Zapatero sí es de izquierdas

Ha comenzado el espectáculo. Los que eran zapateristas hasta ayer, en el periodismo, en eso tan acuoso que se llama la cultura, en la política, en la empresa, el sindicalismo o la banca acaban de iniciar sus operaciones de abandono del barco, una defección de momento paulatina que con los días se hará desbandada, fuga, delirio, atropello. Los más listos, la gente de corcho, el aceite de la Historia, vadean ya los arroyos, rondan y zurean alrededor del marianismo, al que empiezan a encontrar progresista y moderno.
Es una risión verlos alzar sus voces de tenores flácidos contra el figurón al que adoraron. Ya vaga solo por los pasillos de su propio pasado, ya le siguen no más los espectros de los que degolló, los vivos huyen con el botín y le acusan de réprobo y de no ser de izquierdas. A todos los que hoy lo abandonan los compró con su BOE, la espada moderna de los conquistadores, y estuvieron con él mientras duró el alpiste. En su mismo partido ya no son únicamente los viejos caudillos los que claman contra el necio soberbio que los desplazó. Son los cientos de miles de puestos de trabajo en la Pesoe los que peligran. Sus señores feudales, a los que colmó de gracias, a los que dio licencia para arruinar en sus taifas, para gozar de omnímodo poder, han salido disparados sabiendo que el Titanic ZP los arrastrará con él. Montilla, que pasó de maoísta cordobés a hablar en catalán en el Senado; Griñán, al que el caramelo no le dará ni para ganar sus primeras elecciones; Barreda, que ya nunca llegará a ser BonoLlamazares, que le arrodilló su partido y ni siquiera fue ministro… Todo se mueve. Hay que recolocarse, poner culo en pared, deshacerse de lastres ideológicos, apuñalar y echar al mar los puñales, raparse la cabeza y negar la culpa, negar a Zapatero, que no era de izquierdas. Así les ocurrió siempre a los autócratas.

Pero Zapatero ha sido y es un socialista radicalmente ortodoxo. Zapatero deja tras de sí lo que siempre ha dejado la izquierda: ruina y apropiación del Estado al servicio del Partido. O mejor, la primera como consecuencia de la segunda. Incluso mucho antes de caer el muro de Berlín, el socialismo había aceptado la imposibilidad de derrumbar el capitalismo y se había trazado un nuevo rumbo: pactarían con el capital una suerte de reparto de territorios, el dinero sería respetado, el sistema mantenido, pero la sociedad y su organización esencial, el Estado, pasarían a ser ocupadas, como botín, por el socialismo. La derecha quedó fuera de ese pacto y aún no se ha enterado. Su única misión sería reflotar el sistema cuando las cosas vinieran mal dadas, pero sin poner jamás en peligro las bases ideológicas del mismo.

Para las grandes fortunas era perfecto: la izquierda ya nunca amenazaría sus intereses, más aún, se encargaría de sostenerlos. El socialismo moderno necesitaba de la ubre capitalista para extraer de ella los excedentes con los que servir a su proyecto: no el Estado del Bienestar -que sacrificarán en cuanto sea necesario, ya han empezado a hacerlo-, sino el hombre nuevo, el recurrente sueño totalitario por excelencia que les permita perpetuarse eternamente en el poder en calidad de administradores. ¿Cómo? Adecuando y transformando las mentalidades, convirtiendo el pensamiento libre en una maquinaria subsidiada.

El Estado, su Estado, se encargaría de todo, subvencionaría a todos, crearía grupos alimentados y dependientes sobre los que basaría su control del conjunto social. La educación, desde la guardería a la universidad (ahora ya hasta hablan de educación para toda la vida), y los centros ideológicos (medios de comunicación, cultura, cine, música, ciencia, iglesias…) se convertírían en los ejes de toda su estrategia: no cambiaremos el sistema, pero iremos penetrándolo, nos sumaremos a él. El hombre dócil y sin atributos que están creando, sometido a la corrección política, incapaz de advertir su conversión en hormiga teleconsumidora, es además el perfecto integrante de la masa futura. Los explotados ni siquiera lo sabrán.

Como ejemplo, recordemos que muchos de los izquierdistas más conspicuos y con más capacidad de producir ideología son hoy gente muy bien situada, de altísmo nivel de vida o, directamente, millonarios gracias a los favores del poder político. El más significativo, Jaume Roures, un independentista y comunista catalán, principal aliado de Zapatero, dueño de Público y la Sexta, que hace algún tiempo reveló que él se estaba forrando para servir a la Revolución. ‘Pasmaos’ estamos todavía.

Ha sido este proyecto el que nos ha arruinado, no en tanto que particulares, pues nadie nos obligó a comprar los pisos que debemos. Pero sí que es el proyecto que ha hundido las cuentas públicas, el proyecto de ocupación social que hoy se quiere hacer pagar a los ocupados. En todos sus sentidos. Cuando la ‘hidra’ capitalista, a la que se dejó campar a sus anchas -incumpliendo el único deber del Estado, que no es decirnos cómo debemos vivir o pensar, sino vigilar que se cumplan las leyes para que el mercado libre no sea pervertido y puesto a los pies de los bandidos-, se le agotó, cuando dejaron de entrar en la caja las inmensas ganancias derivadas de la compraventa de inmuebles, Zapatero fue, y lo seguirá siendo, incapaz de desnudar su proyecto y dejar sin golosinas a todos los nichos de su régimen.

Eso es lo que llama, en verdad, política social, no las pensiones ni los magros salarios públicos, a los que no ha dudado en exprimir. Política social-ista son aquellos que le sirven para avanzar en la metamorfosis ideológica de la sociedad, a los que por eso no toca un pelo; y aquellos otros, los sindicatos, que utiliza para mantener controlada cualquier posibilidad de un estallido social por parte de los excluidos de ese pacto, gran capital-izquierda, sostenible y sostenida, de que hablamos.

La izquierda real, en su plenitud posmoderna, la hemos conocido, pues, con Zapatero. No tanto con un González que acababa de renunciar al marxismo y encabezaba un proyecto de modernización que entonces todos compartíamos. Zapatero, al contrario, llegó engañando desde el primer minuto, persiguiendo extender el Estado hasta los últimos rincones de la intimidad, de la cotidianidad, de la sentimentalidad. Y eso es muy caro. No le importaba endeudarnos, ceder competencias a los feudos. Daba lo menos, para controlar lo más: la relectura de la Historia, el sometimiento del hombre a la sabia clonación con el partido, a la reconducción ideológica, a la verdad revelada de que la libertad sólo puede darse dentro del bando correcto. El suyo. La única religión verdadera. Y estará muerto, pero sigue ahí. Y hará lo que sea para quedarse.

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