Oklahoma en el Sureste

Mientras la riqueza dependa de una decisión administrativa, habrá corruptos. Sobre las mesas de alcaldes y concejales cuyo patrimonio cabía en una cartilla de ahorros, los comisionistas depositaban sacos de oro, mujeres de labios aceituna y un retiro de palmeras y daiquiris en el que a sus hijos no les faltaría de nada. Y todo por autorizar unos pocos de miles de chaletes en unas cosas que llamaban ‘resóh’ y que sólo habían de traer prosperidad: miles de ingleses gastando sus libras en el guisqui que los hiper vascos y franceses habían colocado ya esperándolos. Viejos del norte de esta Europa inevitable y única, donde el euro se imponía y los jubilados buscaban el aire del mediterráneo, la luz espléndida del mundo que ya una vez conquistaron, arrasando Roma, y que ahora volvía a postrarse a los pies de sus planes de pensiones gestionados por caixas. Cuando no eran directamente las caixas las que ponían los ‘resóh’ y los campos de golf.

Cientos, miles de puestos de trabajo en la construcción, el comercio, los oficios, hasta los puticlubs iban a florecer al orete de los ediles con mercedes, los promotores y los albañiles convertidos en nuevos onassis del tormo y el secarral. ¿Quién podía resistir quinientos millones por una firma que sólo traería el bien?

Al parecer, lo que nadie les explicó es que ese dinero era del pueblo. De su pueblo. Y que se lo estaban robando, sobre todo a los humildes a los que decían beneficiar. Hubo otros que fueron más lejos: ni siquiera esperaron a ser tentados. Pusieron en marcha complejas maquinarias de bandidos organizados que vendían, para su provecho, el sol, la luz, el agua de todos. Todas las fiebres del oro son así, factorías de bandoleros, basura podrida sobre la que crecen los neones, leyendas de ciudades sin nombre que el viento de la Historia arrasa o termina convirtiendo en metrópolis.

Totana es el paraíso y tiene los huertos más hermosos del mundo. Sólo había que ser listo y aprovechar las ocasiones. Los Alcázares, cuando llegué a vivir allí en el año 1979 y me mandaron a la Guardia Civil porque me vieron con melenas y barba, era una pequeña pedanía de 3.000 habitantes que sólo revivía en los meses en que los huertanos iban a tomar los baños. Luego el PSOE la hizo municipio y comenzó a levantar lo que ahora le ha estallado: una proliferación de urbanizaciones baratas a las orillas del Mar Menor sobre las que la mafia local no sólo extendería sus ‘mordidas’, sino que acabaría siendo la empresaria directa de las mismas. El socialismo, colectivista, siempre se organiza mejor.

A la Región de Murcia le ha caído ahora la vergüenza de unos escándalos que otros supieron atenuar. Pero ni es el peor sitio ni el más corrupto. Sólo el último territorio que quedaba sin desarrollar cuando el oro ya había creado un muro entre Figueras y Cádiz. Esto no es la Cataluña que echa mantos patrióticos sobre el tres por ciento, ni se nos ha caído un barrio entero, como el Carmelo, por llevarse hasta el cemento. Ni siquiera, aún, la Andalucía en la que no quedan huecos para asomarse a las playas. Sólo hemos caído víctimas de una ilusión, la de que por fin saldríamos del atraso, de la pobreza de la que veníamos, de esa condena de emigración y casi esclavismo que nos persiguió durante todo el siglo XX.

Salvo en la rica Murcia y en la pequeña franja del valle del Segura, en el resto de la Región nacíamos con la maleta, como los gallegos, para ir a servir a los señoritos de esas Barcelonas que nos miraban con desprecio y que terminarían hasta por dejarnos sin el sueño del agua. Y si ya no nos quedaba ni la agricultura, ¿qué podíamos hacer? Vender. Y allí fue, sobre la nueva Oklahoma de las oportunidades, las tierras vírgenes y la fortuna, donde los sinvergüenzas instalaron sus mármoles y sus peajes.

Como en la fascinante carrera de esa película de Glenn Ford, las carretas de los especuladores, los buscavidas y los capitales sueltos de todas las Españas (es gracioso que estén pringadísimos capitales vascos, galaicos y catalanes: para esto sí son españoles) acudían enfebrecidos, mientras los canallicas autóctonos se encaramaban a través de los partidos hasta el lugar exacto en que sus bolsillos y sus coches comenzaban a aumentar de volumen.

Y si la ambición y sus becerros están en la naturaleza humana, para contenerla se inventó la conciencia moral. Pero ya no hay conciencia moral (Rodríguez Zapatero puede reconocer que nos ha mentido y no pasa nada. Es una mentira laica, su primera lección de ‘ciudadanía’). Luego, para sustituir a la conciencia, creímos en la Ley y en el Estado. Así de tontos éramos. Porque sospechamos que en España están todos tan ‘tocados’ que el espectáculo actual pueda deberse sólo a un mugido electoral sobre el que caigan después muros de olvido. Unos pocos escarmentados y los demás a vivir, entre otras cosas porque tampoco el Estado, prácticamente disuelto, existe ya para garantizar la ley. Es el mismo socialismo que con una mano lo disgrega y debilita, lo entrega a los señores locales, el que propone para arreglar tanta miseria más intervención y planificación. ¿Con qué, si gracias al Estatuto catalán-zapatero mañana no habrá ni Tribunal Supremo al que acudir?

La solución es justo la contraria: más Estado por arriba, menos intervención por abajo. Lo que hay que hacer es eliminar esa discrecionalidad del político local de la que depende el futuro de cada pueblo. Déjese al mercado, en efecto. La ley anterior no funcionó porque no se hicieron los planes generales que habrían eliminado la arbitrariedad. Cuanto más intervienen las administraciones, sus funcionarios o sus electos, más posibilidad de corrupción.

Dispónganse todos los controles (para eso se hicieron los Estados liberales, esa es su función: velar para que nadie pueda pervertir la limpieza del mercado, para que ningún tramposo pueda ocuparlo) que impidan precisamente esos convenios urbanísticos y ese poder de los alcaldes que convierte a los municipios en feudos blindados en manos de unos pocos. Empresarios decentes se han visto muchas veces obligados a pagar si querían ejercer su profesión: crear riqueza. Ahora ya lo estamos pagando todos. Y los ‘resor’ vacíos esperan a unos bárbaros que ya no vendrán.

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