La Confederación Catañola y el fútbol (II)

Si hay algo que revele esa escisión sentimental y política en que vive la Cataluña moderna desde la Renaixença (el inicio cultural de lo que luego daría en separatismo político), esa esquizofrenia que los ha destruido a ellos y a nosotros, es el fútbol, su conversión en símbolo y ejército de la frustración nazional que ha caracterizado la trayectoria histórica de Cataluña. La selección nazional catalana ha sido siempre el F.C. Barcelona, de ahí el “mès que un club” (“El FC Barcelona es ‘més que un club’ en Catalunya, porque es la institución deportiva más representativa del país”, es lo que dice la página web del Barça sobre sí mismo) , y no la selección española, un equipo impuesto, según sus desvaríos míticos, reflejo de la colonización a que España ha sometido históricamente a la nación catalana y al que se ha obligado a acudir a los jugadores catalanes contra su voluntad. Por eso, nada más dañino para esa utilización del fútbol como arma sentimental del separatismo que los triunfos de la selección española, de la España cuyo nombre han sustituido, con la ayuda de nuestra sedicente izquierda, por el color de su uniforme para no ahondar en la llaga de ver a un equipo integrado mayoritariamente por catalanes representando al odiado opresor.

Ese conflicto interior, esa grieta por la que se desangra una región que siempre fue España y bilingüe (al menos desde la llegada de la dinastía Trastámara a la Corona de Aragón), pero que dejó de aceptarse a sí misma con las secuelas del Romanticismo, estallaba el pasado miércoles cuando el equipo de España vencía en las semifinales de la Copa del Mundo a la poderosa Alemania. Esa mayoría de catalanes que no existe en la visualización del Régimen, ajena a los cargos públicos y a la representación oficial, que no vota en las elecciones autonómicas, que vive, piensa y siente como los españoles de cualquier otra región, salió a la calle a cantar “yo soy español, español, español” para escándalo de la casta, pues ese grito supone la voladura de las bases ideológicas sobre las que la clase política del cuatripartito (la izquierda gobernante y CiU) ha construido su camuflada dictadura.

España no tiene, pues, un problema en Cataluña. Si los catalanes fueran mayoritariamente separatistas, se habrían ido ya y adiós. El problema es de Cataluña, de una comunidad que sin ser separatista vive formalmente como si lo fuera. El problema es que en Cataluña la democracia es un inmenso embuste que no sólo no representa su pluralismo interno, sino que en nombre de la España plural del falsario PSOE de hoy, ha aplastado, ocultado y perseguido a la auténtica Cataluña plural, hasta que unos muchachos de ‘rodalíes’ (el modo en que los nazis nombran con desprecio a la gente de las afueras) salen a la calle a gritar ¡Viva España!, a agitar la bandera rojigualda, a celebrar el triunfo de un equipo de todos que es una bofetada para los nazionalistas. Su desgarro es que ni siquiera la mayoría de los catalanistas mismos quieren lo que su corazón les dicta y su discurso dice, porque saben que no les conviene.

Esa esquizofrenia ha vuelto a encarnarla mejor que nadie, tras la etapa de claridad de Laporta, el nuevo Barça del astuto Sandro Rosell. Unos días después de presentarse en Extremadura a desagraviar a su principal sucursal barcelonista en España –recordemos que Laporta había llamado imbécil a su presidente, Fernández Vara, por quejarse de un Barcelona nazionalista, cuando nunca fue otra cosa, y allá Fernández Vara si no se entera-, el fino Rosell se afiliaba a Òmnium Cultural, la principal entidad civil del separatismo, organizadora de la manifestación del sábado, y ponía al club “al servicio del país” y de sus instituciones, confirmando que una alta representación del Barça estaría presente en la manifestación.

Un acto abierto de reclamación de soberanía y privilegios, de rechazo y odio a España, encabezado por un socialista cordobés y con el lema “Somos una nación. Nosotros decidimos”. Lo que quiere decir que los demás españoles no decidimos nada, y a crujírnosla, con perdón de la mesa, como fue siempre. Eso sí, no engañan a nadie, puesto que el texto del Estatut les reconoce la nación, y el Gobierno de ZP la decisión, en la medida en que van a usar las leyes para traicionar a la Ley y darle a la Generalitat la parte de soberanía judicial, casi completa en lo demás, que el TC le ha recortado.

Y todo un día antes de que España, el equipo nacional español, ganara la Copa del Mundo y un turbión de catalanes saliera a las calles a expresar su contento. A explotar frente a tanta estupidez y a la inexistencia a que se les ha condenado durante treinta años. Lo decía muy bien, con intención sarcástica, claro, una web catalanista refiriéndose a la celebración en Canaletas (¡horror, en el lugar simbólico del barcelonismo!) de las victorias españolas: “El patriotisme espanyol surt de l’armari (El patriotismo español sale del armario)”.

En la misma página, E-noticies, aparecían también unos jóvenes de Esquerra cantando el “I puta Espanya…” mientras veían el partido con Alemania, o el delator Santiago Espot, presidente de una asociación que se dedica a denunciar comercios que no rotulan en catalán, pregonando su apoyo a Holanda. Por su parte, en El Punt-Avui la información sobre aquel partido aparecía en la sección Europa-El Món, o sea, en internacional. Es suficiente. A los que han llenado estos días Barcelona y toda Cataluña con banderas de España los llaman “colonos”. Pues colonos todos. Lo que ya empieza a fatigar a muchos españoles es tener que convivir con esa Cataluña frustrada que ni siquiera sabe vivir consigo misma

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