Así se titula uno de los más hermosos libros de Mario Vargas Llosa: «La verdad de las mentiras», un ensayo esencial sobre la naturaleza de las novelas, de las ficciones literarias, de su condición mentirosa, en tanto que fabulaciones, pero a la vez, y ahí su auténtico valor, de su recreación de la existencia, de su verdad mucho más verdadera que la de la propia vida. Lo que exige siempre, por supuesto, verosimilitud, la coherencia interior de un mundo inventado, sí, pero obligado a guardar unas reglas que hagan creíble esa invención. Toda obra de arte levanta una realidad cuyas proporciones han de ser establecidas pero también respetadas por su creador, de modo que se imponen como límites de la misma. Esa cohesión, esa correspondencia rigurosa y sostenida es lo que hace apasionante “El señor de los anillos” y un adefesio ridículo “El código Da Vinci”; es decir, lo que te arrastra a un universo imaginario o lo que te expulsa de una propuesta aparentemente más reconocible, más ‘figurativa’ o realista, y sin embargo por completo increíble. En fin, que “El señor de los anillos” es maravilloso para alimentar al niño que conservamos, mientras que el Código es una soplapollez para intelectuales del tipo Pepiño Blanco, que así se entrenan y recogen argumentos con que alimentar el nuevo doberman que han venido azuzando durante toda la legislatura: la Iglesia católica. A nuestro nuevo Nerón sonriente le vienen bien los circos con cristianos.
En el fondo se trata de la misma gran maniobra de distracción para el asentamiento de un poder personal. Salvando las distancias, claro, entre un político elegido, aunque demagogo, impostor y de vocación autocrática, que no duda en intentar aplastar a cualquiera que se le opone, y un emperador romano enloquecido. Ambos tienen en común ese deseo de refundar el mundo que les ha tocado gobernar, de inaugurarlo pasando por encima de la Historia.
Lo que ha venido haciendo ZP ha sido una especie de abrazo del oso con la Iglesia: pactar con sus sectores más dependientes todo lo relativo a la pasta, mientras agitaba el señuelo de las sótanas ante el sector más incauto de su electorado, utilizando provocaciones en las que la Iglesia ha encontrado, por su parte, una excusa para volver a hacerse presente, para aparentar una representación que ya no ostenta, cayendo con insospechada ingenuidad en la trampa zapatera. Y así, una vez que los ha tenido en las calles, se ha reído de ellos, como ha llegado a hacer con extremo cinismo, explotando el resentimiento histórico ante una organización que nos hartó de infierno. Estamos ante un gran trile electoral.
Por eso, no se dejen engañar: nada se parece más a lo peor de la Iglesia del pasado, a su sector más sectario e integrista, que la izquierda y el nacionalismo, ese tufo clerical inocultable entre los milenaristas de toda laya. Imaginen, si no, a Pepiño lanzando admoniciones y condenas contra herejes y pecadores. Es perfecto. De la Vega ya lo hace. La vocación de ambos bandos fue siempre expedir ortodoxias y salvoconductos, ante Dios o ante la Historia. Y también siempre desde la infalibilidad del dogma, la voluntad del partido, la razón histórica del proletariado, el materialismo científico o la intervención del Espíritu Santo.
Sin embargo, esta Iglesia de hoy, que hasta ha pedido perdón por su pasado, mientras aún lo esperamos del socialismo y sus tiranías y sus decenas de millones de asesinatos, tiene muy poco que ver con la imagen que la izquierda pretende ofrecernos de ella, desquiciando sus afirmaciones, tergiversando sus posturas y presentándola de modo inverosímil como un peligro radical. Están haciendo lo mismo que el franquismo hizo con el cardenal Tarancón: negarle el derecho a pronunciarse.
Pero son las incoherencias del relato lo que va poniendo de manifiesto la mentira burda de esta triada de pirañas en el bidé que son Blanco, Bermejo y ZP. Y la fundamental es que la Iglesia hoy tendrá influencia, podrá orientar a sus fieles, que vienen a ser así como un 20% de la población española, pero ya no tiene poder. Zapatero, sí.
Si alguien me puede joder la vida y hundir a mi país, y a las pruebas me remito, es el Partido Socialista Confederal y Logsiano, y no la Iglesia Católica. Si alguna asociación de fieles se cree hoy legitimada para, desde el Estado, imponerme las condiciones de vida más allá de los acuerdos tácitos que sostienen a cualquier democracia, esa es la izquierda clerical-progresista que, no en vano, se llama a sí misma “transformadora”, que parece la hidroeléctrica. Si alguien pretende adoctrinar e imponer su modelo, su bien y su mal a toda la sociedad, es esa alianza de nacionalistas y socialistas de medio pelo que ZP ha convertido en el eje de su proyecto.
No es la Iglesia la que impide hoy, por poner solo un ejemplo, estudiar en español a los niños españoles que lo tienen como lengua materna, mientras los socialistas que lo prohíben llevan a sus vástagos a colegios de élite para extranjeros. No es la Iglesia hoy el paradigma de la hipocresía, sino los sepulcros blanqueados de los progres-caviar ejerciendo de modernas damas de caridad políticamente correcta.
La Iglesia se defiende y defiende lo que defendió siempre: el matrimonio católico y la vida de los no nacidos. No parece que en ello les guíe ningún afán de hacer el mal. Podrán acertar o no, pero tienen derecho a afirmarse en lo que creen y a protestar si se legisla contra esas creencias. Ya sólo falta que les exijamos que se declaren ateos. No comparto la mayoría de sus posiciones, pero estoy seguro de que no el cristianismo no es la religión que habrá de plantearnos quebrantos en el futuro. Admiro, además, muchas de sus tareas, su generosidad y su coraje. Y desde luego, cuando defienden su libertad están defendiendo la libertad de todos. La libertad, queridos estafadores del zapaterismo, o es para todos o no es. Y ese es el punto exacto en que vuestras mentiras aparecen limpias, nítidas, verdad última de lo que sois.