Menos que un club

Ya no vendrán a la Cibeles a ciscarse en España. Lo que el catalanismo tenía preparado con la excusa de su victoria en la Copa de Europa era tomar Madrid, la odiada, y convertirla en el escenario universal de la última y rediviva ‘venganza catalana’ con la que los nuevos almogávares barcelonistas culminarían estos años de hegemonía. Un milenio como segundones iba, al fin, a concluir con este triunfo simbólico en el que la Cataluña que nunca fue independiente, que no llegó ni a reino, que vivió siempre al rebufo del imperio carolingio, de Aragón o de Castilla, se alzaría como nueva potencia capaz de torear la Constitución, ordenar financiaciones y poner a los tribunales a su servicio, empezando por los árbitros. Hoy educan a sus niños en la mentira y les dicen que la Guerra Civil fue una guerra contra Cataluña. Su antifranquismo oculta en archivos cerrados las imágenes de Barcelona entera aplaudiendo a Franco. Su memoria histórica es puro embuste histórico, la ficción del pasado que alimentó siempre a los totalitarios de todo pelaje, nazis o comunistas. Nostalgia paradójica de un franquismo del que obtuvieron todos los privilegios, menos a Di Stéfano.

Miles de banderas independentistas, de esa nación que nunca existió, estaban ya preparadas para la invasión. Las pancartas de “Catalonia is not Spain”, los cánticos contra España como en la final de Copa que pudimos ver hace un año, los culos culés dispuestos a ser enseñados al mundo como signo de su desprecio a los españoles, todo ese festejo del resentimiento se quedará ya en los arcones de la bilis. Hoy tienen la sangre negra. Hoy saben otra vez que, ajenos a España, nunca fueron otra cosa que una anécdota en la Historia, un empeño nazional eternamente frustrado. No son una nación sin Estado, como proclaman, sino algo mucho más melancólico: una nación sin nación.

También son menos que un club y el mundo entero lo ha visto. La realidad es la contraria a lo dicho por Mourinho: no es que no sepan perder porque están acostumbrados a ganar, sino porque, siempre vencidos, incluso en su imaginario político, en su celebración ‘nazional’, han creído que estos años zapateristas –no en vano su verdadero impulsor, el que les otorgó la nación a cambio de los votos- de triunfos y protagonismo político no habían de acabarse nunca, eran sólo el inicio de su Reich milenario. Por eso no han soportado la derrota. Por eso el espectáculo de su portero, indigno de representar a España, atropellando al odiado entrenador enemigo –que fue suyo, y en las sectas esto no se perdona-, y el bochorno universal de esos aspersores de la impotencia, de la rabia infantil que es, siempre, el eje de las conductas nacionalistas: la esencial imposibilidad de crecer.

El estallido de alegría que nos inundó a casi todos los españoles –hay algunos que siguen sin querer enterarse de que Laporta hasta los llamó imbeciles por ser barcelonistas sin ser catalanes, recuerden a Fernández Vara, el presidente de Extremadura- no proviene de barcelonitis alguna. Yo celebré en las calles de Barcelona, donde vivía, la Recopa del 82, entre otros muchos éxitos barcelonistas.

De lo que ya estamos en verdad hinchados, es decir, hasta los cojones, es del nazicatalanismo –atentos, no hablo en absoluto de los catalanes como tales, cuya lengua me honro en hablar y de los que guardo recuerdos imborrables y muchos amigos a los que estimo tant – del que el Barça es arma y emblema principal. De su permanente desprecio, de sus chantajes, sus amenazas, su chulería, su Estatut del capullo, sus balanzas fiscales, su política lingüística, su victimismo. Hasta el mismísmo nabo de ese eslogan infame del socialismo catalán de “ni una gota de agua para el sur”. Hasta la santísima punta de la bilateralidad, de la constante barrila con las selecciones deportivas, de los ‘setecientosmil’ referendums, de tanto choteo que ya dura treinta años, siempre exigiendo, siempre dando por saco.

Estamos tan aburridos como de ese fútbol monocorde y archisabido que es ya hoy el de su equipo, al que sólo el gran Messi salva cuando se decide a romper con la parodia de la yenka en que se han convertido: izquierda-izquierda-derecha-derecha-delante-detrás-un-dos-tres. Un equipo en minoría, simplemente disciplinado y convencido, no les dejó el miércoles pasado ni asomarse al área. Una lección de defensa y humildad que no olvidarán.

Siempre hemos festejado los españoles –los culés jamás lo han hecho, que yo lo he vivido- el éxito de cualquier equipo español. Y lo seguimos haciendo. Como lo hicimos el jueves con la clasificación del Atleti, con las gradas llenas de banderas españolas. O cuando los triunfos europeos del Sevilla, del Betis, del Villarreal, del Valencia… Lo que pasa es que el Barça ya no es un equipo español. Ni una sola bandera, ni un gesto ni una palabra de afecto hacia España y los muchos españoles que les siguen. Nada. Al contrario. El odio, la revancha, la distancia. Sólo imaginar el disgusto de Laporta, Sala i Martín, Carod, Zapatero, Puigcercós, Benach, Montilla, Mas, Pujol, Maragall… o de todos los que salieron a celebrar el “puta Espanya”, con Carmencica Chacón, Madrina de los Charnegos Conversos, al frente, produce un regocijo impagable. Aún estamos riéndonos. Confórmense con la Liga. Española, por cierto, qué oprobio.

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