Fidel y el dinosaurio

Al despertar supo que el dinosaurio todavía estaba ahí. Pero a diferencia del relato de Monterroso, lo que Castro no alcanzó a distinguir era si el dinosaurio era él o la Revolusión. Ese inmenso vestigio fósil de Cuenca, que revelaba la existencia de un tipo desconocido hasta entonces, con su joroba, sus alas, su condición carnívora, ¿de quién era metáfora? Acaso había llegado la hora de salvar la Revolusión apartándose de ella, negándola, antes de convertirse en la huella de piedra de sí mismo, como la sombra mordida de humedad y miseria en que habían convertido la Habana Vieja.

El marxismo-leninismo, además, ha ofrecido siempre a sus usufructuarios –el bajorrelieve de tiranías carnívoras de la que ya sólo quedaban las dinastías de Cuba y Corea como orgullosas arqueologías- una extraordinaria ventaja teórico-práctica: la Revolusión no fracasa nunca, no puede juzgarse porque nunca está acabada, su naturaleza es la del proceso, la de la ciencia social aplicada por frágiles hombres a los que sólo unos escasos dioses (la vanguardia, el Partido) salvan con su vigilancia permanente, indesmayable.

Fidel tuvo siempre la clara conciencia de que él era ese Dios vigilante, el héroe generoso que nada quería para sí, aquel al que se le había impuesto una misión sagrada. Y era de nuevo ese cometido profético el que exigía un giro radical, la nueva verdad que tras sus cuatro años de postración y enfermedad debía impulsar la Revolusión hacia un nuevo horizonte.

Decir, como hizo en estado duermevela, en esa preconciencia luminosa en que los hombres grandes engendran las utopías, que el comunismo cubano no servía ya ni para ellos, no era sino negar al dinosaurio, ponerse otra vez al frente de la Historia. Ni él ni la Revolusión acabarían así, con su joroba de piedra provocando el alborozo de los arqueólogos. Aquel despertar fue una revelación.

Por primera vez en la tradición de los relatos, el Rey Desnudo, el Emperador del Traje de Oro en su Retablo de las Maravillas daba la vuelta a la Historia y se atrevía a señalar a todos los cobardes, aduladores, cínicos y mentirosos, a toda la Ziquierda burguesa universal, a los intelectuales marxistas de BMW y jabugo, a los idealistas con caja de seguridad, para mostrarlos, a ellos sí, en su estúpida e hipócrita desnudez. Los castristas que lo han mantenido durante medio siglo, los que aún defienden la Gran Mentira, como los actorzuelos de la zeja hispana, han resultado al final definidos por el dictador como listos-tontos útiles. Ningún acto más revolucionario que esa confesión. La Revolusión podía estar muerta, y ser un nido de canallas, arribistas y sicarios, si es que alguna vez había sido otra cosa. Pero él perduraría.

Ahora le han obligado a desdecirse y seguir profetizando los males del capitalismo. Pero ya se ha anunciado medio millón de despidos. El castrismo no está dispuesto a seguir matando de hambre a una nación entera de empleados del Estado que, a cambio de un salario equivalente a dos botellas de aceite al mes, se niega a trabajar. Hay que echar a tanto parásito, que no crezca la gusanera. Es posible que ahora vuelvan a ponerse en producción, si los dejan, cientos de parcelas abandonadas que los comités revolusionarios decidieron que debían dejarse yermas. O que florezcan pequeños negocios que la infinita imaginación de los cubanos podría poner en marcha si no hubiera una marea de burócratas que sobrellevar. La Revolusión debe dejar de ser la Revolusión para permanecer. Y al frente, siempre, Fidel . Que el polvo de la Historia no lo reduzca a sombra. Que al despertarnos, los dinosaurios sigan estando ahí.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído