Juegos de agua (el fin del Trasvase)

No habría enfrentamiento entre españoles si alguien gobernara en Madrid. No hace tantos años que se aprobaba un Plan Hidrológico Nacional con la aquiescencia de los regantes y de los gobiernos regionales, incluido el de Castilla-La Mancha. Hoy pareciera que eso no hubiera podido ocurrir nunca, o acaso en algún milenio olvidado. Entonces, aunque su líder lagarto ya maniobraba en la sombra, el Partido Socialista aún parecía poner eso que se llamaba antaño el bien común por encima de su estrategia partidista, al menos en las formas, y su propia tradición sobre el agua como propiedad nacional se imponía sobre las nuevas taifas.

Pero, ay, cuando se acaba con la Nación, cuando el proyecto consiste en rematarla para medrar sobre su cadáver, se acaban también los bienes nacionales. Hasta en el lenguaje. Repasen ustedes los organismos públicos de los que se ha eliminado en estos seis años la palabra nacional, empezando por el Instituto Nacional de Meteorología, hoy Agencia Estatal, y entenderán la nada sutil marcha hacia la Confedereción de naciones a que nos ha dirigido el Camaleón de Vidrio de la Moncloa.

La actual guerra, o más bien ‘guerrulla’ a pedradas, entre el Sureste y Castilla la Nueva por el agua del Tajo, carece y careció siempre de sentido, y sería anecdótica si no se hubiera visto excitada por quien ha hecho de la cizaña y la división el eje de su Gobierno. Su pasión cisoria, su plan para amurallar las dos Españas sobre el odio en todos los órdenes de la vida, ha llevado a detestables demagogos como Barreda, Iglesias (que acaba de declarar oficial en Aragón la lengua catalana) o Montilla, a construir sobre ese bien nacional, el agua, o mejor, sobre su disgregación, el símbolo de las nuevas naciones que han edificado para su beneficio personal sobre la tumba de España.

Tan peligrosa perversión moral y política, la de alentar la xenofobia entre españoles (¡y se siguen llamando progresistas!), los viejos demonios que tantos muertos han producido siempre sobre las acequias, conducían, y esa era la pretensión socialista, a la derecha a un callejón sin salida: si se sumaban en esos territorios, traicionaban el discurso nacional que es su razón de ser; si no se adherían a los nuevos nacionalismos, desaparecían como alternativa de gobierno en esas regiones y, como consecuencia, también en España. En Ex-paña, claro, pero a eso a Zapatero le importaba y le importa una higa, siempre que él consiga perdurar.

Y ahí fue donde Cospedal y Rajoy entraron al trapo. No sé por qué el PSOE quiere acabar con los toros. La España a que nos han llevado consiste en juegos de niños tirándose piedras sobre el agua, y en corridas de toros donde El Serpiente maneja por naturales la desnatada casta de la nueva derecha. Si ya es un prodigio de burda manipulación mendaz el famoso Preámbulo del Estatuto de Cataluña, el del nuevo Estatuto de Castilla-La Mancha que hemos podido leer días atrás, cocinado en el Grupo socialista del Congreso, es un auténtico trampantojo: el intento de confundir la cuenca del Tajo (teniendo en cuenta, además, que el agua que viene al Sureste es de la Alcarria y no de la Mancha) con la comunidad política de Castilla-La Mancha.

La cuenca del Tajo afecta a varias regiones, incluso a otro Estado, y la Comunidad de Castilla-La Mancha contiene territorios de varias cuencas: Tajo, Guadiana, Júcar y Segura. Es decir, y para cachondeo completo, se le olvida a Barreda que el Tajo-Segura es, en primer lugar, un trasvase entre cuencas de su propia región, a salvo de que Hellín y todo el sur de la provincia de Albacete pidan la independencia, hartos del desprecio con que los trata su presidente.

Alegan razones ecológicas y demonizan los trasvases quienes al identificar el Tajo y Castilla-La Mancha lo que hacen es encubrir un auténtico nuevo trasvase hacia el Guadiana, que es otra cuenca, para llenar las llanuras anejas a su absurdo aeropuerto con los campos de golf que en el Sureste jamás se alimentarán con esas aguas. Así pues, de lo que se trata es de sustituir un trasvase en marcha, que ha producido una gran riqueza agrícola para España, por otro nuevo para fines disparatados. Cuando aceptamos que las regiones autónomas son algo más que meras demarcaciones administrativas, y les damos valor para establecer derechos distintos, entonces se acabó España. Nunca deberíamos olvidar que el Trasvase Tajo-Segura es anterior al invento de Castilla-La Mancha y de todo el resto de autonomías.

Lo cierto, y hay que reconocerlo a pesar de Cospedal, es que si la infamia no ha sido ya aprobada ha sido gracias a la oposición del PP. Sea por la actitud de Valcárcel, por los compromisos adquiridos por Rajoy (más allá de su irritante tibieza), por el disparate que sería renunciar a unas posiciones sostenidas durante años, Cospedal deberá ser consciente de que no pueden sumarse a la estrategia zapatera, que su único futuro es desvelarla, denunciarla, desarmarla y gobernar, cuando lo hagan, procurando rehacer la España en pedazos que Fernando ZP VII nos va a dejar como herencia.

Lo demás son juegos de agua. La triste figura de los socialistas de la Región de Murcia y de la Comunidad Valenciana, perfectamente conscientes de que son su jefe y su partido los que los han conducido al matadero, mientas ellos apuntan hacia un Barreda que no se habría atrevido a rechistar de no haber sido autorizado por el Líder Supremo, constituye un espectáculo que mueve a una mezcla de bochorno y piedad. Zapatero los azuza, entretiene a sus masas con las luchas intestinas que él mismo provoca, y aparece luego a sembrar la paz y a que le deban favores y cargos. La más siniestra forma de gobernar otra vez. Pero tan culpables como él son quienes lo auparon y aún lo sostienen.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído