La Confederación Catañola y la izquierda (y III)

La Constitución es hoy papel de liar y hace demasiado calor en esta Murcia africana. Sólo queda la cansera, esa fatiga del espíritu que siempre devoró a los hijos de España que se atrevieron a soñarla civilizada, democrática, libre de caciques y de fanáticos capaces de gritar ¡Vivan las caenas!, el lema que nuestro Fernando VII de bolsillo, el ZerPiente, ha recuperado para estos días aciagos. Trescientos años intentando dotarnos de un Estado moderno, que a nadie benefició tanto como a Cataluña, para regresar ahora a la España austriaca, la confederación de estados de la Monarquía Hispánica, la injusta unión en la que Castilla ponía el dinero y los soldados, y a la que entre Maragall , Rodríguez y su TC nos han devuelto.

No otra cosa es lo que resulta de la esperpéntica sentencia del Constitucional: una confederación difusa, que no es legal, pero tampoco ilegal. Podríamos decir que a partir de ahora España es un estado alegal, pues ya no está sujeto a la propia Ley en que se fundamenta, motivo por el cual el presidente de su Gobierno dice que se la saltará, y uno de sus virreyes regionales, el catalán, afirma que la incumplirá. Que nadie se altere. Sólo hemos vuelto al barroco.


Durante estos años zapateros, además de la degradación de España, como nación y como estado, lo que en verdad más estupor me ha producido es la actitud de la izquierda, su apoyo a quien ha conducido al Partido Socialista Obrero Español (escribirlo entero y compararlo con lo que hoy es ya produce ese estupor) al envilecimiento, a la más absoluta desnaturalización, a la completa traición a aquello que nos vendieron en la remota juventud como su seña de identidad esencial: la igualdad.
Lo que estos días acaba de confirmar su Zapatero profeta ¡en sede parlamentaria! es que Cataluña es una nación política y que él es procatalán. O sea, que tenemos un presidente socialista del Gobierno que no es proespañol, sostenedor de la igualdad de los españoles ante la ley, sino partidario –y nunca mejor dicho- de una parte, a la que considera otra nación, con lo que nos sitúa ante dos soberanías enfrentadas.

Ese es el conflicto que ha hecho ya irresoluble con la única intención de perpetuarse. Y decía que venía a unir España, el desalmado. Así, tras afirmar que esa nación política no tiene efectos jurídicos, dislate TC donde los haya, afirma a renglón seguido que él va a encargarse de que sí los tenga. Ya lo he dicho: España es hoy alegal ante sí misma, la han dejado fuera de la Ley.

¿Es posible que cientos de miles de militantes y millones de votantes puedan aceptar un engaño semejante? ¿Es su sectarismo mucho más poderoso que la fidelidad a lo que dijeron defender siempre? ¿Antes rota que azul? Sólo tienen que ir a cualquier diccionario y aprenderán que el federalismo, que supuestamente constituye su idea de Estado para España, es lo contrario de la Confederación Catañola de ZP. El estado autonómico fue una obra de filigrana para introducir precisamente el federalismo (que es una solución para naciones nuevas) en la más vieja nación de Europa.

Se establecieron velocidades distintas, pero un mismo horizonte de llegada en el que todas las comunidades serían esencialmente iguales, pues no de otra forma podía sostenerse la igualdad de los españoles ante la ley. Y es ese federalismo, por igualitario, el que jamás aceptaron los nazionalistas, que lo que piden, lo que está en este Estatut, es precisamente el estatus diferencial, la desigualdad, el privilegio: estar siempre en un escalón superior a los demás. La asimetría, que decía Maragall.

Lo que ha hecho ZP con el Estatut es, por tanto, meternos de dobladillo una Confederación, una estructura para la unión de naciones preexistentes, las cuales conservan su soberanía y sus diferencias legales. Una Confederación en la que Cataluña y Vasconavarrilandia (camino de unirse bajo el poder del nacionalismo vasco, que es la próxima estación zapaterista) se reinventan como naciones ajenas a España con algunos servicios compartidos. Se acabó, pues, la soberanía del pueblo español, sometido a partir de ahora, para mayor infamia, a los vetos y las voluntades de las otras ‘naciones’, que no sólo nos imponen la confederación sino el conjunto de privilegios que Fueros y Estatut configuran. En resumidas cuentas, que ellos tienen derecho a decidir cómo se asocian con nosotros, pero nosotros no podemos ni pronunciarnos sobre las condiciones de esa asociación. Ellos votan, nosotros no.

Ahora sí que es cierto que España se parece al PSOE. Zapatero se ha encargado de ello. Porque desde 1977, hay que recordarlo, el PSOE dejó de estar presente en Cataluña tras regalarles “el cinturón rojo” a los señoritos catalanistas del Boccaccio, los Serra, Reventós, Rubert, Obiols, etc. El PSC es un partido soberano que hoy, paradójicamente, dirigido por andaluces y extremeños conversos (Montilla, Chacón, Corbacho…), ha comenzado a actuar como tal. Con una relación de privilegio mucho más que confederal con el PSOE: los socialistas catalanes ocupan puestos por cuota en todos los órganos del PSOE, votan y deciden. Pero el PSOE no tiene presencia legal ni capacidad de decisión en el PSC (un partido que ha hecho de Cataluña la nueva Polonia, y no es un chiste, sino el resultado de la reedición del pacto entre comunistas y nazionalsocialistas, el famoso Molotov-Ribbentrop).

Eso es lo que significa para España, y contra la Constitución, el Estatut: que nos tienen cogidos por los huevos.

Hace treinta y tres años, pues, que el PSOE dejó de ser español. Zapatero ha resuelto ese desfase. Ha desgajado Cataluña de España y así Partido y Estado ya son lo mismo. En fin, tampoco es tan raro: ese fue siempre el proyecto socialista.

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