Pepe Perona, el último romano

Déjenme que hoy les hable de José Perona Sánchez, catedrático de Lengua de la Universidad de Murcia y uno de los más brillantes combatientes que nos quedaban contra la estupidez reinante en la enseñanza española. Con su muerte, acaecida el pasado martes, algunos perdemos algo fundamental, un amigo verdadero y generoso; pero España pierde una de las escasas inteligencias a contracorriente que quedaban en su gris y acobardada universidad. La cultura española está hoy un poco peor, pues un hombre como Perona es irrepetible. Fue, por ejemplo, además de ensayista e investigador, un articulista implacable, dueño de una lengua culta y acerada con la que hizo lo que muy pocos se atreven a hacer, y menos en los oasis autonómicos: devastar la inkultura, la tontería progre y aldeana, esa redundancia. En la foto de abajo aparece junto a Arturo Pérez Reverte, que le incluyó como personaje en su novela «La carta esférica», bajo el nombre de Néstor Perona. Las palabras que siguen han aparecido hoy en La Opinión de Murcia, en la sección «Obituario».

Se nos ha muerto Pepe y es como si los bárbaros ya estuvieran a las puertas de Roma dispuestos a arrasarla. Como si la última empalizada que nos defendía hubiera caído exhausta, incapaz ya de aguantar la estupidez interior y hubiera dicho entrad, entrad, salvajes, libradnos de nosotros y de nuestros propios canallas, de nuestros cobardes, de nuestros ágrafos sinvergüenzas, que caiga Roma y con ella la belleza pero también cuantos la traicionaron. Como si hoy viviéramos asomados a un abismo, sobre un vacío en el que él nos sostenía y que sin él es más que nunca “el corazón de las tinieblas”. Hay personas que cuando se van te dejan la sensación de algo acabado, te dejan herido pero resignado. Y las hay que te dejan una soledad de acero, de agujas imantadas, de restos de hierro en la mandíbula, como un dolor de astillas, una ausencia de agua oxidada sobre el pecho. Como si estuviéramos más indefensos, más desvalidos, más inermes.

Pepe era el último romano que conocíamos. Creo que siempre vivió entre su amor por Roma (la cultura, la civilización, el conocimiento, la vida concebida al servicio del gozo que todo eso produce en el hombre) y la conciencia de su irremediable extinción, de la decadencia de una república cuyo abandono en los brazos de la mediocridad la conducía a su fin. Hablábamos, ante ello, de la necesidad de cultivar nuestro propio huerto, como nos había enseñado Voltaire, de refugiarnos en el culto casi secreto de unas virtudes y una vida interior que consolaran ante la barbarie que ya estaba aquí, como en ninguna otra época de la Historia, entre nosotros, destruyendo cuanto habíamos amado, cuanto de noble y hermoso habían creado los hombres y que ahora la marea de los demagogos y los correctos convertía en virutas para ser deglutidas por las masas como píldoras de un éxtasis de fin de semana.

No bastaba con el huerto. Y lo sabíamos. Escribíamos porque no bastaba. Lo sabía sobre todo él, que no podía ocultar, ni siquiera bajo su festivo humor, bajo su vitalidad, que ese sarcasmo era una mueca de melancolía, de derrota ante la cual no nos quedaba más que la risa. Su corazón era demasiado grande y su sangre demasiado torrencial para aguantarse bajo la dulzura de una retirada hacia el invierno Creo que siempre supo que un día no bastaría el humor, que un día no podría contener su ira, esa sangre alzada contra los nuevos gurús iletrados de una sociedad y unas élites cada día más cretinizadas.

No sé si no se habrá ido sólo para no ver lo que le espera a la universidad a la que dedicó su vida, rendida ante las nuevas castas de comisarios psicopedagógicos y sus “estrategias implementables”, decididos a aplastar los últimos restos de sabiduría de los hombres-libro para subyugarlos en una inmensa ESO de “capacidades y competencias”. Ya no bastan los conocimientos, dicen los nuevos godos. Lo que Pepe sabía es que nunca había habido tan poco conocimiento, tanto desprecio por el saber verdadero, y que la barbarie que viene no es más que la extremaunción de una cultura. Si le ha dado tiempo, estoy seguro de que habrá soltado una carcajada contra todos esos a los que llamaba delincuentes.

Hasta cambió su título de catedrático de Lengua Española por el de Maestro de Gramática precisamente para expresar todo su desprecio a esta época que ha hecho de la ignorancia un ideal. Se fue a vivir al Renacimiento para no tener que soportar a tanto pedatonto diciendo que no hay que enseñar gramática, cuando lo que ocurre es que ya no se sabe y por eso reina sobre ella la más absoluta confusión. Sabía que sólo el conocimiento de la lengua nos protege de los manipuladores y los mentirosos, que nada hay más necesario que el rigor de la Gramática frente al aplastamiento ágrafo con que hoy se conduce a las masas al degolladero mientras se las halaga y excita. Fue tolerante con todo, absolutamente liberal en las costumbres, abierto a todas las ideas salvo a la pedantería de los golfos arribistas que estaban arruinando el mundo en que creía.

Pero para algunos de sus amigos, la camada de columnistas que empezamos juntos en los primeros noventa (Abarca, Muñoz Clares…), en nuestro irrepetible Diario 16, fue, sobre todo, un articulista excepcional. Único. Alguien, creo que Diego Muñoz, que había sido alumno suyo y era entonces compañero en la redacción, me habló de Pepe. Entré en una de sus clases sin aviso. Su idioma era aún el de un maestro, es decir, el de un modelo de cultura, incisivo, irónico, radical, selecto, riguroso. Inició una serie de apabullantes textos construidos como diamantes, precisos, simétricos, limpios, hechos para ensalzar una tradición. Era, en efecto, un romano, un español orgulloso que hacía gala de serlo, de ser hijo del Renacimiento y del latín, esa lengua que era su cedazo, cuyo conocimiento ha sido negado a las nuevas generaciones, y sin la cual el español, en efecto, no pasa de ser una lengua vulgar.

Fue un auténtico patricio, el último, amó a Roma, a su familia, a la cultura a la que entregó su vida, a sus amigos y a cuantos placeres se le ofrecieron sin dejar por ello de ser un hombre profundamente moral. Eso es Roma. Nos hizo mejores a cuantos lo conocimos.

La muerte debería dejar que nos despidiéramos. Fuimos amigos durante casi veinte años y voy a echar mucho de menos sus llamadas, las largas conversaciones donde su gracia se desplegaba como una adarga contra la necedad. Pero la muerte es siempre un “golpe helado”. No pido que descanses en paz, Pepe, porque tú no estabas cansado. A lo mejor el paraíso es lo que cada uno ha amado. Entonces estarás entre tus libros, paseando por plazas como la Signoria, esperando a los tuyos y riendo, gozoso de quien fuiste y de quienes nos ayudaste a ser.

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