Felipe (II), el regreso y la herencia

Zapatero ha llamado a los pretorianos no sé muy bien si para que le defiendan o para defenderse de ellos. Hace muchos años que pedí que su guardia acabara con Zetalígula, y ese es, al fin, el resultado práctico del cambio de Gobierno y el ascenso a valido de Rubalcaba: que nos encontramos con un gobierno intervenido por su propia facción y ficción, que a ZP lo han secuestrado en la máquina del tiempo felipista y lo han desembarcado en aquellos años finales del GAL y la corrupción a los que quiso repudiar, entre aquellos veteranos a los que despreció, para que sepa y deguste que sin ellos no es nada, un fantoche que en una situación incomparablemente mejor que la que ellos se encontraron ha conducido a España a la ruina y al PSOE al ridículo.

Creo, entre tantas especulaciones como se han hecho, que las confesiones de Felipe González suponen, mucho más que un descargo de conciencia -asunto que no suele ocuparle más de veintiacuatro horas, la conciencia, digo-, una auténtica descarga de esa soberbia jabalina que ya casi habíamos olvidado, arrojada sobre la cara del tonto de Z, recordándole a qué cosas tuvo él que enfrentarse en estos momentos en que, frente a una ETA rematada, Zapatero no ha hecho otra cosa que recular. A los mismos que el ojitos Z considera ‘hombres de paz’, González estuvo a punto de volarlos. La diferencia, según Felipe, entre un fantasmón y un gobernante. ¡Hemos tenido que volver para que este imbécil no nos hunda a todos!, gritan los carlancones del aquelarre de la cárcel de Guadalajara.

Lo que no perciben es que eso no es tanto el fracaso de Zapatero (que ya era malo y tonto muchos años atrás), sino el de ellos, el del felipismo que controló el PSOE durante veinticinco años, el del PSOE mismo en cuanto maquinaria que ha sido incapaz de renovarse, de sustituir a los viejos leones implacables por otra cosa que no fuera una sarta de incompetentes, iletrados y débiles de espíritu (con la excepción de alguna señora y algún defenestrado), adornados de una ristra de señoritas feministas sin más bagaje que el sexo que les sirvió para acceder a los cargos a través de la parida paritaria. Una sola de las mujeres del felipismo valía más que todas estas juntas.

Agrupación de lumbreras reunida y presidida por la mayor de todas, Rodríguez, exudación perfecta e irreprochablemente psocialista: un muchacho que sólo ha vivido del partido y para el partido, alimentado, promocionado y sostenido por el partido, que jamás hubiera llegado a la cúspide en cualquier otra estructura regida por el mérito, la inteligencia y la autoridad moral.

Deberían preguntarse por qué, qué organización cooptada diseñaron, qué España corrompida por la estupidez y el nepotismo que ellos implantaron –destrucción de la enseñanza, de los cuerpos de funcionarios, ocupación de la universidad, promoción de los adeptos por más idiotas que fueran, infiltración en las empresas, en la judicatura, en la policía, siempre en la misma dirección: la de construir un régimen milenario, la de apropiarse de un país que exigían como compensación a su resentimiento-, es la que ha producido esta conjunción planetaria de tontas y tontos que los siglos nunca vieron. Zapatero es la verdadera herencia de Felipe, es la España socialista, que no se olvide.

Por lo demás, deberían hacerme caso e inhabilitar a Z antes de que el bochorno nos ahogue a todos. Acaba de ir a decirle al mundo, entre el descojono general, que va a crear un millón de empleos verdes. Él, que ha arruinado las energías sostenibles que previamente había impulsado, sólo para favorecer los intereses del capital- nacionalismo catalán dueño de la mayor gasística española. Perdón, del Estado.

Y ya no únicamente por la vergüenza para esta nación que fuera España y que ya no reconocemos. La pena es que también resulta irreconocible para los saharauis, abandonados a las acciones genocidas del tirano amigo, mientras la Ministra de Exteriores, que ni siquiera supo aprobar la oposición al cuerpo diplomático (¿será por cosas así por las que la izquierda odia tanto las oposiciones?), se iba a ver a Evo Morales, que tanto nos odia, y a llevarle un jamón. Pagado con nuestros sueldos y nuestras pensiones. De bellota, por supuesto.

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