El dilema espanyol (o la secesión de Cataluña)

Han olido a muerto. Los moros, los mercados… y los catalanes. Ya no es el cadáver de Franco, como entonces, cuando Hassán y su Marcha Verde se quedaron con el Sahara, es el cadáver de España el que se expande por el ‘Zanatorio’ como una pasta viscosa y ya no verde, marrón, marroncilla, marroncica, de todos los tonos del marrón, una mancha que ha ido penetrándolo todo, las juntas, las esquinas, los armarios, los partidos, la Justicia, las instituciones, las empresas, la idea misma de una nación de todos. España es hoy un botín exhausto, una piel estirada bajo la que los huesos se han hecho ya arenilla, disolución sin memoria siquiera, un saco de excrementos deslizantes que fermenta y humea bajo las puertas anunciando su hedor.

Y sobre ese hedor, los nazionalistas catalanes publicaban el viernes un artículo firmado por 62 de sus principales columnistas, “El dilema espanyol”, en el que amenazan claramente con la secesión si lo que llaman Espanya –todos los demás-, y en nuestro nombre el Tribunal Consttitucional, no les concede lo que solicitan.

O sea, y por concretar, el Estatut de privilegios que arreglaron con Zeta, y cuya finalidad era convertir a Cataluña en nación hegemónica sobre España, potencia colonial de facto a través de su dominio del mercado interior, dotada con derecho de negociación bilateral y veto sobre las decisiones comunes –todas, puesto que cualquier medida de Estado así lo sería-, pero libre de decidir en su propio territorio lo que le viniera en gana sin que ‘Espanya’ pudiera intervenir en modo alguno en ello: derechos lingüísticos, enseñanza, justicia, etc. Y, como norma primera y origen de todo, un sistema de finaciación que les permitiría gozar de las ventajas de un riquísimo Estado propio, incluido un Servicio Exterior para el que acaban de crear hasta ¡un cuerpo de funcionarios!, pero contando además con todo lo que del Estado español, pagado por los demás, pudiera resultarles útil. No me negarán que es cojonudo. Un traidor se lo concedió y otro traidor, el Vellido Dolfos de Iznájar, lo sostiene hoy para su gloria.

El artículo es muy divertido. En primer lugar, porque revela el grado de envilecimiento colectivo de una región que fue tierra prometida de la libertad, y hoy se refocila en acciones colectivas de este jaez: el texto ha sido espontáneamente promovido por el Tripartito, a cuyas subvenciones ya no escapa nadie. Pero es que ni siquiera sería necesario plantear vetos. La imposición del nazionalismo en las élites catalanas es tal, que los pocos que se escapan sólo escriben o hablan en Madrid o, directamente, como Boadella y Loquillo, se han ido allí a vivir.

Lo segundo, para que se aprecien los servicios socialistas al orden nazional catalán, es que de los sesenta y dos columnistas sólo seis tienen apellidos espanyoles. La metáfora revela que sólo un diez por ciento de los catalanes con un cierto estatus en los foros de opinión son de origen ‘espanyol’, mientras constituyen un sesenta por ciento del conjunto de la población. Y eso a costa de asimilarse al pensamiento único del linaje catalanista dominante, el de sangre pura (o escondiendo apellidos ‘innobles’), que ocupa el noventa por ciento de los puestos decisivos de la sociedad catalana. Y encima tienen el morro de afirmar que la inmersión y la integración han sido un éxito. ¡Ah!, esas coartadas llamadas Montilla y Chacón.

Por lo demás, el artículo es un refrito del repertorio de falsedades ya conocido: que son una nación, que España es multinacional, como la Coca-cola, que se han enfrentado en dos guerras a la Monarquía Hispánica (de una volvieron corriendo a llamar a las puertas de Castilla y la otra, la de 1714, cuya derrota celebran cada año, fue para todo lo contrario, para defender la Monarquía Hispánica frente a las aspiraciones borbónicas), y que ellos son los más guapos y por eso pueden votar las condiciones en que se quedan con nosotros, pero nosotros ni podemos votar ni siquiera esperar a que el órgano (del órgano, el TC, ya hablaremos otro día) que vela por el pacto que nos obliga a todos, la Constitución, nos diga si nos la están metiendo o no.

En lo que sí aciertan es en que estamos en una encrucijada y en que esta Cataluña nazificada nos pone delante del verdadero dilema ‘espanyol’: la supervivencia como nación, como Estado independiente, como sociedad. El País Vasco y Cataluña son nuestros cánceres. Y, como decía Fernández Ordóñez, el gordo es el catalán. Todo el dislate autonómico, el regreso a la España austracista y foral, anterior a la Nueva Planta y a la modernidad, se hizo por ellos y para ellos, con la generosidad y el deseo de frenar el terror en un caso, y el llanto eterno de los cocodrilos cuatribarrados en el otro.

Para nada ha servido. Nos hemos destruido nosotros sin que a ellos les baste nunca. No puede bastarles, porque es sobre esas insatisfacción y desafección sobre las que han erigido el mantenimiento de los privilegios de una casta a la que la inmensa mayoría de los catalanes es ajena.

Así pues, pocas cosas podrían ser más beneficiosas para España, en este momento de ruina, que la secesión anunciada. Al principio sufriríamos, pero a la larga resultaría extraordinario poder encarar la reforma radical que el Estado autonómico exige y que con Cataluña dentro, controlando España a través de la ley electoral, es imposible. Es lo que llaman, en el artículo de marras, la involución: “…la realitat obligarà els catalans a triar entre la involució i la secessió. I no cal dir que si aquest esdevé finalment el dilema només hi haurà una opció compatible amb la història i amb les aspiracions polítiques de la majoria de catalans actuals.”

Vaya, que si les damos a elegir entre la involución (igualarlos con los demás, poner cordura en la dilapidación del dinero de todos, reducir las castas feudales, reconstruir la convivencia) y la secesión, optarán por la segunda. Bienvenida sea. Ya están tardando.

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