de todos. Y así fue durante los primeros años, luego decidieron quedárselo y los mejores tuvieron que marcharse, mientras la trepería nacional iba instalándose en el complemento de destino, cuando no directamente en las fortunas advenedizas. Muchos de los que creíamos los nuestros a la sombra de las ‘trompetas’ en flor, lo único que buscaban era un cargo vitalicio donde rumiar la frustración de su propio fraude.

Todos recordamos cómo acabó aquello, hundido en la corrupción de Alí Roldán y los Cuatrocientos Ladrones, y en la Guerra Sucia, que a los españoles nos importó mucho menos que la desvergüenza con que se repartieron el botín.

Pero aquella noche sólo había ilusiones. La sede del PSOE en Murcia estaba, o al menos la memoria me lleva allí, en la calle de las tascas, en Saavedra Fajardo. Y “se non è vero, è ben trovato”, porque, en efecto, aquel partido representaba aquella noche la España festiva que los jóvenes de entonces pedíamos ser. Es decir, la fiesta permanente que veníamos viviendo desde la muerte de Franco y que terminaría con nuestros huesos protagonizando lo que se llamó “la movida”: un ansia de probarlo todo, de transformar la ética y la estética, de ocupar unas calles que creíamos nuestras, como si estuviéramos cobrando una deuda de libertad y gozo, como si aquel amor vagabundo e incierto al que nos entregábamos cada noche hubiera sido dictado por la Historia. Lo que pretendíamos era una especie de democracia follarina, con perdón, mientras que los muchachos mayores del PSOE iban a empeñarse en reconstruir el Estado. O sea, hacer leyes, que era exactamente lo contrario de lo que deseábamos nosotros.

Llevaban razón, claro. Y eso fue lo mejor que hicieron: el desarrollo de la España constitucional diseñada por la Transición. En 1975 la derecha tenía pendiente su democratización, apenas había liberales en España, y los azules del Régimen, al frente de la UCD, iban a abrasarse en la tarea de desmontar una arquitectura institucional inservible, la suya, hasta acabar deshechos. Nunca agradeceremos bastante la generosidad de aquella gente que trajo una democracia para todos en lugar de resistirse –eso fue el intento de golpe del 23-F- y habernos llevado otra vez al conflicto civil que tanto se temía.

Pero si la derecha tenía pendiente su aceptación de la democracia, la izquierda no sólo tenía a la democracia ‘burguesa’, que siempre había rechazado, como asignatura pendiente, asunto sobre el que hoy se quiere echar tierra de las cunetas, sino, además, otra asignatura igualmente importante y ligada a la primera: España, la idea de España como nación de todos. De ahí la trascendencia de que el Partido Comunista, dirigido por el mismo Carrillo que hoy ha vuelto a lo peor de sí, a Paracuellos, asumiera entonces la bandera y las libertades democráticas contra las que siempre habían luchado.

Por su parte, González iba a realizar una arriesgada operación, renunciar al marxismo, que transformó al PSOE hasta arrancarlo de su pasado y convertirlo en la fuerza mayoritaria de una izquierda útil para gobernar, cuya principal finalidad ya no era la revolución proletaria, la dictadura de clase, sino la modernización y la contrucción democrática iniciadas por la UCD.

Lo que le debemos a González es, precisamente, lo que entonces le reprochábamos desde la radicalidad de nuestra juventud: que hubiera asumido la pertenencia de España al occidente democrático, que en vez de lanzarse por la senda revolucionaria de un marxismo que había aniquilado la libertad en medio mundo, se hubiera revelado continuista del proyecto de una democracia para todos que la propia izquierda había contribuido a levantar. Aquel PSOE, sobre todo al principio, no vino con la cizaña, la revancha, el resentimiento, sino como cauce de un sueño incubado durante todo un siglo: Europa, el bienestar. A lo que hoy hoy asistimos, el afán moralmente zapatero de regresar a lo peor de nuestro pasado, va, en primer lugar, contra la propia obra de aquel socialismo que se quiso demócrata y español.

No sé, desde luego, si es la lejanía, pero aunque nunca les perdonaré la gravísima infamia que llevaron a cabo con la enseñanza española, la comparación con el Zpsoe –cada vez menos ‘soe’ y más ZP– ha engrandecido la figura de González, el gran jabalí, hasta hacernos olvidar aquel final vergonzoso y destacar su condición de hombre de Estado, es decir, de quien sabe que la democracia y la libertad sólo pueden ser producto de un gran pacto de convivencia. Eso era la Constitución. Y lo que ha hecho este desdichado de Zapatero ha sido un gran pacto de sangre con quienes no quieren convivir, sino separarse, para aplastar a la media España que no le sigue en su apuesta por el veneno y la ambición de un régimen personal. Tantos años creyéndonos una democracia para acabar en Z.

Para nuestra desgracia, estas izquierdas de hoy, en sus distintas versiones, vuelven a ser preconstitucionales, reaccionarias, anteriores al Muro, que también quieren reescribir. Pero ya ni siquiera traen la Revolución, sino su farsa. Un proyecto de régimen nazional-socialista, de alianza estropajosa entre marxistas sin marxismo y neonazis que queman banderas de España. Una dictadura del proletariado sin proletariado, donde la clase “objetivamente revolucionaria”, que decíamos entonces, ha sido sustituida por progres millonarios de diseño frío y mentiras calientes, que sólo buscan asentar el negocio del rencor, excitar las diferencias y los privilegios territoriales, y abotargarnos de fútbol.

Impostada de una santurronería que no soporto, esta izquierda es la más dilecta heredera del puritanismo farisaico que dice combatir. De lo que no se dan cuenta los jabalíes felipistas, que tanto nos han decepcionado con su silencio de estos años, es que la revancha zapatera también va contra ellos, contra la España que hicieron

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído