La soldada en Interviú

Uno se volvería a la mili si la soldada con que le pagaran fuera la soldado que ha aparecido estupenda en las páginas del Interviú. En los días en que alcancé el grado de sargento de Complemento del Arma de Ingenieros, de lo que entonces tanto renegué, y ahora recupero con orgullo gracias a Zapatero –el hombre que más hizo nunca para que algunos nos hayamos reconciliado con ciertos símbolos de España que entonces sentíamos ajenos-, lo único que se te podía aparecer desnudo por el cuartel era algún recluta recién manteado y arrojado a la piscina por los ‘abuelos’, borracho como un jilguero en primavera, y al que había que llevarse al calabozo, aunque uno siempre acababa mandándolo a dormir la mona.

No era cosa de joderles la vida más de lo que ya lo hacían otros. Mi Compañía elegía siempre para celebrar la fiesta de los reclutas los días en que me tocaba a mí de sargento de Semana, es decir, responsable de controlarlos, acostarlos, levantarlos y enchironarlos, si necesario era, lo que nunca quise hacer y nunca hice. Y ellos lo sabían, los cabrones.

Como además leía libros y llevaba siempre alguno en el bolsillo lateral de los pantalones de faena, empecé a ser visto como sospechoso. Aquel ejército, anterior al golpe del 23-F, no era el de ahora, ni mucho menos, y mi trato con la tropa y escasa marcialidad me convertían en un perfecto aspirante a ser degradado y enviado a Melilla a terminar la mili en Regulares, que es lo que quisieron algunos hacer conmigo. Exactamente lo mismo que hoy les gustaría hacerme desde la izquierda facha que sostiene a ZP.

Lo más grave que me achacaban era que no había arrestado a nadie en seis meses. Y aunque jamás había habido incidentes o negligencias por mi parte, y la Compañía funcionaba al minuto durante los días de mi responsabilidad, se suponía que un buen sargento había de ser un poco hijoputa, como así lo entendían algunos de mis compañeros en el escalafón. Tampoco debió favorecerme mucho el hecho de llegar todos los días el último, cuando no me pillaba de semana, incluso después del coronel del Regimiento, lo que intentaba disimular con poco éxito refugiándome en el despacho del sargento de guardia. Las noches de Granada eran para vivirlas.

Lo que me encanta de esta Pilar Pacheco, la ‘soldada’ de 26 años que se acaba de despelotar para gloria de España, es lo que ha conseguido abrir en mis recuerdos: la posibilidad de haber ido con ella de maniobras, a tirar cable de teléfono -que era lo máximo que nos permitía nuestro nivelazo tecnológico de entonces- por las trincheras dulces y perdidas de ese coño de Tierra, Mar y Aire que se adivina tras sus bragas negras de fantasía. Lo que hubiera podido hacer el sargento de Semana con esas tetas… Con ella habría desaparecido el dicho de “en peores garitas se ha hecho guardia” y se habrían producido avalanchas de voluntarios para pasar las noches de imaginaria y duermevela entre su pelo racial, hacer retenes en sus caderas poderosas e izar bandera siempre, siempre, siempre sobre sus labios de bronce y de sal. ¡Qué mili nos hemos perdido, señores!

Ahora quieren empapelarla porque somos una sociedad hipócrita, como corresponde a toda esta cosa progre y estrecha que dirige la opinión en Occidente. Son infinitamente más obscenas cualquiera de las declaraciones de bufón estalinista de Pepiño Blanco, al que sólo le falta patrocinar la represión contra Pilar Pacheco bajo la fórmula “Gobierno de Essssspaña” con la que nos amonestan cada día por las cosas más peregrinas.

Nada, además, disuadiría tanto a los islamistas de atacarnos como un ejército de pilares pacheco con las tetas al aire sobre los tanques, amenazándolos con el infierno de la impureza y el pecado. Si abrimos el ejército a las mujeres, tendremos que aguantar que se feminice y se hermosee. Y si las señoras están estupendas, seguirán estando estupendas vestidas de uniforme y mucho más estupendas desnudas de lo mismo, con sus medias y sus ligas de faena y de ‘bonito’ bajo sus ojos de ascuas.

Todos trabajamos o hemos trabajado con bellísimas mujeres que no pasaron de nuestros sueños. Esa es la gracia del mundo. Precisamente la del mundo que nuestro ejército debe defender. Aprendan los militares a vivir sabiendo que la soldado Pacheco está buenísima. Siempre será un consuelo saber que podrías morir a su lado y haberla convencido antes de que el fin estaba muy cerca.

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