La Fiesta de las Cuadrillas (Pardicas y anís)

La Fiesta de las Cuadrillas de Barranda (Caravaca), de música tradicional campesina, es uno de los acontecimientos de cultura popular más limpios y auténticos que se conservan en España. Una herencia que las gentes de mi tierra han sabido conservar. Barranda es la pequeña capital de las aldeas que conforman el Campo de Caravaca, la ciudad de la Cruz, la mía, cabeza de un municipio de casi 850 km2. Si le sumamos los de la vecina Moratalla, nos encontramos con una extensión de casi 2.000 km2, equivalente a la provincia de Guipúzcoa, y una población que no llega a 35.000 personas. En el interior de la provincia de Murcia están algunos de los municipios más grandes de España, como tierras de frontera y repoblación tardía. A la vez pertenecemos a una enorme comarca natural que, si miran un mapa, destaca como el mayor espacio vacío de carreteras de toda España: no hay una sola nacional en todo aquel confín donde se unen las provincias de Almería, Granada, Albacete, Jaén y Murcia. Eso nos salvó y nos condenó. El siglo XX nos sangró inmisericorde con la emigración hacia una Cataluña que, favorecida por el franquismo, hoy sigue llorando para conservar sus privilegios, mientras nosotros no podemos quejarnos por unas infraestructuras que nunca tuvimos.

A Barranda se llega por una de las últimas alamedas que, junto a la de la entrada antigua a Caravaca desde Murcia, han quedado en una región cuyas ciudades acogían antaño a los viajeros bajo su sombra y su frescura. Las recuerdo en todas las salidas de Caravaca, en el Camino de los Andenes hacia Moratalla, en la carretera de Granada, en Cehegín. Mi amigo Félix y yo apagábamos las luces de los coches, en las madrugadas de luna llena, cuando llegábamos desde Barcelona. Nuestros cientosveintisiete blancos brillaban bajo los plátanos y el silencio y las siluetas, con el Castillo al fondo, parecían conducirnos por un pasadizo de cuento medieval, un túnel en el tiempo y en la Historia.

Todas aquellas arboledas fueron cayendo como símbolo de una manera errada de entender el progreso, por lo demás bendito sea, que vino a acabar con el hambre vieja de las “cuatro ciudades”, y con la de todos en una España que los malos gobernantes, como el traidor Fernando VII, habían condenado a quedarse fuera de los tiempos. A matarnos entre nosotros en una casi interminable guerra civil de doscientos años, en lugar de haber luchado juntos por incorporarnos a la modernidad. Dios, que nos regaló muchos dones, una situación de privilegio y la alegría de vivir, nos legó también la sombra de Caín para que no los disfrutáramos del todo. Y a ello hemos vuelto, ‘bien gobernados’ de nuevo.

Pero hubo gentes que supieron aunar el progreso, la libertad, la iniciativa, el desarrollo que inevitablemente supone cambios, con el respeto a su memoria, al camino recorrido, al trabajo de generaciones de antepasados que hicieron a esas tierras lo que son con el sudor, las penalidades, muchas veces las lágrimas frente a una naturaleza inclemente o la injusticia de los poderosos. Creo que ese es el sentido de esa alameda de Barranda, el de que el progreso lo es cuando se construye sobre lo que somos, y no negándolo, una destrucción a la que España se ha entregado sañuda muchas veces, hija de una leyenda negra y falsa que terminó por creer de sí misma, entre el arrasamiento y la culpa que nuestro impostor ‘progresismo’ sigue agitando.

La gente del campo, sin embargo, está hecha de sufrimiento y de resistencia, de una entereza que ya no conocemos, de un sentido de la familia, de la cooperación y la vecindad que las ciudades perdieron hace ya mucho tiempo. No se la engaña fácilmente. Supongo que saben que sólo por eso aún perduran, y más en estos tiempos en que entre las equivocadas políticas europeas y la incompetencia del Gobierno para intentar siquiera frenar el desastre, que ya ha venido, se están viendo obligados a vender su ganado y sus tierras, a despedirse de unos hijos destinados otra vez a buscarse el futuro donde lo haya.

La Fiesta de las Cuadrillas de Barranda es el estallido de esa vida que se resiste a desaparecer. De gentes campesinas, o que lo fueron, que se reúnen para divertirse y cantar, pero que saben que están haciendo mucho más que eso: un verdadero acto de desacato frente a unas formas de entretenimiento que han convertido a las personas en masas de borregos virtuales, en consumidores de basura mediática, en adoctrinados seguidores de la modernez sin fuste y sin sustancia –que representa a la perfección quien yo me sé y al que hoy, por respeto a mi gente, no he de nombrar- que quieren vendernos como sustituta de la auténtica libertad.

Allí los tienen ustedes cada último domingo de enero, desde hace ya treinta años, con sus instrumentos de siempre, con sus coplas viejas y nuevas, con sus risas y sus botellas de anís, cantándoles a las mozas (¡Dios mío!, ¿aparecerán las comisarias del Instituto de la Mujer para prohibir las coplas como “Si dices que no atiné/ no lo digas con orgullo…”?), compartiendo las viandas, rejuveneciendo con la nariz fría y el corazón despatarrado entre la nostalgia y el aguardiente.

Y hay algo más, algo que intuíamos cuando comenzó este movimiento de recuperación de una tradición oral que las Cuadrillas han llevado a cabo durante estos años: que las rayas de los nuevos mapas tenían poco que ver con esa cultura campesina que era, finalmente, y antes que nada, de comarcas naturales y española. Eran las verdades del paisaje, el clima, las costumbres, los orígenes y la manera de vivir (el campo), y no las muy arbitrarias regiones políticas, las que determinaban estas manifestaciones tradicionales, estas formas de ocio y relación que poco a poco fuimos descubriendo que se extendían por toda España. Con unas raíces formales y unas estructuras artísticas esencialmente iguales o, al menos, resultado de la evolución desde unas fuentes comunes: la canción popular, con su métrica variopinta de arte menor, y la repentización, que habían incluso viajado a nuestra América y fecundado su folclore, como un elemento más del intenso mestizaje del que hemos salido todos.

Las naciones ficticias, el egoísmo tribal y la búsqueda de privilegios a que nos ha conducido la alianza inconcebible entre lo que fuera una izquierda nacional y las castas neonazis de algunas autonomías, encuentran hoy en Barranda su más rotunda negación, la prueba cantada de la artificiosidad de esas fronteras interiores que se han empeñado en levantarnos. Allí estarán andaluces, manchegos, murcianos, castellanos, y de toda la comarca que va desde Cazorla a Caravaca repartida por las cinco provincias. Españoles, en fin, que cantan seguidillas y quintillas y trovan y bailan y tocan las guitarras. Que allí se reconocen y se sienten partícipes de un patrimonio común, de una cultura de todos. La Fiesta de Barranda no debería ser declarada de Interés Turístico Nacional, sino de Interés Nacional Obligatorio para Tontos Mayores y sus Periferias. Para los que no saben si somos una nación. Un pequeño paseo, unas migas, unas pardas, la mejor España, la de la resistencia y la esperanza.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído