El niño down de Vicente Del Bosque

La escena más emotiva que hemos podido ver en las celebraciones por el reciente Campeonato del Mundo de la Selección Española ha sido, al menos para mí, la de Álvaro, el niño-down de Vicente Del Bosque , abrazado a la Copa y festejando con todos los jugadores, como uno más, el éxito de España y de su padre. Estoy seguro de que cualquier persona que haya convivido con un niño down piensa lo mismo que yo. Pero, sobre todo, lo siente en su corazón, pues sabe que no hay personas en el mundo con una capacidad de dar afecto y despertarlo en los demás como los down.

La ternura infinita que iluminaba el rostro de ese hombretón circunspecto, sobrio, tan castellano, cuando hablaba con su hijo, la sonrisa de orgullo y emoción apenas contenida, revelaban la que debía ser inmensa alegría interior ante la felicidad que todo eso producía en el chico. Y nada, ni haber llevado al equipo de España a lo más alto, ni ser reconocido como un entrenador irrepetible por su conjunción de inteligencia y sensatez, ni las pequeñas revanchas personales frente a algunos iluminados que lo echaron de su casa, el Madrid, nada, repito, nada, podía producirle a él en ese momento tanta dicha como poder compensar a su hijo por todo el amor que ha debido recibir de él.

Lo que no saben quienes no han tenido la fortuna de conocer a un down es que no hay ningún amor comparable al de estos niños eternos. Dejarse abrazar por ellos es verse envuelto en algo tan cálido, tan limpio, tan dulce, tan verdadero que ningún otro abrazo podrá devolvernos jamás esa sensación de estar, si existen, abrazando a un ángel. No hay en ellos maldad ni doblez alguna. No hay en ellos más que una eterna disposición a la alegría, una alegría que contagian y que jamás es fingida. Sólo ellos nos hacen sentir eso que llamamos la inocencia y que hemos borrado de nuestras almas resecas. Sólo ellos, con su cariño apabullante y generoso, nos obligan a rebuscar en el corazón algún resto de aquellos que alguna vez debimos ser. No hay nada que nos obligue a sonreír, a nacer cada día, como vivir con ellos.

Vicente Del Bosque ha demostrado que es eso que llamamos un gran tipo. Pero donde su bondad se percibe en plenitud es cuando está con su hijo. Entonces es cuando se ve por qué trata a los jugadores de la selección como un padre justo y responsable, por qué ellos lo respetan y lo quieren: porque no ha dejado nunca de serlo, de ser el padre necesario. Los hijos, sin remedio, y así debe ser, nos abandonan, dejamos de ser padres de algún modo cuando nuestros niños y, sobre todo, nuestras niñas terminan por marcharse con cualquier julandrón. Pero ellos, no. Los niños down son nuestros hijos para siempre, son un amor inacabable, un amor tan poderoso y frágil que ya sólo vivimos para protegerlos, para verlos dichosos, para devolverles alguna pálida sombra de su ternura de niños grandes.

Gracias, pues, Vicente Del Bosque, don Vicente, no sólo por el Campeonato y el gozo que has proporcionado a esta demediada nación, sino, sobre todo, por haber llevado a tu hijo contigo, por haberle dado al mundo una lección mucho más importante, casi heroica. La de la vida por encima de todo.

Sin embargo, hace ya algunos años que en España comenzamos una paciente tarea de exterminio de estos ángeles de ojos dulces. La ley del aborto anterior, con el coladero que suponía el supuesto de la malformación del feto, abrió la puerta para que se hiciera legal también en España la locura de una humanidad que ha decidido regresar a la barbarie, pue sólo así puede entenderse que estemos acabando con los niños down, que ser down constituya “una malformación”.

Lo único deforme es ya esta civilización, este extraño país que acaba de sancionar que acabar con estos niños es un derecho de las madres y que pueden aniquilarlos con más de cinco meses de embarazo. Dentro de unos años ya no habrá niños down. Criarlos exige, en efecto, un amor que ya no tenemos. Demasiado amor para estos tiempos.

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