El director general y los poetas perros

Hace unos días, el jueves 17 de abril, el nuevo director general del Libro, Francisco Giménez, de quien depende la Editora Regional, se despachaba con las siguientes declaraciones: “En Murcia hay más poetas que perros descalzos”. La brillante y simpática fórmula para referirse a los poetas de la Región que le paga, y con la que pretendía justificar la restricción de las ediciones, bastaría para calificar a cualquier político.

Pero estamos, además, ante el responsable teórico de conseguir que esos poetas como perros descalzos puedan dar a conocer sus obras, de que se les lea y se les aprecie, de que se les vuelva a considerar elementos centrales de la vida cultural y social. El encargado de cuidar a quienes dedican su vida a amar las palabras, a dotarlas de sentido, a sostener y reavivar sus valores sentimentales, a que los hombres no olviden su corazón. Los poetas, a los que ya Platón no diera sitio en su República, los poetas siempre apaleados, aferrados a las brasas de la memoria, molestos augures que nos recuerdan la muerte inevitable, el paso del tiempo, el amor perdido, la luz que no perdura. Pero también la belleza que alguna vez nos dio la plenitud. Los poetas, siempre descalzos, sin más posesión que sus palabras ardidas. No hay ninguna sociedad sana, decente, culta, que no tenga presentes a sus poetas, que no haga de ellos una referencia de lo permanente.

Lo que llama la atención de tales declaraciones no es su obvia condición botarate, aumentada por quien se presenta a sí mismo como el administrador de “lo exquisito”, sino el desdén que destilan, esa especie de señoritismo de tablao donde los gitanillos y las flamencas han sido sustituidos por los poetas. Un político democrático, y menos si se presenta bajo la etiqueta liberal, no viene nunca a iluminar a un pueblo considerado ‘menor’ al que hay que tutelar. Viene a abrir los cauces imprescindibles para que su pueblo se haga mejor a sí mismo. Viene, precisamente, a dar un paso atrás, a eliminar la burocracia y los filtros, a no erigirse jamás en comisario, a desiluminarse, a servir.

Esa ha sido la política, con sus vaivenes, que ha conseguido que la Región de Murcia se transforme, creando un tejido de iniciativa y capacidad de desarrollo autónomo que ha de ser lo que nos salve de esta crisis y no administración alguna. No existe ningún desarrollo económico dictado desde arriba, como nos ha enseñado la Historia, ni movimiento cultural que no parta de los propios creadores. Lo otro no es más que una versión farsesca del despotismo ilustrado, cuya imitación no conduce más que a lo peor de la izquierda, el dirigismo, el sometimiento de la sociedad.

Lo preocupante es que la alusión a los poetas perros no haya sido sino la metáfora inconsciente, revelada desde lo que llamaremos “síndrome de la euforia del cargo”, de las verdaderas intenciones que animan al proyecto presentado: hacerse una editorial a la medida, publicando de vez en cuando a algún escritor local a modo de camuflaje. Y eso no era en absoluto lo que salió del último Foro de la Cultura que se suponía iba a constituir la guía de la nueva política editorial y literaria de la Consejería. Hablo exclusivamente en mi nombre, y en nada quiero que comprometan mis palabras a quienes me acompañaron en aquel trabajo. Pero no puedo permanecer callado ante el uso de lo que allí proponíamos, y que ya recogía, en cuanto a su letra, todo eso que ahora se nos presenta como novedad, pero con una música -es decir, con una intención- radicalmente distinta. ¿Cómo podíamos idear un proyecto contra los poetas, si casi todos allí lo éramos?

Buscábamos justo lo contrario: reactivar nuestra vida literaria y cuidar las ediciones de nuestros autores, promocionarlos y luchar por darlos a conocer en el anchísimo mundo de la literatura en lengua española. Creíamos que la política que se había seguido en los últimos años, publicar demasiado sin calidad y sin difusión, aun hecha con la mejor de las intenciones, no llevaba sino a un gasto inútil, a la conversión de la actividad editorial pública en un cementerio de libros aplastados bajo el polvo de los almacenes. Perseguíamos recuperar el prestigio de publicar en la Editora Regional, situar a nuestros escritores en el mapa de España acompañándolos de algunos nombres reconocidos, que les sirvieran de impulso, de llamada, y no al revés. Pensábamos en una empresa con un lugar propio en el mercado editorial, pero para dar a conocer a los nuestros, no para aparecer ante los lectores como una editora más. Para eso, nada. Eso es lo que jamás puede calificarse de liberal: venir a cubrir el mismo hueco que la iniciativa privada. Con dinero público, en absoluto. Puede usted ponerse cuan exquisito quiera, pero con lo suyo.

En fin, si ninguna administración cultural tiene demasiado sentido, y hay que recordar que fue siempre en los regímenes totalitarios (nazis, comunistas, nacionalistas) donde se las ha impulsado con mayor afán, la que menos lo tiene es la que prescinde de sus artistas. Porque, buenos o malos, son los suyos. Y es para ellos para los que gobierna. Y lo que tiene que procurar es darles la oportunidad de ser mejores, de aprender, de abrirse, no consentir mandarines desdeñosos que desprecian cuanto ignoran. La legitimidad la dan los murcianos, incluso si son poetas. Y hasta perros. Siento mucho que un proyecto cultural que nació rodeado de expectación, de ilusión, de apoyos, entre otros el mío, pueda haber caído en el error de encerrarse entre aduladores y cenáculos viperinos. Sigue siendo un proyecto que merece la pena ser salvado de la ambición y la prepotencia de quienes sólo pretenden usarlo para su propio medro.

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