Crucifijos

En mi casa nos educaron en un catolicismo sin aspavientos, razonable, vivido más hacia adentro que hacia su normalmente blanqueada ostentación. De alguna forma extraña en medio de un régimen confesional que se confundió con la parafernalia de la Iglesia, gracias al ejemplo de mis padres interiorizamos lo contrario: que la religión era un asunto íntimo y que la bondad y la decencia no había que andar exhibiéndolas como si se estuviera disputando con los demás la entrada al cielo.

Nunca le agradeceré suficientemente a mi padre su sentido moral de la vida, del que jamás alardeó, su rectitud y su generosidad con los demás. Ni a mi madre su manera tranquila de entender el cristianismo como una voluntad de hacer el bien, de no albergar rencor en nuestro corazón. Quizás por eso, incluso en las situaciones más adversas, mantuvo siempre la jovialidad y la alegría.

Mi abuela Francisca, su madre, sí era muy católica. Camarera mayor de Santa Rita, en su maravilloso caserón de la Cuesta de don Álvaro, en el casco antiguo de Caravaca, se instalaba todos los años un altar con la santa, y las puertas permanecían abiertas, y la gente entraba y salía y rezaba el rosario, y para un niño aquello era una fiesta. Aquella confianza y aquella libertad de nuestra niñez, cuando la ciudad entera era nuestro patio de juegos. Aquel mundo de gentes sencillas que nos pertenecía, y al que hoy los resentidos se empeñan en que recordemos oscuro y triste como no era.

Y sin embargo, no hubo una sola vez en que mi abuela –una verdadera señora, pintora en su juventud, lectora del diario Madrid, monárquica juanista- nos hiciera la menor alusión a asistir a la iglesia ni a nada que tuviera que ver con curas. Ni aleccionamiento ni exigencia alguna. Nunca vi en ella más que bondad, respeto, discreción. Los días en la casa de mi abuela, jugando con mi hermana Maricruz, perdiéndonos por la inmensidad de sus habitaciones, las falsas, la cimbra, el huerto, fueron los más felices de mi infancia. Ni siquiera recuerdo que jamás nos riñera.

Nadie me forzó, pues, a ser católico o a dejar de serlo. Con la primera juventud me alejé de la Iglesia de manera natural. Fui, incluso, tan anticlerical como exigía la lucha contra la Dictadura, la de verdad, la de cuando vivía el dictador y corríamos delante de sus policías y agitábamos la vida universitaria y ejercíamos eso que se llamó la contestación. Justo cuando los garzones y tantos ‘rojos’ de plastilina estudiaban muy aplicadamente, mientras otros oíamos silbar las pelotas de goma que nos disparaban los “grises”. Seguramente los antifranquistas de hoy estaban tan ocupados escondiéndose, que no pudieron enterarse de que Franco se murió en 1975.

De igual modo, algunos de los que más golpes de pecho vi darse entonces, son los que con más odio fariseo reniegan hoy de cuanto tenga que ver con el cristianismo, y hasta hacen colas para apostatar, como auténticos valientes, contra una Iglesia demediada. Son los mismos que ocupan sus días en pedir que se quiten los crucifijos de las dependencias del Estado, sean escuelas, ministerios u hospitales.

Están en su derecho. En un Estado aconfesional no debe haber símbolos que puedan resultar ofensivos para las creencias y valores de la gente. Ningún símbolo. No debe permitirse jamás en un espacio público, por ejemplo, nada que recuerde el horror nazi. Pero tampoco, por cierto, el espantoso horror comunista, y sin embargo se siguen haciendo homenajes a personajes siniestros como Carrillo (al que le acaban de dar la medalla del trabajo, será por su eficacia como responsable de Seguridad durante los días de Paracuellos) o la Pasionaria, que fue más mala que la quina.

Así pues, los crucifijos deben ser eliminados si hay alguien que se siente ofendido por ellos. Lo que me pregunto es quién puede sentir ofensa ante la imagen del que fue asesinado por propagar un mensaje de perdón. De quien padeció la persecución por una justicia injusta y fanática. De quien fue torturado y resistió por ser fiel a su corazón. Algo muy malvado y muy miserable ocurre en una sociedad que es capaz de considerar a Cristo un enemigo.

(Publicado en Tribuna La Muralla, diciembre de 2008.)

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