ZP: «La tierra no es de nadie, pero el mar sí: de Coalición Canaria».

Yo quiero que Zapatero se quede, que se presente, que gane. Cinco años más con este prodigio de jeta (por eso pacta con los jetales, ¿o son jeltzales?) podrán dejar España en polvo, sin sentido, polvo será, mas polvo desguazado, y que me perdone don Francisco de Quevedo, pero nunca habremos visto tales maravillas. No le bastaba con darles naciones a cuantos se las pidieron, ni hasta el último euto que quedaba en la sentina, ahora les ha entregado el mar, la mar inmensa, convertida en jugosas parcelas. Coalición Canaria se va de la Moncloa llevándose el mar con ella, unas aguas territoriales en las que ya no podrá pescar ningún godo jediondo.

Mañana pedirá su mar Montilla, yates y señeras al viento, y hasta Fernández Vara la dará, exigiendo una salida al mar, la mar, para esa Extremadura que tantos marinos aportó al genocidio español (iba a escribir a la gloria de España, pero cualquier asociación de purga histórica podría denunciarme al Juez Cazador). Y, por supuesto, el gran Barreda, el Desertizador de Surestes, querrá hacer navegable el Tajo para surcar los mares de campos de golf en Ciudad Real que soñaron los jerarcas de su Caja mientras se la repartían. Agua para todos, sí, dirá Barreda, pero del mar.

El futuro se muestra esplendoroso con el Zocialismo ZP al frente. A los nazis vascos, como ya se lo ha dado todo, incluida la cabeza de Patxi López, tras la hermosa danza del velo de Otegui ante la mesa de Herodes Urkullu, próximo Presidente Tripartito del Estado asociado que sucederá a la adaptación curricular de la ETA, les será concedida la Cruz Laureada de San Sabino, máxima condecoración de la Condeferación Euskoñola. O Euskoñante.

Y a Castilla, que para entonces ya volveremos a ser todos los demás, todos los que no podemos ser otra cosa, como habría dicho Cánovas, y hasta Sagasta (hay un verso genial de Ramón Irigoyen que, cito de memoria, dice algo así: “Ya sabes, Cánovas, que el amor Sagasta.”), los ‘castellanos’, digo, nos quedaremos las raspas, las aguas territoriales de la nada, la memoria triste de aquello que una vez fue el mar español, y hoy ya no es ni mar. Sólo la sombra de un desguace, las huellas del último almirante traidor, de un gobernante grotesco que está pidiendo a gritos un Valle-Inclán que lo cuente.

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